PROTECCIÓN Y RESPETO

Restaurar un paisaje

En este artículo de opinión el geógrafo y montañero Eduardo Martínez de Pisón nos aporta su punto de vista sobre la necesidad de restaurar, proteger y respetar los paisajes.

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Hace unos sesenta años, un escritor francés que amaba las montañas, Jean Giono, hablaba de la pérdida personal de su ingenuidad pedagógica al observar el modo de acercamiento turístico a los paisajes de altitud: lo que por este procedimiento se iba a buscar allí no coincidía en nada con los valores que él estimaba y que hubiera querido contagiar a la sociedad; es más, los destruía.

Ese modo, ese sistema de acercamiento, decía, no sólo no permitía a los invasores impregnarse de la grandeza del lugar, sino que transportaba a éste sus mezquindades; las fuentes no limpiaban sus corazones, sino que eran también ensuciadas. El admirable paisaje se impermeabiliza vivencialmente con hoteles-refugio, con máquinas, con gentíos, con ruidos y con costumbre «a prueba de estrellas»; «La montaña no contaba, en realidad». Por supuesto, no era la montaña ya el objeto, valioso por sí mismo, pero tampoco era ni siquiera el marco, pues hasta éste incluso se sustituía y deterioraba si convenía al fin empresarial de la fábrica de ese modo de ocio.Esto es, sencillamente, lo que llegó a Peñalara algunos años más tarde, hacia 1970, y ha permanecido allí hasta hoy. Pero si usted camina ahora mismo por ese lugar asistirá al prodigio, realmente insólito, de un paisaje devuelto, de una montaña recuperada.

Este formidable rescate debe ser difundido, pues es excelente en sí mismo y es un ejemplo de que hay una nueva manera de entender y de hacer las cosas –resucitar un valor y un cuadro que creíamos enterrado– y de que es posible hacerlo en muchas partes. En momentos en los que parece que se extiende con fuerza imparable el entendimiento de la montaña como mera mercancía –pienso entre otros sitios en la Canal de Izas– he aquí un quijotesco acto de civilización que se emprende y triunfa –no sin algún rechinar de dientes– para bien de una concepción de la montaña como cultura. Peñalara vuelve a ser un paisaje sin ataduras de metal y una referencia entre las montañas.

Tenía ya Peñalara una sólida y larga historia en el campo del excursionismo, en el de la cultura y el de la ciencia cuando, como consecuencia de ello, fue objeto en 1930 de conservación oficial y así estuvo, más o menos cuidada o descuidada, cuarenta años. Pero eso no fue impedimento para el cese de esta garantía y su conversión, no menos oficial, en centro turístico hace treinta años, con el conocido ardor desarrollista del turismo de montaña de los setenta.

Pasó el tiempo, entregada la montaña a este uso, con todas sus consecuencias y las infraestructuras, estructuras y superestructuras típicas de la industria de la nieve. Cuando pesaron más otros sentidos finiseculares, primero se recuperó la protección en 1990 mediante la figura de parque natural y, arrancando y en marcha ya el nuevo motor conservacionista, en 1998 se expropió la disonante y deficitaria estación de esquí de Valcotos, tan negativamente implantada en un lugar que nunca se hubiera debido dejar de proteger. Esta estación había pretendido, primero, ir acompañada de una amplia urbanización de alta montaña que no funcionó y, luego, por fuertes reformas del medio e instalaciones artificiales de producción de nieve que tampoco pudo conseguir, por lo que el negocio no fue como sus promotores habían calculado, lo que, sin duda, abrió el camino a la adquisición de sus terrenos por la Comunidad de Madrid.

Pero nunca se habrían dado estos pasos sin una voluntad protectora bien activa, determinada y mantenida en dicha Comunidad y en la sociedad madrileña, que han preferido expresamente para Peñalara y para sí mismas este modo de guardar a su mayor montaña.Ahora, tras la recuperación del conjunto del macizo montañoso, se ha efectuado el desequipamiento de sus múltiples instalaciones artificiales y viene el proceso de necesaria y paciente restauración del paisaje natural dañado a lo largo de tantos años de malos usos, pero ya puede usted caminar por aquellos mismos paisajes limpios que no se habían visto desde 1969, sin trivialidades, máquinas, herrumbres ni desfiguraciones.

Estamos, pues, antes un acto ejemplar de devolución cultural de los caracteres propios de un gran paisaje: el valor de tal acto es del mismo nivel que el de ese paisaje recuperado.Ejemplaridad, pues, para un trato similar extendido por las cuerdas de cumbres de la Sierra de Guadarrama, montaña-referencia toda ella de un claro modelo de cultura, como complemento y contraste geográfico de su entorno meseteño.

También el pensamiento y las actitudes de la sociedad actual reclaman un entendimiento y un disfrute de la montaña como espacio a la vez libre y respetado. El horizonte parece tender, por tanto, a una nueva forma de protección más general y de alto rango, a un modo nuevo de relación entre naturaleza y sociedad a la altura de los nuevos tiempos.

Hay que superar envejecidos debates que llevaban a crear sólo pequeños núcleos de protección o los que inclinaron a amparar preferentemente lo que parecía tener mayor riesgo respecto a lo que tenía realmente más valor. Peñalara es un ejemplo fortalecedor que debería extenderse más allá incluso del Guadarrama.

Eduardo Martínez de Pisón

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