ENCUENTRO EN LA LIBRERÍA DESNIVEL

Chus Lago: “La motivación es un obús, el motor más potente”

De pequeña la echaban de clase por «hacer el tonto». De mayor resuelve las conferencias con puro teatro: globos que vuelan, avionetas que planean en el Polo, un brindis en el hielo y efectos especiales para rememorar su travesía en solitario por la Antártida.

Autor: Ana Torres | No hay comentarios | Compartir:
Chus Lago rememora su expedición a la Antártida en la Librería Desnivel.  (@Darío Rodríguez)
Chus Lago rememora su expedición a la Antártida en la Librería Desnivel.

«Lo menos que se puede decir de Chus Lago es que es intensa. Un personaje fascinante», dice la escritora Rosa Montero sobre su amiga Chus Lago en el prólogo del libro Sobre huellas de gigantes (Aguilar), que se presentó este jueves en la Librería Desnivel. Antes de empezar a hablar de su travesía por la Antártida, la comedia ya se intuía: sobre la mesa dos globos, un avión de juguete y cajas cerradas de donde, seguro, iban a salir cosas. Y salieron.

Porque no es lo mismo hablar a secas de la expedición Ártica de S. A. Andrée y de su intento fallido de alcanzar el Polo Norte en globo que imitarle gritando eso de “¡Hurra, hurra, hurra!” mientras que un globito rosa se eleva de la mesa y acaba en el techo de la Librería Desnivel. La escena de Roald Amundsen y sus hombres en medio de la exitosa expedición que conquistó por vez primera el Polo Sur geográfico también cambia si el público bufa como el viento (¡fruuuuu!), aúlla como los perros del noruego (¡aúuuuu!) y grita los brindis con los que sellaron sus anhelos. ¡Chin chin!

Antes de marcharse a la Antártida, Chus Lago se empapó de largas sesiones de hemeroteca donde buscaba el contacto con los relatos primarios de aquellas primeras expediciones polares. “Decidí ir al momento en el que las cosas estaban sucediendo, al tiempo real de sus aventuras, al instante de sus célebres partidas, cuando toda la prensa nacional e internacional se hacía eco, con pomposo patriotismo, de hechos que parecían asunto de toda una nación”.

“A medida que se preparaban los barcos también se preparaban las mentes de los jefes de expedición»

Y en aquel proceso se generó un efecto curioso: Chus leía sobre los barcos, los grandes protagonistas de las expediciones polares, que se construían durante años y se reforzaban con piezas especiales aquí y allá . “A medida que se preparaban los barcos también se preparaban las mentes de los jefes de expedición y se motivaban”, dijo. Y leyendo aquello ella también cargaba sus ganas: “La motivación es un obús, el motor más potente”.

Un motor que en situaciones difíciles a veces que tira como un todoterreno y otras que se cala como la furgoneta vieja del abuelo. “Mientras entrenaba para el viaje a la Antártida imaginaba muchas veces el momento en el que la avioneta desaparecía, cuando todo referente humano o cálido no estuviese”, contó sobre ese momento último en el que el vehículo que la había llevado hasta el hielo regresaba a casa sin ella. “Nadie vive este momento. Fue fantástico. Pero luego me puse la capucha y tardé en quitármela y mirar cara a cara al horizonte”.

Escribe: “Me esfuerzo por seguir oyendo el sonido del motor hasta que este se extingue en el aire completamente. Ocurre: silencio. El silencio”. “Siento lo que un alpinista que abandona la botella de oxígeno sobre la nieve: que es frágil e insignificante”. Ese fue el primero de los 59 días en los que avanzó sola por la Antártida tirando de un trineo donde cargaba lo necesario para vivir y sobrevivir en medio del hielo. Ella, que años antes había ascendido al Everest sin oxígeno adicional, confesó que el Polo, sola, es un folio en blanco gigantesco que asusta. “Un alpinista que está de expedición ve la cima y se va motivando. Los seracs y los campos te entretienen. En la Antártida tienes que dejar la mente en blanco”.

«¡En los momentos extremos te vuelves ingenioso!”

«Lo imposible no es sobrevivir sino enfrentarse a la soledad, a uno mismo» imaginaba Rosa Montero. Para paliar esos momentos estaba la prima de Chus, esa que nunca falta en las conferencias sobre su expedición porque, si bien consiguió animarla, también estuvo a punto de recibir una colleja del sector médico. Hacía días que Chus sufría ansiedad al constatar que bajaba el número de provisiones que le quedaban (también se reducía el número de jornadas pendientes hasta la meta, pero los mecanismos de la cabeza en situaciones extremas son los que son y no los que uno quiere). Y entonces su prima le aconsejó echar mano de esa pastilla que llevaba en el botiquín que a una conocida tan bien le sentaba: «Me tomé un Trankimazin con mis 47 kg y deshidratada. Me quedé dormida de pie. Y vi los titulares: Chus Lago muere por idiota«, bromeaba.

«Si te mueres te mato», le había dicho su madre en algún momento. «¡Pero en los momentos extremos te vuelves ingenioso!”, aseguró Chus, y recordó cómo empezó a recitar todas las listas que se le ocurrieron (números, preposiciones, rezos) para no echarse a dormir en medio del hielo.

En la Antártida se cultivan lechugas

Al final de su viaje, junto a la placa que marcaba la coordenada exacta de su meta, la gran paradoja: “La base [estación de investigaciones ultraequipada] ocupa con violencia un espacio que yo había reservado, en el fondo de mi corazón, para una tienda de campaña medio destensada y una pequeña bandera, un lugar que, en realidad, hace ya muchas décadas que desapareció. He estado caminando hacia el Polo Sur de Roald Amundsen y Falcon Scott, el de los pioneros. Me he aferrado, sin darme cuenta, a la imagen que tantas y tantas veces había contemplado en casa antes de partir; la fotografía en blanco y negro, tomada por Olav Bjaaland en 1911, que inmortalizaba a cuatro de los cinco hombres del equipo noruego dirigiendo sus miradas hacia la bandera recién izada en el mástil de la tienda”.

Pero no.

Vestida para soportar los 43 grados bajo cero que la acompañaron en las últimas jornadas, Chus entró en un complejo grande e industrial donde la recibió una chica en camiseta y pantalón corto. La base suelen habitarla unas doscientas personas entre científicos y trabajadores que pasan en ella periodos de entre tres y seis meses sin demasiadas posibilidades de evacuación en ciertos momentos. Y allí se cultivan hasta lechugas. Así que el choque fue, en primer lugar, cuestión de temperatura. “¿Cuál será el coste energético que supone mantener un edificio de más de 7.000 metros cuadrados a la temperatura estival de las Canarias”, se preguntaba.

Con esta anécdota se cerró el relato del gran viaje a la Antártida pero no las aventuras de su protagonista. Lo siguiente fueron las batallas de su trabajo actual como concejala responsable de bodas y cementerios en un municipio gallego: hizo prometer al público que las cosas que iba a escuchar a partir de ese momento no podían salir de la Librería Desnivel, así que, sintiéndolo mucho, esta historia acaba aquí.


 

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