DÍA DE LA MUJER

Nives Meroi: el ‘sentido femenino’ de los Catorce Ochomiles

En el año 2009, la alpinista Nives Meroi se disputaba con Edurne Pasabán y Gerlinde Kaltenbrunner ser la primera mujer en conquistar todos los ochomiles. En el libro ‘No te haré esperar’ confiesa las contradicciones de aquella carrera.

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Nives Meroi en la Semana Internacional Montaña de Guadarrama 2015  (© Darío Rodríguez/DESNIVEL)
Nives Meroi en la Semana Internacional Montaña de Guadarrama 2015

Ninguna mujer había completado aún los Catorce Ochomiles y tres de ellas se disputaban el trono. Nos remontamos al año 2009, cuando Edurne Pasabán, Gerlinde Kaltenbrunner y Nives Meroi se miraban de reojo mientras tachaban de la lista las montañas que aún les quedaban.

El libro Nives Meroi. No te haré esperar recoge el testimonio de la italiana diez años después, un tiempo necesario para analizar cómo fue aquella competición y qué cosas se podrían haber hecho diferentes. Así recuerda aquella época:

Fue en otoño de 1986 cuando Reinhold Messner completó por vez primera la aventura de escalar todas las montañas de ocho mil metros, y veinte años después ninguna mujer lo había conseguido todavía. Pero ahora se acercaba el arreón final, porque éramos tres mujeres en todo el mundo las que, con parecidos méritos, habíamos ascendido ya once de los Catorce Ochomiles.

Las tres estábamos en la línea de salida, listas para partir hacia la antepenúltima cumbre, y a estas alturas la meta parecía próxima: ser la primera mujer en escalar todos los ochomiles de la Tierra.

Sea hombre o mujer, el coraje de un alpinista no se mide por el número de cumbres que ha escalado. Pero en este caso, la marca era importante, porque sobre esas cumbres resistía aún uno de los últimos baluartes masculinos. Y cuando el último paso de una mujer cerrara ese círculo, ese día no sería una simple fecha más en la lista de las repeticiones: aquel día sería una fiesta.

Las otras dos mujeres alpinistas son Edurne, española, y Gerlinde, austríaca. Nuestros caminos se habían cruzado varias veces, de paseo por Katmandú o en alguna montaña, pero, más allá de las pequeñas charlas informales que mantuvimos en aquellas ocasiones, no puedo decir que conociera bien a ninguna de las dos.

Quién sabe cuál de las tres llegará a ser «la primera». […] A medida que crece la atención en torno a la aventura himaláyica femenina, las montañas se convierten día a día en un teatro en el que no solo danzan el alpinismo y el título de primera mujer, sino también los intereses de los patrocinadores y de los medios, que ofrecerán al público el espectáculo de las vencedoras y las vencidas.

Una enfermedad inesperada

En medio de aquella carrera, Nives se dispone a afronta el Kangchenjunga, su duodécima cumbre, en cordada junto a su marido Romano Benet, pero este se detiene a pocos metros de alcanzar la cima porque no se siente bien. ¿Qué debe hacer Nives? ¿Seguir sola para no quedarse atrás en la carrera hacia la fama?

Finalmente toma la decisión de darse la vuelta y la molestia de su marido resulta ser una enfermedad muy grave que alejará a ambos de las montañas durante mucho tiempo. No obstante, las palabras de la prensa la hieren. Así lo recuerda en el libro:

Los medios de prensa se han desatado, y los titulares vienen en mayúsculas de gran tamaño: las otras dos mujeres ya han conseguido sus doce ochomiles, y yo me he quedado atrás. En su frenética caza de noticias, indagan morbosamente la razón: si Romano no estaba bien, ¿por qué no he continuado yo sola? ¡Cómo es posible que no lo comprendan!

Vuelta a la montaña

En la primavera de 2012, después de meses y meses de hospital e incertidumbre, la pareja vuelve al Kanchenjunga, la montaña donde se quedaron. El contexto ha cambiado: ya no hay competición ni medios expectantes. Lo que les queda es la libertad para disfrutar de los ochomiles y para reflexionar sobre el mundo del alpinismo:

Ya está asignado el podio, y ahora podemos volver en paz a las montañas. Ya digería mal las reglas cuando ejercía mi papel en aquella carrera. Imagínate ahora, tras haberla abandonado con la etiqueta de perdedora.

Pero me disgusta el modo en que se ha saldado la competición femenina, entre polémicas y dardos venenosos. Y eso mismo he transmitido a quien me lo ha preguntado, aun a sabiendas de las críticas que, más o menos veladas, recibiré. La ascensión de los catorce ochomiles podía haber sido la oportunidad para cambiar el paso en el baile, y asumir con audacia nuestro propio camino, que no es superior ni inferior al de los varones, sino sencillamente diferente.

Pero en lugar de ello, hemos continuado persiguiendo récords, ránkings, espectáculo y mercado. Hemos seguido buscando la competición en lugar de la excelencia, venciendo para no perder, asaltando la vida obedeciendo a reglas abstractas, en lugar de comprenderla con la sabiduría del corazón.

Porque ese podría haber sido el desafío: no renunciar a la realización, pero concebirla con un sentido nuestro, femenino, a despecho de la voluntad de estos tiempos y de sus ídolos.


 
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