EXPLORANDO

Desnivel: “Revista de personas”

Ángel Pablo Corral es uno de nuestros colaboradores más cercanos, en muchos sentidos, y sus 30 años de memoria vertical concuerdan casi exactamente con los de Desnivel. él mismo nos lo cuenta para continuar con las celebraciones de estos 30 años y 300 números.

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Refugio de Urriellu, verano de 1981, alguien que dice ser del “departamento de ventas” de Desnivel, me ofrece un ejemplar de esta nueva revista. Se trata del número 2/81, precio: 125 pesetas, foto de portada de Javier Orive en blanco y negro, vía “Villaverde” de Terradets, escalador de estética yosemítica con pantalón blanco de pintor… No lo compré, pero meses después me hice con todos los números publicados. El número siguiente ya lucía como portada una espléndida foto en color que lo tenía todo para atraer a un lector amante de la montaña y de la escalada: en la imagen, uno de los alpinistas punteros de la época, Félix de Pablos, protegido por un casco Galibier blanco, manejando las armas tecnológicas del momento, los piolets Charlet Moser Gabarrou-Ice Six, subido en unos crampones-icono, los Simond Makalu, y aportando el imprescindible toque casero en aquellos años de cierta austeridad, bien vestido con pantalón de chándal azul marino, al alcance de cualquiera. Era fotografiado por otro figura del alpinismo: Paco Aguado. Y el entorno, una cristalina goulotte de hielo blanco en l’Aiguille Sans Nom, en la meca del alpinismo, el Macizo del Mont-Blanc. Para redondear el resultado, se trataba de una apertura: “Hielo Submarine”. Con estos ingredientes, montañas y hombres, hombres y montañas, Desnivel se coló fácilmente en mi vida, viajó a mi lado en el deambular por las montañas y ahí sigue…

Personalmente, estos treinta años de Desnivel coinciden con mis treinta años de recuerdos como montañero, pero cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de que esos recuerdos son mucho más de personas que de montañas. Naturalmente, mantengo vivos los recuerdos de las grandes montañas contempladas y fotografiadas, de los grandes trekkings en el Himalaya, de las cumbres soñadas y alcanzadas y de las escaladas importantes y menos importantes que a uno le hacen sentirse tan satisfecho. Sin embargo las imágenes más vivas y los recuerdos más latentes vienen de las personas:

Los innumerables momentos vividos junto a cada uno de los amigos a los que me unió la cuerda, la incertidumbre y el temor, el entusiasmo y el cariño, el respeto o el desencuentro: Toro, Pellizo, Guillén, Bloise, Javi, José Isidro, Luis, Tossi, Pumuki, Raúl, Adolfo, Jordi, Toño, Carlo, Curro.

Aquel joven sherpa de catorce años, Manda, que lloraba nuestra despedida en Lukla al finalizar el trekking del Everest en 1990, la sonrisa sincera de los porteadores, los cocineros, los ayudantes y los sirdars de muchos otros trekkings, que le pusieron rostro humano, ojos y mirada, a aquellos paisajes de otro mundo, es decir, del suyo.

El día a día y el mano a mano con Pedro Nicolás en el duro trekking del Baltoro-Gondogoro, la voz por walki de Lorenzo Ortiz desde la arista cimera del K2 y la de Lorenzo Ortás desde el hombro, escuchadas en el campo base aquella mañana de la tragedia de 1995.

La compañía de Carlús, mi alter ego en la ascensión a la cumbre del Illimani en 1999, que me parecía casi imposible de alcanzar, luchada y compartida sin apenas hablar, sin apenas conocernos. La presencia silenciosa y valiosa de Alicia Valencia y Carlos Villalaín, por los caminos del Himalaya y en las alturas de los Andes, como ejemplo de esas personas con una talla de montañeros mucho mayor de la que aparentan y de las que uno siempre tiene algo que aprender.

Las visitas a las redacciones de Desnivel, en las que hallaron un punto en común conceptos tan distantes como “ilusión” y “obligación profesional”, y las ricas conversaciones con los profesionales que allí trabajan y que hacen posible Desnivel. Las visitas a la Librería Desnivel, en la que, a lo largo de los años, conocimos y fotografiamos a decenas de personas y personajes de montaña, desde los más modestos a los más legendarios.

El encuentro con los personajes. Un alpinista de otro planeta, Mark Twight, destrepando en 1987 en solo y bajo la lluvia, una cascada de Gavarnie, “Freezante”, mientras nosotros no podíamos ni escalar el primer largo. El retrato hecho, casi contra su voluntad, a un joven y tímido Godefroy Perroux en la Place de L’Eglise de Chamonix en el verano de 1987. Un errante Willi Benegas en el glaciar de Baltoro en 1995, la ayuda prestada a los peñalaros por su hermano Damian Benegas en el campo base del Condoriri en 1999. La charla con Messner en el césped de la Complutense en su visita de 1992, el paseo con Diemberger hasta el refugio Giner de la Pedriza en 2005.

Y desde el año 2002, las largas conversaciones mantenidas con los alpinistas a los que entrevisté para Peñalara, que me abrieron amablemente, sinceramente, las puertas de su vida, sin tener por qué hacerlo, y que me permitieron conocer con detalle los secretos e intimidades de la persona escondidos detrás de la fachada del personaje.

 Vistos así, uno a uno, mis recuerdos de estos treinta años de montaña están atados a las personas, como atados están los alpinistas a la cuerda. Por esa y por otras razones, para mí, Desnivel, “revista de montaña”, es además “revista de personas”.

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