EL PRIMER DEFENSOR DE LOS ALPES

El «no» de Samivel

En su libro, le fou d´Edenberg se habla de las maniobras de equipamiento turístico de las estaciones de esquí y se plantea su rechazo.

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Es una mañana de invierno sin apenas luz. Nieva sobre Ginebra tan densamente que casi no se ven los edificios o los contornos del lago. La vista se entretiene en la lenta danza de los copos. Me detengo ante el escaparate iluminado de una librería del barrio viejo. Allí están reunidos libros usados de escritores de esta ciudad: Rousseau, Töpffer, Ramuz; y de algún otro también: Senancour, Samivel. La vitrina de luz amarillenta de esta pequeña tienda aparece de pronto como una llamada profunda de los Alpes.
De esta ciudad entre las montañas surgió, en efecto, una buena parte de la doctrina de la reciprocidad entre el paisaje y el espíritu. Este modesto escaparate evoca una síntesis de estos principios, de mis principios. No es casualidad; es consecuencia de un movimiento cultural aún vivo, que radica en estas calles, en estos valles, en estas nieves.
He visitado también hace unas horas una exposición de calidad sobre la aportación a la ciencia de los viajes por los Alpes de otro ginebrino, Monsieur de Saussure, el incitador de las primeras ascensiones al Mont Blanc, cumbre que él mismo alcanzó en 1787 con dieciocho guías y un ayudante. La exposición se muestra en un pabellón del Museo Etnográfico, en las tranquilas afueras urbanas, ya entre colinas con prados nevados rodeados por filas de grandes árboles. En este mismo lugar solitario está depositado el legado de Samivel, en una evidente integración en el marco cultural que surge de cada esquina de esta ciudad –para quien lo quiera ver, claro está, aparte de sus tópicos hoteles, bancos y relojerías–.
Samivel es el seudónimo de un gran dibujante, escritor y cineasta alpino-francés, que tomó prestado tal nombre de una obra de Dickens. Algunas de sus obras, realizadas aproximadamente entre 1930 y 1985, son memorables para el alpinismo, como los relatos de Contes à pic o de L’amateur d’abîmes, o los dibujos de Sous l’oeil des choucas. Pero en otro libro, Le fou d’Edenberg, el asunto se inserta en las maniobras derivadas del equipamiento turístico de la montaña por las estaciones de esquí. Esta toma de posición tenía su precedente en la protesta del mismo autor en 1954, defendiendo el macizo del Mont Blanc de las instalaciones mecánicas que lo asaltaban.
No era un asunto nuevo. Desde mediados del siglo XIX algunos paisajes de los Alpes habían sufrido fuertes modificaciones para retener «industrialmente» un turismo creciente, incluso arriesgando el mantenimiento del mismo atractivo de esos lugares. Tal industria turística, en extremo mercantilista, había suscitado críticas severas ya a fines de siglo. Se llegó incluso a proyectar un teleférico a la cumbre del Cervino –la cima por excelencia de un imaginario patrimonio poético universal– hacia 1907, que fue combatido con tal emoción y energía por la Liga para la Conservación de la Suiza Pintoresca, que algunos piensan que dio lugar a un punto sin retorno en la defensa de las cimas y en un nuevo modo de entender el turismo de montaña.
No obstante, en 1934 Jean Escarra hubo de luchar también contra un remonte mecánico a la Meije. Y algo después se volvió a resucitar el proyecto del Cervino. Y Samivel hubo de sumarse en 1954 a esta no deseada tradición. Aunque entonces el mito de las cimas vírgenes hubiera emigrado geográficamente ya hacia macizos lejanos, como él mismo describe, lo importante para Samivel es que esa referencia pudiera persistir en el corazón de cualquier persona, porque ayuda hasta tal punto a los hombres a vivir que un mundo sin espacios vírgenes se haría «mentalmente inhabitable». Cuando los teleféricos subían desde Chamonix y Courmayeur para unirse a través de la Vallée Blanche, con el consiguente deterioro de la aún relativa virginidad del macizo del Mont Blanc, tuvo, pues, que escribir en contra de quienes –en palabras sin concesiones– saben hablar a los bolsillos y han vaciado su sangre de términos como belleza, soledad o grandeza. Perdió, pero dejó grabado un «NO» tan rotundo en la cultura alpina que ha pasado a ser una referencia clave en la defensa de la montaña.
Dejo por un momento la lectura del libro de Samivel que compré finalmente en la librería del barrio viejo y miro por la ventanilla del avión que vuelve a Madrid: ¡Ah, el Pirineo nevado resplandeciente de sol! Reconozco las calidades de los paisajes que suben desde Francia y luego los míos, el valle de Ara, el de Tena, los amados altos macizos aragoneses. Distingo los canales de Izas y Roya, cuyas calidades de grandeza, belleza y soledad parecen ahora amenazadas por la industria del turismo de invierno y experimento dolor por este peligro. Siento concretarse, hacerse nuevamente vivo el «NO» de Samivel. Cierro los ojos un momento al volar sobre el llano y tengo un sueño pasajero en el que un grupo de pro- motores de estaciones de esquí viaja a Ginebra, no en busca de sus famosos centros financieros, sino de sus modestas librerías. Pero, claro está, sólo era un sueño.


 
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