DOS LIBROS PARA CONOCERLO

El duque de los Abruzos, el último héroe puro

El duque de los Abruzos, hijo de rey español, fue uno de los grandes representantes de la generación de exploradores que ampliaron el espectro de la belleza del mundo. Te proponemos dos libros para descubrir a este personaje.

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El Duque de los Abruzos
El Duque de los Abruzos

Luis Amadeo de Saboya (1873-1933) vino al mundo en el Palacio Real de Madrid en el breve periodo que su padre, Amadeo de Saboya, fue rey de España. Pero aquel niño creció y su espíritu inquieto fue difícil de calmar en la soledad de un despacho, tanto que, con los años, se convirtió en uno de los exploradores más famosos de su tiempo.

En 1909 sorprendió al mundo con su intento de coronar el K2. Aunque no lo consiguió, dejó para posteridad la ruta que hoy lleva su nombre, la Arista de los Abruzos. Mar y montaña, regiones polares y tierras tropicales, exploración, ciencia y alpinismo… Todo esto tuvo cabida en la vida de Luis de Saboya.

Os proponemos dos libros para descubrir a este apasionante personaje. El primero es Mi deuda con el paraíso, su vida novelada, que firma Ricardo Martínez Llorca; el segundo, la biografía escrita por Mirella Tenderini y Michael Shandrick y titulada El duque de los Abruzos.

De ambos hemos seleccionado un fragmento que habla del final de la vida de este gran personaje. No hacemos ningún spoiler al contar que acabó sus días enfermo en África, continente al que quiso regresar para morir. «Prefiero que alrededor de mi tumba se entretejan las fantasías de las mujeres somalíes que las hipocresías de los hombres civilizados«, dijo. Lo interesante de su trayectoria fue lo que hubo en medio.

Mi deuda con el paraíso

Por Ricardo Martínez Llorca

Portada Mi deuda con el Paraíso
Portada Mi deuda con el Paraíso

—Lo que pretendo es mitigar la nostalgia —decía, como si no fuera el abordaje del cáncer lo que más le preocupara—. Luis siente nostalgia. Siente nostalgia hasta de los lugares que no conoce. Siente nostalgia hasta de ese lugar que le aguarda al otro lado, donde no se cuece el pan.

Porque el duque, consumido a causa del mal que desde hacía años le había ido comiendo, pedía que le abrieran la ventana y, con la misma lentitud con que cambian las estaciones, se giraba para encarar la escena que podía ver desde la cama, para contemplar el cielo abierto a través de la ventana.

Imaginaba que le alcanzaba el frío, que había atravesado medio globo terráqueo, y que también entraba en su guarida la nieve; imaginaba que volvía a sufrir la respiración penosa que había padecido en las grandes cumbres durante los años en que cada célula del cuerpo es una máquina de vapor.

Reconocía aquella forma de respirar, la misma que marcaba con agotamiento sobre cada gramo de su anatomía la idea de que estaba vivo durante las tormentas polares; imaginaba que veía, recortadas contra el cielo, las siluetas de los glaciares y el perfil del monte San Elías y las gélidas cumbres de Alaska; que escuchaba a los perros ladrando mientras sus amigos los ataban a los arneses de los trineos antes de perderse en la niebla. Y en la pantalla de los párpados cerrados, reproducía la silueta piramidal del K2.

El duque de los Abruzos

Por Mirella Tenderini y Michael Shandrick

Portada del libro sobre el Duque de los Abruzos
Portada del libro sobre el Duque de los Abruzos

Una grácil figura de corto cabello gris apareció en el puente del barco que le había traído desde Italia. Vestía traje civil y se apoyaba en un bastón, aunque mantenía su porte erguido, como siempre había hecho.

Visiblemente débil y consumido por el cáncer, descendió con dificultad por la escalerilla, y manteniéndose siempre erguido bajo el sol de fuego, empezó a pasar revista a los soldados, deteniéndose a menudo para mirarlos a los ojos con una sonrisa melancólica dibujada en sus labios. En el rostro enjuto, sus ojos azules aún se iluminaban por momentos con un brillo familiar.

El duque de los Abruzos había sido uno de los exploradores más famosos de su tiempo, un príncipe de la Casa de Saboya y almirante de la Marina italiana; siempre había vivido como un soldado; había sido explorador y estaba acostumbrado a esconder el dolor físico, pero también a esconder sus emociones, ocultando las pasiones y las desilusiones bajo el peso del deber y de la lealtad.

Ese hombre frágil que tiempo atrás había recorrido a pie cientos de kilómetros en las tierras inexploradas del Ártico, de Alaska, del Himalaya y de África no dio muestras del enorme esfuerzo que le costaba recorrer esos interminables quinientos metros. Luis Amadeo de Saboya-Aosta, duque de los Abruzos, cumplió el último acto oficial de su vida pública con la misma dignidad de siempre.


 
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