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«Éramos inmortales»: el lado brillante de la vida

Maurizio Zanolla, conocido como Manolo, has sido el escalador de solo integral más célebre de Italia. Pionero de la escalada libre, en este libro nos desvela sus vivencias entre los años 70 y 80, una muestra de las experiencias más significativas, intensas y conmovedoras de una vida en busca del equilibrio. Cuando la vida pendía de sus manos y realmente parecían inmortales.

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Maurizio Zanolla “·Manolo”
Maurizio Zanolla “·Manolo”   © Heinz Mariacher

Éramos inmortales es la historia de vías imposibles y compromisos enormes, de salir por los pelos de tormentas y caerse en mitad del vacío. Sobrevivir parecía una empresa complicada. Vagabundear, viajar, la vida en cada sorbo de aire. Pero nadie hubiera podido robarles los grandiosos momentos que pasaron allá arriba, mientras corrían ligeros entre la tierra y el cielo.

«Cómo se vive el riesgo, la muerte, la plenitud brillante de la existencia»

Momentos que ahora nos parecen muy lejanos pero que no solo hablan de escalada y grandes espacios, también tienen que ver con cómo se vive el riesgo, la muerte, la plenitud brillante de la existencia

Maurizio Zanolla andaba en el filo de la vida, entre accidentes de coche y escaladas sin cuerda, como si realmente fuera inmortal. Y a la vez apreciaba la fragilidad de esa vida, sin ocupar tanto espacio y esfuerzo en la seguridad, el control, o lo que podría suceder si… era valiente en algún aspecto, inconsciente en otros, quizá solo tenía un temor diferente: le aterraba la estabilidad, la rutina, el encasillamiento, la quietud, o la imposibilidad de cambio.

La perspectiva que nos ofrece Manolo en Éramos inmortales es arriesgada e intensa. La familia, los afectos, las experiencias de juventud, los amigos de las primeras escaladas, las vías, a menudo abiertas en libre y en solitario, el intento de conquistar el Manaslu, hasta obras maestras de la escalada como EternitIl mattino dei maghi

Éramos inmortales

En estas páginas relata en primera persona cómo eligió enfrentarse a las paredes liberándose de todo, hasta llegar a escalar sin cuerda, movido por la convicción de que la calidad del viaje es más importante que la meta, y de que cada objetivo ha de llevar implícito una forma de compromiso. 

«La calidad del viaje es más importante que la meta»

Una infancia humilde, en un barrio marginal y dejando que la lluvia le cayera encima, una férrea disciplina de la que escapar. Imágenes de la niñez grabadas como fotografías. Imágenes nítidas, como el apetito que solía sentir a mediodía.

Su necesidad de ruptura con lo establecido llega como un relámpago, sin interés por los estudios, con la revolución política y social gestándose en una plaza y acompañada de drogas, violencia y excesos. ¿Cómo no huir a las paredes en busca de algo de paz? Quizá con la idea de encontrar un camino que en principio puede parecer individualista pero que también era una manera de salir del carril y llevar la revolución a otra parte. Del trabajo en la fábrica a sentirse deslumbrado por un mundo fantástico y de posibilidades infinitas: montañas inmensas y también muchos sueños en la mochila. Y una manera poética de expresar.

«De cuando en cuando, me sorprendo rebuscando entre cosas que se han marchado para siempre, tan lejanas que ya no las reconozco, tal vez transformadas por la mutación de los sentimientos y las emociones. Como las metas que he logrado, junto a las que hubiera querido lograr, pero que ni siquiera he conseguido rozar. Sueños que se desvanecen al amanecer, solo aparentemente sin dolor. Encrucijadas que han obligado a tomar decisiones. Rutas emprendidas, paredes escaladas. Vías de las que no sabría decir cuál ha sido la más bella o la más importante. Todo conectado por un único hilo, en un único viaje, junto a los colores y las luces que he sorprendido en la profundidad de los ojos de las personas que me han acompañado, aunque solo haya sido por un breve lapso de tiempo». 

Maurizio Zanolla

«Gentes sin miedo a la muerte, que buscaban la libertad de formas trágicas y excesivas»

Éramos inmortales te cuenta una época de una vida muy concreta, y al mismo tiempo lo que desvela diría que es un espíritu, una manera, una generación de gentes sin miedo a la muerte, que buscaban la libertad de formas trágicas y excesivas, seguramente desde el pensar actual.

Demasiado fácil juzgar sobre las decisiones correctas o erróneas cuando las cosas ya han sucedido. Hablar sobre el estilo, la irresponsabilidad, la locura, la ética y la estupidez del alpinismo o la escalada más arriesgada.

«Por entonces, cada vez que intentaba escalar me arriesgaba a morir»

Sería hermoso mirar esa vida intensa con los ojos nuevos y curiosos con los que Manolo miró aquella pared por primera vez, con los que miraba al vacío, a la caída, al miedo. Él lo reconoce «por entonces, cada vez que intentaba escalar me arriesgaba a morir». Pero como dice un amigo suyo también se puede morir viviendo.

No es un futuro incierto lo que le guía sino un presente apremiante, que necesita expresarse ahora, y de esa forma. Y ese es el arte de escalar que Manolo comparte en Éramos inmortales… ese ahora sin concesiones, ni muerte, ni juicio, ni dudas, lleno de brillo. 

«Yo no iba a la montaña para morir. Iba para vivir, inmerso en la belleza de la naturaleza, lejos de la contaminación social, de las sofocantes certidumbres y de las falsas seguridades. Era allí donde quería estar en aquel momento de mi vida, para perseguir los sueños y la inutilidad, cada vez más ligero. Había elegido una existencia aventurera y asumía la responsabilidad, sin valoraciones, fines, atajos o imposiciones, y sin reproche alguno. Sintiéndome, más bien, cada vez más vivo. No escalaba para entrar en la historia del alpinismo, sino solo para explorar mundos desconocidos dentro y fuera de mí, para ver de qué era capaz. Era libre como el viento, y tal vez no he vuelto a vivir jamás el presente de un modo tan intenso».

Maurizio Zanolla

Éramos inmortales


 
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