EXPLORANDO

Chus Lago, la primera española en llegar al Polo Sur en solitario

Hoy, en el centenario de la «conquista» del Polo Sur, queremos recordar la hazaña de Chus Lago. Fue la primera persona de nacionalidad española (hombre o mujer) en alcanzarlo en solitario. Una actividad muy importante y, sin embargo, poco conocida.

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Chus Lago
Chus Lago

En unos momentos en que la Antártida está de moda, cuando asistimos a la celebración del centenario de su “conquista”, y en un contexto en que diversas expediciones de nuestro país y treinta del resto del mundo intentan alcanzar el Polo Sur, resulta imprescindible recordar la gesta de Chus Lago. Ningún hombre o mujer de nacionalidad española realizó esta proeza antes que Chus y, sin embargo, casi nadie lo sabe. Fueron 59 días los que tardó en alcanzar el Polo Sur. Además, intentó llegar sin abastecimento, aunque finalmente tuvo que ser abastecida una vez.

Contraviniendo todas las leyes de la física y de los coeficientes de rozamiento, con la fuerza de sus piernas y sus 57 kilos de peso, consiguió arrastrar un trineo que en el momento de comenzar la travesía duplicaba su peso. Para llegar a su destino se marcó una rutina implacable: todos los días debía caminar entre 13 o 14 horas para cumplir el objetivo de recorrer 25 kilómetros diarios.

El relato que sigue está tomado de la conferencia que Chus Lago dio en las Jornadas de Montaña de Moralzarzal, organizadas por Carlos Soria. Chus inició así su presentación: “Durante la travesía al Polo Sur ocurrieron muchas cosas. Me resulta compleja de explicar…”

«El explorador noruego Amundsen definió la Antártida como «el lugar más frío, venteado, inhóspito, y desolado del planeta? y las cosas no han cambiado en absoluto si quieres ir a la Antártida sin abastecimiento y sin soporte técnico». Así resume Chus su experiencia vital en ese espacio helado.

“Quería vivir la gran aventura, acercarme a lo que vivieron Amundsen, Scott o Shakleton y sus equipos. Aprendí durante mi travesía que hay que desaprender muchas cosas, que hay que ir a la sencillez, que hay que desnudarse, que lo que malogra la aventura somos nosotros mismos. El Everest sigue siendo la montaña más alta del mundo con todo lo que ello significa. Lo que malogra la aventura es cómo decides ascenderlo”.

Chus Lago no se lanzó a ciegas, sino que primero realizó varios ?simulacros? que le sirvieron de preparación física y logística. “Me enfrenté a esta expedición tratando de ir sola, sin abastecimiento (al menos así lo intenté al principio)… hice tres viajes a Groenlandia como entrenamiento. En ellos trataba de ensayar, de cometer errores, porque una vez sola no podría cometerlos, no tendría vuelta atrás. Se trataba de aprender todo lo posible sobre las expediciones polares.”

“Yo soy alpinista, no tenía ni idea de expediciones polares. Decidí seguir la misma metodología que en la montaña: a una montaña pequeña le sigue una más grande. A un error le sigue un error corregido, un aprendizaje… así ascendí el Everest y, también así, conseguí el Leopardo de las Nieves… En esas pequeñas expediciones de entrenamiento me ocurrió de todo. Una vez superado ese “todo” me consideré preparada”.

Respecto a las preguntas que todos le hacemos «¿por qué la Antártida?», ¿por qué ir sola?»: ?En 2004 quise llegar al Monte Vinson el 25 de diciembre, pues era el día en que cumplía 40 años. Quería estar justo ese día. Mis amigos y amigas me decían que no había vida después de los 40 años, que el mundo se acababa a esa edad?.

Alcanzó la cima del Monte Vinson en medio de una tormenta con temperaturas de -54º C, una experiencia muy breve pero que no olvida.?Estuve dos segundos en la cima y lo que descubrí fue algo impresionante: para empezar, que ser la primera me importaba un comino. Lo importante es que estaba donde quería, el día que quería, haciendo lo que quería hacer y, desde allí, en ese momento de gloria, me sentí a la vez triste y feliz (porque la gloria es la suma de ambas cosas)?.

Acostumbrada a fijarse cumbres como objetivos, Chus Lago no tardó en comprender que, incluso en el lugar más inhóspito de la tierra, ?una cima es perder un sueño y lograr un reto. Lograr y perder, tan distintos, coinciden al mismo tiempo… Me sorprendió desde esa cima abrir los ojos a ese lugar tan desierto, y lo primero que pensé es: ¡Qué lugar tan frío, tan horroroooso!?.

Chus Lago entiende a los alpinistas porque es alpinista y sabe que nunca hay que preguntarse el porqué, pero sí comenzó a preguntarse el porqué de los exploradores polares. “Y me planteé atravesar la Antártida para ver qué había allí. Quizás no es el lugar, sino la razón, el reto… Tantos años después de que Amundsen pisara el Polo Sur, sin que hubiese cambiado nada, excepto la base que hay en él?.

Chus recuerda una anécdota de esta ascensión al Vinson: «Bajando de la cima del Monte Vinson me ocurrió una cosa entre dramática y graciosa. Me emocioné y las lágrimas se me helaron, me aprisionaron las pestañas y me quedé sin ver. Ahí estuvo a punto de finalizar mi carrera deportiva y alpinística porque no podía bajar el Monte Vinson con los ojos cerrados. Me quité las gafas y aquellos trocitos de hielo en que se habían convertido mis lágrimas. Un consejo: a 50º C bajo cero no se puede llorar?.

A partir de este momento Chus Lago tardó tres años en preparar la expedición. Es difícil visualizar un objetivo a tres años vista…

?¿Por qué en solitario? Es una pregunta que no me hice porque formaba parte de mi concepto de montaña. Son muchos años de soledad, entrenando y marchando de expedición. Deseaba vivir la diferencia entre una montaña y un desierto polar. En una montaña hay una cosa muy importante: vas escalando y ves la cima. Y esto es como un motor que va tirando de ti y que psicológicamente te ayuda».

«Cada día es diferente del otro. Vas al campo 1, luego al 2, después al 3… el paisaje es distinto. Te entretienes con las grietas, el paisaje… Y hay algo mucho más importante: tienes un campo base en el que puedes comer, reparar lo que se te ha estropeado… tienes una “casa”. Otra cosa importante: en montaña cualquier error se paga inmediatamente y ese inmediatamente significa que se paga, en muchas ocasiones, con la muerte. En montaña estás sujeto con las manos y los pies y no puedes salir de allí?.


 

Entre la montaña, un terreno vertical y la Antártida, una superficie horizontal, la mirada montañera descubrió enseguida otras diferencias. ?En un desierto polar la luz es constante durante dos meses las veinticuatro horas del día. El paisaje es siempre el mismo: desde el primer día al último, todos los días son iguales. No hay nada de vida. Casi siempre los peligros son predecibles, los ves. Otra cosa es una tormenta blanca que te da solo unos minutos para reaccionar. Hace mucho frío y llevas un trineo pesadísimo?.

Chus Lago tuvo que arrastrar un trineo mucho más pesado que ella, quizá lo más complejo. ?El trineo pesaba 113 kilos. No podía llevar un trineo más pequeño. Iba sola y tenía que llevar material “repetido”, de repuesto, por si acaso. Y no podía quejarme, y menos de tener el peso y la talla que tengo. La realidad es que la gente pesa ochenta kilos y lleva ochenta kilos en el trineo?.

A la dureza de las condiciones materiales se sumó la presión mental. ?Psicológicamente la travesía hasta el Polo Sur fue muy dura. La expedición duró 59 días. El despertador sonaba a la 1 de la mañana y tardaba dos horas en prepararme. Durante trece o catorce horas tiraba del trineo. Montar la tienda, fundir nieve, cargar el teléfono… me llevaba alrededor de dos horas. Finalmente me quedaban seis horas para dormir. Esa era mi jornada. Repetir lo mismo todos los días degeneró en una especie de crisis de ansiedad?.

Una vez que acabó todo, el recuerdo va poco a poco transformándose en experiencia y Chus Lago descubrió que la Antártida resultó ser el viaje en el que «entraron todos los viajes de mi vida». ?Era como pasar películas por mi mente… desde que me enganchaba al trineo y hasta trece ó catorce horas después. Cada hora paraba cinco minutos lo que a lo largo del día representaba una hora. A las tres de la mañana me enganchaba al trineo y tiraba hasta las cuatro de la tarde. Tenía que recorrer 25 kilómetros diarios. En mi trineo llevaba la comida y el combustible para esos dos meses?.

?El momento más emocionante fue el primer día, cuando me dejó la avioneta y tuve que partir hacia la nada absoluta. Fue un momento mágico, maravilloso. Cuando el avión despegó y su sonido se perdió, de pronto fue estar sola en el lugar más solo, inhóspito del mundo. Mi abuelo me había contado que el día que, como emigrante, llegó a Río de la Plata tiró al agua la última moneda que le quedaba. Creo haber sentido lo mismo que él cuando comencé la travesía?.

En el momento en que se fue la avioneta y vio la lentitud a la que avanzaba, sintió una inquietante sensación de ansiedad y vivió lo que bautizó como “El síndrome del bote pinchado”… Experimentó una sensación parecida cuando vio la amplitud del paisaje. Es alpinista y no le produce vértigo la altura, pero sí la longitud de un  paisaje: ?por eso, al comenzar la travesía me tapé la cabeza con la capucha para sentirme así más protegida?.

El retorno a la realidad fue un poco sorprendente, por no decir decepcionante. ?En el restaurante que hay en la base situada en el Polo Sur se paga. A lo único que me invitaron fue a un café con leche. Yo estaba muerta de hambre. El director de la base vino a saludarme, a decirme que era increíble lo que había hecho, pero no se le ocurrió ofrecerme un plato de comida…?.

A los 59 campamentos que montó les puso el nombre de un barco de la exploración polar ?aquellos barcos eran una metáfora?. ¿De qué? No lo sabemos. Lo más seguro que de la vida.

 


 

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