GLACIARES DE ALASKA

Los paisajes perdidos de Alaska

Pisón sigue los pasos de John Muir por un paisaje de diamantes.

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Algunos glaciares, que llegan desde las montañas próximas, tienen sus frentes tan cerca de la carretera que unas señales de reparaciones algo descolocadas parecían referirse más al hielo que al asfalto. Los retrocesos de estas lenguas, como en tantos sitios, han sido grandes, pese a los inmensos campos helados que las alimentan. Donde transcurre una parte de las aventuras que en el año 1880 tuvo John Muir con el simpático perro Stickeen atravesando un glaciar agrietado1, los paisajes espléndidos que describe tan poéticamente ya no existen: son sólo agua marina rellenando el fiordo.
Sin embargo, no todos los ventisqueros son tan accesibles. Para llegar a uno de los glaciares de las montañas interiores, recorrimos en coche una larga pista, cruzamos a su final un puente sólo para peatones, y, desde un aeródromo local (una línea abierta en el bosque), nos llevaron en avioneta hasta el borde de un río, donde aterrizamos directamente sobre la arena de la orilla. El avión se fue y cruzamos a pie el río.
Cuando nos secábamos en la margen opuesta vimos con curiosidad que el suelo estaba plagado de huellas de oso tan claramente recientes y grandes que era mejor no comentarlas. El tránsito por el glaciar resplandeciente, surcado por arroyos y cascadas transparentes –se los oía más que veía–, no fue difícil. A la vuelta a sus morrenas, aún más pisoteadas que la riberas próximas por lo que tenía que ser una familia bien numerosa de «grizzlies», sentimos una inquietud mayor que entre las grietas. En eso consiste la fuerza de esta tierra: la soledad –o la latente compañía– en un mundo amplio e indomesticado, en el mundo aún de ellos.
Donde termina el camino se extienden bosques salvajes, pantanos, montañas escarpadas con crestas, largos valles solitarios, amplios terrenos muy difícilmente transitables, ríos sin puentes con el tumulto del deshielo que no parece que hay por donde cruzarlos. De pronto, entre las densas, altas, infinitas masas de coníferas, una casa aislada, con su pequeña pista de aterrizaje. Detrás hay los más desolados, brillantes, silenciosos campos de hielo entre afiladas cordilleras, las más hermosas montañas envueltas en nubes, cientos y cientos de aristas de rocas verticales, doradas por la luz de la inacabable tarde boreal, de nieves suspendidas, de cimas en arquitecturas congeladas, con cornisas de hielo azul sobre el vacío.
¡Tantas veces había soñado con estar en un mundo así! Quién tuviera una vida más para dedicársela a esos bosques, a estas montañas, conocidas ya tan tarde. Nada sabemos del mundo si no vemos alguna vez esos paisajes suspendidos donde la belleza habita en absoluta exclusividad, si alguna vez no sentimos su aire extremadamente frío, si no escuchamos, al detenernos, el silencio total del universo antes o al principio de la vida. Ahora estoy sacando materialmente de mí mismo esas montañas o esa sustancia que ya es parte de mí.
Pero además, gracias a los escritos de John Muir, recupero las imágenes de los paisajes desaparecidos, de un atardecer pasado hace más de cien años en el que los brillos del hielo se iban apagando como estrellas hundidas en el horizonte. Imagino con él la extensión simultánea que nadie ve de ese breve fulgor de diamantes por todos los glaciares de Alaska. Oigo en sus páginas la música del agua que corre sobe el hielo, veo el intenso azul de sus lagos –«los más hermosos de todas las cuencas acuáticas naturales»–, participo en la visión de un arco iris blanco y de unas fugaces auroras boreales, retenidos en el tiempo por su pluma: «era tan brillante –escribe–, hermosa, sólida y homogénea, que imaginé que sería necesario recoger todas las estrellas juntas, mezclarlas y fundirlas en un taller celestial de laminaje para obtener aquel resplandeciente y colosal puente blanco». Y participo en su excitación cuando, después de estas visiones, dice: «regresé a mi cabaña, avivé el fuego, me calenté un poco y me preparé para ir a la cama, aunque demasiado feliz y rico en auroras como para dormirme».
Comparto especialmente con Muir su sentido del humor al criticar a un amigo, escéptico capitán de barco que no concedía gran importancia a estos paisajes: «le dije que debería reformarse, pues un hombre que no creía ni en Dios ni en los glaciares debía ser muy malvado, en verdad el peor de todos los incrédulos».

1Hay una reedición del libro donde cuenta estas aventuras: John Muir, Travels in Alaska, Boston, Mariner Books, 1998, 325 pags.


 
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