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Anglada: Los orígenes

Con motivo de la presentación del libro Anglada el próximo 24 de abril, os ofrecemos el segundo capítulo de esta esperada biografía que nos relata los orígenes de tan

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Josep Manuel Anglada
Josep Manuel Anglada

Josep Manuel Anglada Nieto nace en Barcelona el año 1933. No hay nada en los antecedentes familiares que haga sospechar que un día se dedicará con pasión al alpinismo. A su padre le gustaba contar que lo más cerca que había estado nunca de pensar en una escalada fue en Chamonix, en un viaje que hizo cuando estudiaba en Francia, a principios del siglo veinte. Decía que la visión del Mont Blanc, desde el valle, le tentó tocar una cumbre tan blanca y tan brillante, pero que abandonó la idea porque no disponía de otro calzado que unos zapatos de charol.
       Josep Manuel Anglada descubre el alpinismo por casualidad mientras estudia en Inglaterra. Se educa en un ambiente y recibe una formación que le ayuda a progresar con eficacia en el mundo de la montaña. Desde muy joven aprende lenguas y viaja solo, tiene que planificar y tomar decisiones, y entra en contacto con nuevos países y culturas distintas.
       A los seis años, en 1939, empieza la escolaridad en el Liceo Francés de Barcelona. Acaba de volver de Francia, donde ha pasado con sus padres los años de la Guerra Civil. Vivieron en casa del Doctor Bernadet, en Isle Jourdain, y allí nació su hermano Ángel. La llegada a la escuela es el despertar a un mundo más amplio: experiencias y conocimientos nuevos, trato con chicos y chicas de la misma edad, los primeros amigos escogidos por afinidades, por aquel fluido misterioso que hace que sea éste y no otro el escogido. Es el primer conjunto de amigos. Seguirán los de la montaña, los del trabajo, los de la mili y tantos otros que conservará toda la vida con interés y dedicación, muchos de ellos sólo por correspondencia. Con los años, elementos de diferentes grupos entran en contacto y forman un tejido de amistades y afectos que mezclan la gente del deporte, de la familia, de la profesión y de otras actividades.
       Pasa los veranos en El Figaró. Las primeras exploraciones en la montaña las hace al pie de las agujas de Sots del Bac, pero aun no se las ve como objetivos de escalada. En cambio observa atentamente lo que pasa por el suelo. Le interesan los coleópteros, que recoge y colecciona durante años.

Manchester, 1948.- Foto: Archivo AngladaManchester, 1948.- Foto: Archivo Anglada

En 1939 estalla la Segunda Guerra Mundial; en 1943, el equipo de dirección del Liceo Francés, que se muestra en desacuerdo con el gobierno de la Francia ocupada por los alemanes es destituido. El profesorado y quinientos ochenta alumnos de los seiscientos que hay en la escuela siguen al director y acaban el curso en casas particulares y en varios establecimientos culturales de Barcelona. Los cursos 1944 y 1945, los alumnos del Liceo disidente se tienen que acomodar en cuatro centros distintos.
       Después de la guerra, la embajada francesa ofrece al Liceo los locales del Colegio Alemán, y una parte del alumnado empieza el curso 1946 en el gran inmueble de la calle Moià.
       Los alumnos han sido actores y espectadores de todo el episodio, y cada uno lo interiorizará en un sentido u otro. Josep Manuel se da cuenta de que alianzas de poder derivadas de acontecimientos lejanos, los mismos que en su casa se siguen cada día a través de la BBC de Londres, han sido capaces de cambiar y dirigir su vida: han hecho de él un día un fugitivo, otro un invasor, sin saber muy bien el porqué.
       El hecho de que sus padres escuchen a los aliados por la radio le hace descubrir que la clase de personas que intenta controlar a los demás puede encontrarla muy cerca. Un vecino al que no debe gustar mucho que se oigan otras opiniones que las del gobierno, cada día, a la hora de las noticias de la BBC, manipula la instalación eléctrica hasta que produce interferencias que a veces les impiden escuchar una parte de la emisión.
       Los ruidos y las interrupciones consiguen hacer ininteligible la voz de los locutores: la de Josep Manyé, que con el nombre de Jorge Marín emite en castellano para los españoles; la del gobierno francés exilado en Londres, que da noticias y programas de humor que incluyen canciones satíricas sobre el ejército alemán para mantener la moral de la Francia ocupada.

Con un amigo de escuela y su primo Paco Guillamón el verano de 1949. - Foto: Archivo AngladaCon un amigo de escuela y su primo Paco Guillamón el verano de 1949. – Foto: Archivo Anglada

El padre de Josep Manuel es agente comercial. Importa productos para las industrias catalanas: colores vegetales y yema de huevo para los curtidos, tanino para los vinos, tripas de la China para hacer embutidos, hierbas para las industrias farmacéuticas y de los licores. Mantiene correspondencia con medio mundo, de oriente y de occidente, aunque hablase una docena de lenguas no serían suficientes; por si algún día los hijos entran en el negocia familiar, va escogiendo el orden de las más importantes: después del francés, el inglés.
       Una empresa de Manchester con la que tiene tratos comerciales le recomienda un matrimonio que puede alojar a Josep Manuel. A los catorce años, en 1947, entra en el colegio Didsbury de Manchester para aprender la lengua; un año más tarde, al Loreburne College, una escuela de comercio.

       La Inglaterra de la postguerra es pobre; ya no se pasa hambre pero algunos productos están racionados.
       -En la escuela nos daban un cuarto de litro de leche al día -recuerda Anglada.
       John y Barbara Hampson, el matrimonio que lo acoge, son jóvenes y deportistas. Le compran una bicicleta de segunda mano y cada fin de semana le llevan a recorrer el país. Si están fuera más de un día, duermen en tienda de campaña o en los económicos albergues de juventud.
       La bicicleta es el medio de locomoción de todos los que tienen ganas de volar, libres después de tiempos tan grises. Es la reina de la carretera. Hay tantas, que cuando se paran en un «café», que es el lugar donde los ciclistas toman un te, deben prestar atención al lugar donde las dejan, no por miedo a que las roben, nadie las ata y nadie las toca, más bien por el riesgo que corren de perderlas bajo el montón que puede dejar otro grupo de ciclistas.

Vacaciones con la familia en la comarca de Osona en 1951.- Foto: Archivo AngladaVacaciones con la familia en la comarca de Osona en 1951.- Foto: Archivo Anglada

En la escuela Loreburne encuentra compañeros que están dispuestos a hacer excursiones a los moors, las colinas pantanosas, y a las zonas rocosas de la comarca. Descubren que en Yorkshire hay simas y cuevas; en el Peak District se encantan con la visión de los escaladores que se suben por unas pequeñas murallas de granito y arenisca.
       Se dan cuenta de que necesitan material si quieren hacer algo en estos dos campos. El padre del señor Hampson les da una cuerda vieja de algodón que tenía en el garaje, y compran lámparas de acetileno para entrar en las cuevas.
       Anglada queda fascinado por el mundo silencioso de las cavernas. Lee todo lo que encuentra sobre exploraciones subterráneas en la Biblioteca Central de Manchester y, con la ayuda de una guía, visita las cuevas, que ilumina con la pequeña lámpara que ha comprado.
       Tan sólo al final de su estancia en Inglaterra encontrará un club de espeleólogos, con los que hará un par de exploraciones interesantes. Entretanto, a falta de escaleras elektron y de una cuerda sólida, se dedica a explorar cuevas y simas de poca dificultad.
       Va alternando con pequeñas escaladas en el Peak District. Supone que si nunca se rompió la cuerda dudosa de que disponía es porque ninguna caída la puso a prueba.En una acampada en Lake District, conoce a escaladores expertos y puede hacer algunas escaladas de verdad, todo lo auténticas que podían ser unas vías hechas por escaladores que se subían a la roca con botas de clavos.

Viaje a Roma con los boy scouts en 1950. - Foto: Archivo Anglada.Viaje a Roma con los boy scouts en 1950. – Foto: Archivo Anglada.

En un local anexo a la Catedral Católica de Manchester, un grupo de muchachos escuchan interesados a un instructor de los boy scouts: la semana anterior les habló de técnicas de supervivencia en la montaña y de primeros auxilios. Hoy les ha traído una brújula y les enseña a interpretar un mapa. El domingo irán de excursión, formarán grupos e intentarán orientarse por sí mismos.
       El programa de los boy scouts les invita a participar en varias actividades: montar campamentos, hacer de cocineros, de enfermeros, de traductores; les proponen exámenes para mostrar los conocimientos adquiridos.
       Los dos últimos cursos que estuvo en Inglaterra, de 1950 a 1952, Anglada formó parte de la organización. El análisis que hace de ella con la distancia es muy positivo. Los jefes eran gente entregada que intentaban despertar en los chicos el respeto a la naturaleza y a los demás. Les enseñaban el valor del trabajo en equipo y a comportarse de manera correcta.Un buen recuerdo, el de los tiempos de boy scouts.
       -El responsable, Mr. Dufy, era un santo -dice siempre que habla de él.
       De todo el periodo de Inglaterra, guarda un buen recuerdo.
       De los catorce a los diecisiete años inmerso en la cultura inglesa, los Hampson en el papel de padres, si se hubiese quedado en Inglaterra hubiese sido un inglés más. Durante tres años, en la edad crítica para el sentido de pertenecer a un grupo, el tiempo que pasaba en Barcelona era la excepción, la norma era vivir en inglés. Pero tal como estaba previsto, había llegado el tiempo del alemán.
       Unos amigos de sus padres, de Ulm, le matriculan en una escuela de comercio de Stuttgart y le buscan sitio en una pensión. Mientras vive en Alemania, el señor Schemp se ocupa de pagar las mensualidades de los dos establecimientos y le manda, todas las semanas, cinco marcos para sus gastos.

Stuttgart 1952.
Un campo de ruinas

La ciudad ha sido destruida en un setenta y cinco por ciento durante la Segunda Guerra Mundial y ahora vive una fiebre de limpieza. Apuntalan lo que se puede salvar y derriban el resto para volver a construir cuando la economía lo permita.
       La mayor parte de las casas de la Urbanstrasse parecen un decorado: la fachada está en pie, por detrás no hay nada.
       Un camión tira de un cable que pasa por los agujeros de dos ventanas; una parte de la pared se desploma. Cuando baja la polvareda, los operarios pasan de nuevo el cable por otras dos ventanas y el camión vuelve a tirar.
       Anglada contempla la operación desde el portal de la pensión Riehle. Acaba de volver de la Wirtschaftsoberschule, la escuela donde estudia. Siempre se para un momento para observar la lenta transformación de la calle.
       La mayor parte de los compañeros de pensión son chicos que trabajan en Stuttgart. Aunque él es más joven y no habla mucho alemán, está a gusto con ellos. Ya ha entrado en el juego del edredón: en la casa hace frío; en el comedor se puede estar, tiene una buena estufa, pero los dormitorios en invierno están helados y, aunque el edredón de pluma de la cama es suficiente, todos quisieran taparse con un edredón de duvet de oca de dos palmos de grosor.

Sólo hay uno

Ángel Anglada, Paco Guillamón y Josep Manuel en les Agudes, en 1952.- Foto: Archivo AngladaÁngel Anglada, Paco Guillamón y Josep Manuel en les Agudes, en 1952.- Foto: Archivo Anglada

El día que la patrona pone sábanas limpias, el primero de los chicos que llega a la casa cambia su edredón normal por el maxi-edredón, y lo conserva hasta que otro se lo quita. Les gusta el juego y el premio.
       La adaptación a la escuela es más difícil. Los primeros meses sólo puede escuchar, el alemán que estudió en Inglaterra no da para mucho. Al cabo de un tiempo aprende un poco más y puede seguir el ritmo de la clase. Los compañeros le ayudan, le traducen al inglés lo que les pregunta.
       Son gente interesante, bien preparada. Cuando deja la escuela, al cabo de los años, cada vez que hacen reuniones especiales de ex alumnos se lo comunican en Barcelona; siempre que puede acude. Un español en Stuttgart, el año 1952, era casi un personaje exótico, sólo había dos registrados en el consulado.
       Busca, sin encontrarlo, un club de espeleología. No hay en la ciudad. Lo que más se le parece es un club de montaña y se hace de la sección Schwaben de Stuttgart del Club Alpino Alemán, el DAV. Allí conoce algunos de los que serán grandes alpinistas: Horst Wiedman, Bernhart Huhn, Gunter Hauser, fundador de una de las primeras empresas de viajes y trekking a lugares de alta montaña, la Hauser Exkursionen.
       Ya siempre se escribirán y se visitarán, ellos serán fuente de información de nuevos materiales y de objetivos de actividades; darán conferencias en Barcelona y le pedirán artículos sobre sus ascensiones en los macizos catalanes para la revista Bergsteiger. La mayoría ya son buenos escaladores, con ellos empieza a escalar seriamente.
       El calzado y el material que utilizan los alemanes les permite arriesgar a hacer más grado: botas blandas de suela de goma, las kletterschuhe; casco de protección, mosquetones sólidos, cuerdas de poliamida que pueden aguantar una caída importante.

Con Jo Smith,en Inglaterra (1953).- Foto: Archivo AngladaCon Jo Smith,en Inglaterra (1953).- Foto: Archivo Anglada

Van a los macizos de escalada en bicicleta: Shopfloch, Urach, Donautal; algunos están a cien kilómetros de distancia. Anglada calcula que durante el tiempo que estuvo en Inglaterra y en Alemania pedaleó quince mil kilómetros.
       Los compañeros del DAV, en invierno, hacen esquí de montaña. Para que pueda participar en las excursiones le proporcionan unos esquís viejos de la Wehrmacht, el ejército alemán. Son de madera y han sido reparados con un pedazo de lata, y tiene que pintar regularmente las suelas para que resbalen sobre la nieve. Es el esquí del esfuerzo, de las subidas con pieles de foca y los descensos poco gratificantes; faltado como está de técnica es tan sólo un medio para admirar los Alpes del Allgäu nevados y el descubrimiento de otro deporte.
       Cuantas actividades se pueden aprender para llegar a todos los rincones de la montaña, una más a añadir al saco de proyectos a desarrollar cuando vuelva a casa.

Escalando en Schopfloch con amigos del Club Alpino Alemán.- Foto: Archivo AngladaEscalando en Schopfloch con amigos del Club Alpino Alemán.- Foto: Archivo Anglada

El verano de 1953, antes de girar definitivamente la página de la vida despreocupada de estudiante, pasa unas largas vacaciones en el norte de África.
       Su padre le había sugerido que hiciese un viaje por Estados Unidos, pero los años de la posguerra provocaron tanta emigración que el gobierno americano sólo le concede un visado de estudiante que no le permite moverse por el país. En estas condiciones el viaje no tiene interés y decide ir a África.
       Baja en tren hasta Marsella y embarca hacia Túnez, donde empieza un viaje de tres meses en autostop, mimado por los automovilistas que no le fallan nunca, siempre paran cuando les hace una señal, los primeros días con aire tímido, después divertido, sabe que pondrán cara de preguntarle: «¿Qué hace un chico como tú en una carretera como ésta?», porque en las colonias francesas del año cincuenta y tres no es frecuente ver a un muchacho blanco con mochila que levanta la mano para pedir un lugar al lado de un conductor, que suele ser un francés a quien apetece hablar con un extranjero porque son profesores, comerciantes o terratenientes nacidos en la colonia y están preocupados por la situación política, sobre todo los argelinos, de algunos de los cuales recibe confidencias a favor y en contra de la descolonización, y él guarda estas opiniones en compartimientos separados porque va aprendiendo que en un mismo conflicto puede haber dos razones contrapuestas y las dos ser razonables, y ve que unos y otros son gente correcta, de trato amable y cordial, que insisten en llevarlo a su casa, con la familia, y a menudo vive unos días con ellos hasta que vuelve a emprender la ruta para cumplir los objetivos del viaje: ver otro desierto, muy diferente al anterior, escuchar el griterío de otra casbah y el silencio de otra mezquita, al tiempo que va siguiendo el camino hacia el Marruecos de las ciudades reales y de la cordillera del Atlas, donde espera hacer su primer 4.000, el Djebel Toubkal, la montaña más alta del Magreb, a la cumbre de la cual llega una mañana de julio en compañía de un joven judío de Casablanca que no había hecho nunca una ascensión y queda tan satisfecho que le acompaña el resto del viaje y le lleva a casa de sus padres, descendientes de sefarditas que todavía hablan castellano y con los que convive hasta que vuelve a embarcar, en el puerto de Casablanca, hacia Marsella.

Despedida de estudiante, verano de 1953.- Foto: Archivo Anglada.Despedida de estudiante, verano de 1953.- Foto: Archivo Anglada.

       Experiencias.
       Proyectos.
       Ilusiones.
       Todo dentro del mismo puchero se mezcla y hierve bajo presión los días aparentemente tranquilos de la travesía. Una sopa presta a rebosar, que en cuanto llegue a Barcelona será el impulso que le hará practicar el arte de la escalada para poder conocer a fondo las montañas del mundo.
       Unas kletas.
       Un puñado de mosquetones.
       Una cuerda de perlón
       Material que importa de Alemania que le ayudará a escalar con eficacia y seguridad.Una flamante cámara fotográfica, una Leica con óptica Elmar que puede desbloquear y hacerla desaparecer dentro del chasis. Queda un cuerpo plano, compacto, que puede llevar en el bolsillo de la camisa, un lugar seguro para protegerla de los golpes y del frío, un lugar para tenerla a mano en las situaciones delicadas, en plena pared, y hacer fotografías de acción.
       La primera cámara propia. Una maravilla de la técnica alemana que le permitirá impresionar imágenes para mostrarlas a los demás.

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