EXPLORANDO

Chus Lago: “El éxito rápido no deja ninguna sensación”

La alpinista y aventurera viguesa presentó la semana pasada su primer libro infantil, «Fata y Pengba», sobre un ser mitad hada y mitad alpinista. Aprovechamos su estancia en la Librería Desnivel para preguntarle sobre su antigua carrera como aventurera, su profesión de escritora y, sobre todo por este su nuevo libro.

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Chus Lago es la primera mujer española y tercera de la historia en subir el Everest sin oxígeno (en el descenso lo utilizó dos horas y media). También es la primera española en llegar al Polo Sur en solitario, y es la única “Leopardo de las nieves” viva. Ahora se ha embarcado en una misión no menos interesante y compleja: conseguir inculcar en los más pequeños los valores que la llevaron a vivir estas aventuras. Con su primera obra, “Fata y Pengba”, ha dado el primer paso en su nuevo desafío.

¿Es una historia real?
Es una historia que se desarrolla en escenarios conocidos, algunos personajes están inspirados en personas de la vida real como las hadas madre, abuela y tía, en este primer cuento y otros históricos en los futuros relatos . Mi tía Agustina preparaba sus “brebajes” en la bodega de su casa, después de la vendimia. Almacenaba las “pócimas” en unas enormes cubas de vino. Algunos días, salíamos al jardín y mientras ella se echaba la siesta bajo un manzano  yo leía  cuentos de hadas. En cuanto a Fata, es el vivo retrato de mi amiga Julia.

¿Qué es lo más difícil de escribir en un cuento para niños?
Encontrar el tiempo no es fácil. Marcar el rítmo, los personajes, la historia… es complicado al principio. Luego ya vives, duermes y ves el mundo a través de tu protagonista.

¿Para niños de qué edades está escrito el libro?
Creo que un padre o una madre se puede divertir leyéndoselo a su hijo, porque reconoce que hay parte de realidad en el libro. Diría que es para niños de 6 a 9 años aproximadamente.

Resúmenos la historia de este cuento.
Fata es mitad humana, porque su padre era alpinista, y mitad hada, como su madre, pero ya os contaré detenidamente  su infancia en otro cuento. Ella vive en el Machapuchare, una montaña sagrada situada muy cerca del Annapurna, prohibida para escaladores. Los cazadores de miel de la zona descubren que las abejas han enfermado y temen por la naturaleza y por ellos mismos. El abuelo de  Pengba  lo anima a ascender al Machapuchare en busca de Fata, ella es la única que puede ayudarlos. Pengba logra llegar hasta el castillo de Fata, allí conocerá a sus mascotas, un dragón y a un musallardo y juntos salvarán por fin a las Apis Laboriosas, las abejas más grandes del mundo.

¿Va a seguir Fata con sus aventuras?
Pues creo que Fata ya está camino del Everest con su siguiente cuento. Vamos, que está en el horno.

En tu carrera, ¿cuál ha sido tu experiencia más dura?
Cada una de las tres veces que he intentado el Everest han sido duras. Pasar 48 horas a la intemperie en la arista del pico Poveda, sentir que te vas congelando, el inicio de un edema, ver que si no bajas por tu propio pie no lo vas a conseguir, etc.

El Polo Sur fue un gran esfuerzo físico y mental. Aunque tiene menos peligro, ya que todo es más predecible, fueron 60 días sola, con el mismo paisaje, misma luz, misma rutina… Fue casi esquizofrénico. Tanta monotonía casi me volvió loca y al mismo tiempo me enseñó a afrontar un nuevo reto.

¿Cómo definirías el Everest sin oxígeno?
De las cosas más bonitas que se pueden hacer. Es la sinceridad absoluta. Yo lo utilicé durante dos horas y media durante el descenso. Esta montaña se merece que te prepares, que lo intentes y que fracases las veces que haga falta. Es el esfuerzo máximo. No importa si tardas 7 o 10 años. Esa es la magia.

Tú tenías claro que lo querías hacer sin oxígeno
Subiendo no quería utilizarlo. Sólo en el caso que peligrara mi vida o tuvieran que rescatarme. Prefería quedarme a 50 metros de la cima que utilizar oxígeno.

En el descenso, mi porteador, que no era muy experimentado, vio que el grupo que llegó a la cima con nosotros nos dejó atrás. Le entró miedo y me dijo que yo estaba jugando con su vida. Me pidió que nos encordáramos, pero viendo cómo sujetaba la cuerda, era probable que nos matáramos si nos hubiéramos caído. Por ello le dije que bajáramos cada uno por nuestra cuenta.

Más tarde me encontré con el grupo de nuevo. Creo que se sentían obligados a esperarme. Entonces me entraron las dudas y usé el oxígeno. La botella que utilicé la habíamos dejado en un punto de la montaña, para emplearla en caso de emergencia, pero mi porteador la había usado antes, por lo que sólo quedaban dos horas y media de oxígeno.

Cuando me vi con la mascarilla, me pregunté si ese era el momento para usarlo. Cuando llegué al campo 3, el oxígeno se había acabado, por lo que pasé la noche sin él, a 8.300 metros.

Por un lado no quería un porteador con mucha experiencia, que –de alguna manera- “me subiera”, pero cogí a una persona sin experiencia, con miedo, de la cual yo me sentía responsable. Ése fue el error.

¿Te arrepientes de haber utilizado oxígeno en el descenso?
Me arrepiento de no haber aguantado un poco más; quisiera saber si realmente lo necesitaba; yo creo que no, pero no hay que darle más vueltas. En la Antártida, mi nutricionista cometió un fallo, y la dieta no llegaba para todos los días. Pero él tampoco podía prever que estuviera 14 horas al día tirando del trineo, en vez de 8 horas. Por ello tuve que pedir reabastecimiento, que tampoco estaba previsto. Siempre falta un punto para la perfección, pero es el riesgo que corres cuando te montas tú la historia, partiendo de cero; pero bienvenido sea, porque he vivido la aventura al 100 %.


 

¿Te planteas volver a la aventura?
Haría una travesía polar, pero lo haría en otro plan, llevando música por ejemplo. Le buscaría un aliciente, para que sea algo que pueda asumir desde el principio hasta el final. Quiero subir montañas que pueda subir yo sola. No voy a pagar el precio de ir en una expedición grande.

¿Por qué la elección de la soledad?
Ya ves [lo dice en broma, pues es lo contrario] que soy una persona que habla poco, que no me relaciono con nadie. Además es un reto. Aunque me gusta trabajar en equipo, no soporto a gente que no sabe ser jefe. He visto a gente en expediciones con la que no me gustaría estar. Me gusta organizar y llevar la logística. Es como un juego, y muy interesante además. Pero si hay una persona por encima, que te roba la imaginación, pues no tiene ninguna ciencia.

¿Qué fue lo más duro del Polo Sur en solitario?
Frenarse por dentro, sobre todo la ansiedad, porque veía que no iba cumpliendo ni las previsiones de recorrido ni las de raciones de comida. Arrastraba demasiado peso y al principio no lograba cumplir los kilómetros que había previsto, por eso invertí el proceso y me decía que, en vez de cumplir un horario, hasta que no hiciera los kilómetros previstos, no paraba.

Otro problema fueron los aparatos electrónicos, con los que no me llevo muy bien. Soy muy manazas,  empezaron a romper o a fallar y empecé a tomarles manía. Luego empecé a comprender que eran necesarios y los cuidaba mucho. También llegué a pensar que el viento y el paisaje eran mis enemigos. Al final revertí esto y lo convertí en un juego.

¿Qué aprendiste?
Que las cosas son mucho más mecánicas de lo que creemos. Si empiezas a compadecerte de ti mismo y a tener nostalgia, lo pasas fatal y lo puede llevar todo al traste. Hay veces que es mejor quitarle el alma e intentarlo hacer todo mecánicamente para lograr tu objetivo.

¿Y en el Everest?
Aprendí una lección: lo bonito que fueron los últimos pasos hacia la cima, porque me recordó mi infancia como montañera, con mi ropa remendada, el material antiguo; me pasó mi vida alpinística por delante y vi que había tenido la paciencia para vivirlo, y que mereció la pena.

¿Y qué mensaje te gustaría hacer llegar a los niños?
Que el éxito es una tontería; y que el éxito rápido, ni en la montaña ni en la vida, dejan ninguna sensación. Por eso Fata es mitad mágica, mitad humana. Por eso tendrá que entrenar y buscarse la vida. Las cosas fáciles no dejan huella. Las verdaderas sensaciones hay que trabajárselas y ganárselas; eso sí que deja poso. Lo importante no es la historia que ocupa algo frente a los demás, sino el lugar que ocupa en tu propia vida. Decir: yo soy esto, lo he vivido.

 


 
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