POR LAS TIERRAS DE NEPAL

Turismo en el sur

Este es el extracto de un capítulo del libro «El territorio del leopardo» publicado recientemente por la editorial Desnivel.

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Al acabar uno de mis trabajos en las montañas del Nepal me reúno conlos miembros de la expedición al Everest y decidimos ir a conocer el sur del país.

Al acabar uno de mis trabajos en las montañas del Nepal me reúno con los miembros de la expedición al Everest y decidimos ir a conocer el sur del país. 
Hemos comenzado el itinerario bajando los rápidos del río Trisuli con una agencia nepalí que lo incluía como primera parte de su programa. La barca se deshinchaba con regularidad, el timonel nativo no sabía su oficio e iba inquieto con el indisciplinado grupo de remeros que le había tocado, deseosos más de saltar directamente las cascadas que de esquivar la corriente. Nuestros salvavidas eran de distinta condición y color, desgarrados por anteriores aventuras. Nuestros remos eran tablones adaptados. Nuestros cascos eran lo que quedaba de los gorros que habíamos usado tres meses enKhumbu.

 Pasamos a gran velocidad a otras barcas de compañías solventes, conducidas por austríacos o japoneses en estricta formación, con nuevos salvavidas amarillos, cascos anaranjados, remos rojos, arneses negros, orden y ritmo en la remada, disciplina a las órdenes del timonel, concentración, silencio absoluto. 
Acampamos una tarde junto a un grupo de alemanes y austríacos en una ribera arenosa. Sus tiendas eran impecables, estaban ordenadas a intervalos estrictamente regulares. Nuestro campamento se dispersaba por el arenal en tiendas irregulares en color, modelo y tamaño, y despedían un intenso olor a curry. Un antropólogo italiano que se había unido a nuestro grupo contempló la escena reflexivamente y dijo: «Esto explica por qué perdemos todas las guerras».
Cuando llegamos al punto de destino una furgoneta nos llevó hasta los llanos del Terai. Nos esperaban en el hotel asociado a nuestra agencia y regentado por nepalíes. Llevaban todas las tareas sólo dos mozos veloces siempre sonrientes, siempre azuzados por las prisas, que nos daban naranjadas, nos levantaban de los asientos, nos sentaban en otra sala, nos llevaban a las habitaciones, nos sacaban inmediatamente de ellas. Al crepúsculo, nos condujeron gratis a ver el anochecer y nos guiaron, en la oscuridad, por delgados caballones de arrozales hasta la sala, donde cenamos deprisa para asistir a unas danzas populares que ellos mismo interpretaron. Completamente exhaustos nos fuimos a la cama.

 Aún era de noche cuando ya golpeaban en nuestras puertas y nos llevaron a la parte este del hotel donde vimos el amanecer. Antes de haber bebido café nos cargaron y transportaron hasta un río, donde nos subieron a lomos de varios elefantes. Estos arrancaron velozmente, golpeando rítmicamente nuestros pies a cada paso con sus durísimas orejas y nuestras posaderas con sus poderosas vértebras. 
Reintegrados al lugar de origen con las piernas arqueadas, los mismos jeeps nos trasladaron al lodge. Apenas habíamos terminado el postre salíamos tambaleándonos hacia el río. Nos hicieron subir a unas barcas inestables para recorrer un tramo entre aves poco amigables y unos maderos flotantes que aseguraron que eran cocodrilos. Nos desembarcaron en un descampado. Seguimos, corriendo, a nuestro guía, que iba ya adelantado. Se volvió serio y nos exigió silencio, siseando ruidosamente.

 Avanzamos de puntillas en la manigua por no ofender al nativo, pero sin saber por qué. De pronto nos dimos cuenta de que aquello era totalmente similar a los lugares por donde los elefantes iban por la mañana espantando rinocerontes. Repentinamente fuimos conducidos a saltos por unos zarzales y, en un claro vimos que pacía el rinoceronte más apacible de la jungla. Nuestro etnólogo italiano se lanzó hacia la presa con la máquina preparada. Cuando la fiera lanzó un apagado resoplido, la estampida nos dispersó por los dos extremos de la senda, en vano intento de encaramarnos en los zarzales. El guía imitó el sonido de las trompas de los elefantes y el ruido de sus patas sobre el suelo golpeando ramitas contra un tronco. El rinoceronte nos dio la espalda y se alejó lentamente. 
Nos extraviamos en la vuelta y localizamos el hotel ya de noche. Cenamos con prisas, pues comenzaron a entrar en el comedor nativos con instrumentos musicales. Nuestros hoteleros nos ofrecieron una sesión de canciones populares y algunos de nuestro grupo se contorsionaron en un nuevo y amable intento debailar danzas locales. Otros nos escapamos.
Pero antes de amanecer ellos volvieron a golpear las puertas. Nos arrastraron a la jungla en ayunas. Al filo de la mañana sacaron una guía ecológica y empezaron a reconocer las aves, a localizar, identificar y clasificar pájaros apenas visibles. Dos horas después una furgoneta nos conducía hacia las montañas. Medio dormido en el asiento, oigo comentar a alguien que el turismo puede ser un descanso realmente agotador.

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