BILBAO MENDI FILM FESTIVAL

Alberto Iñurrategi: «Vivimos en una sociedad en la que solo se valora el éxito»

El Mendi Film Festival, que acaba de terminar, ha sido una oportunidad única, no solo de disfrutar del mejor cine de montaña, sino también de compartir vivencias, experiencias, conocimiento… con algunos de nuestros mejores alpinistas. Alberto Iñurrategui fue uno de los protagonistas con esta conversación que mantuvo con Oscar Gogorza.

Alberto Iñurrategui y Oscar Gogorza en la conversación que mantuvieron
Alberto Iñurrategui y Oscar Gogorza en la conversación que mantuvieron
Desnivel.com | 6 comentarios |

Alberto Iñurrategi es sin duda uno de los alpinistas más destacados de este país si no el que más. A sus 46 años de edad posee un currículum envidiable. Hace ya doce años que se convirtió en la décima persona del mundo en completar la lista de los catorce ochomiles, y la cuarta en hacerlo sin oxígeno después de Reinhold Messner, Erhard Loretan y Juanito Oiarzabal. Además, sigue siendo el más joven de todos los catorceochomilistas sin oxígeno, y sólo los nepalíes Mingma Sherpa y Chhang Dawa Sherpa (este último con dudas sobre su Annapurna) hicieron los catorce a menos edad aunque con oxígeno.

Pero lo de los Catorce queda casi como una anécdota numérica al lado de la calidad de algunas de sus ascensiones. En 1992, se convirtió en el alpinista más joven en ascender el Everest sin oxígeno. En 1994, realizó junto a su hermano Félix, Juanito Oiarzabal, Kike de Pablo y Juan Tomás la primera ascensión absoluta hasta la cumbre del K2 por la ruta Cesen. En 1995 hizo con su hermano la primera española al Lhotse. Pero sin duda la montaña que más marcaría su trayectoria sería el Gasherbrum II, en cuyo descenso Félix Iñurrategi fallecería en otoño del 2000.

La actividad de Alberto Iñurrategi en las grandes montañas no se detendría ahí ni tampoco en 2002, cuando cerró los catorce ochomiles. Más adelante llegarían el Shivling de 2006, las tres cimas del Broad Peak de 2010 o el Paiju Peak de 2014; expediciones todas ellas inmersas en una filosofía que prima dificultad del objetivo antes que la altitud o la notoriedad.

Alberto Iñurrategi es un alpinista discreto que rehuye la publicidad. Durante el Bilbao Mendi Film Festival mantuvo esta entrevista pública con Oscar Gogorza titulada «En cuerda corta con Alberto Iñurrategui». Os transcribimos esta conversación que ayuda a comprender mejor a Alberto Iñurrategui y su visión del alpinismo.

«Me siento incómodo cuando me identifican con la lista los catorce ochomiles»

El catorce es una cifra importante para ti, por el logro de los catorce ochomiles. Es una cifra que te ha dado mucho y diría que vives de ella incluso, pero que también te ha quitado mucho. ¿Qué sientes sobre los catorce ochomiles?
Representa algo muy importante en mi trayectoria como montañero, pero a la vez me encuentro con muchas contradicciones. Era algo que nos encontramos sin buscarlo, que en ningún momento aspiramos a completar con esa relación. Pero a la vez soy consciente que en este país, con la cultura de montaña que tenemos, existe una burbuja en torno a los catorce ochomiles y reconozco que los catorce ochomiles nos han hecho más montañeros de lo que realmente somos. En esa medida, nos hemos beneficiado de esa burbuja.

Por otra parte, entiendo que dicho así esto puede ofender a mucha gente que tiene como objetivo escalar un ochomil o incluso plantearse completar la lista. Es una aspiración muy respetable, porque yo mismo cuando fui por primera vez al Makalu el hecho de enfrentarme a esa cota mítica de los 8.000 metros era algo que creo que tenía más magia que el propio número catorce. Aspirar a vivir esa experiencia de qué es lo que se siente en esa situación de hipoxia y cómo va a responder uno es algo totalmente legítimo y respetable. Yo no tengo nada contra la lista de los catorce ochomiles ni contra ninguna otra lista ni contra las rutas masificadas.

Me encuentro en la contradicción cuando por una parte lo encuentro bonito y por otra me doy cuenta de que existe esa burbuja y que mucha gente aspira, además de vivir esa experiencia, a obtener un reconocimiento más allá de la talla alpinística. Por eso me siento incómodo cuando me identifican con esa lista.

«Se mide la talla del alpinista en función de los ochomiles que tiene. Me extraña que todavía se mantenga ese mito de los ochomiles»

Quizás el problema es que igual no tenemos esa cultura montañera que creemos tener, seguimos pensando que más alto es más difícil, cuando no es así.
Por una parte, veo que se mide la talla del alpinista en función de los ochomiles que tiene. Por otro lado, me extraña que todavía se mantenga ese mito de los ochomiles, viendo por ejemplo este certamen [Bilbao Mendi Film], el ambiente que se genera y se vive, y viendo que cada año va a más la asistencia de público… Está muy bien, pero está muy sobrevalorado, teniendo en cuenta el nivel de actividades a las que nos hemos acostumbrado. Falta una mirada histórica de lo que ha sido el himalayismo para poner en su sitio lo que tenemos en casa.

Contabas por ejemplo que cuando hicisteis el Everest sin oxígeno la gente os paraba en el trekking y tuvo mucha repercusión, cuando era algo que se había hecho ya hacía más de 20 años.
Sí, nosotros éramos unos chavales. Yo tenía 23 años y había seguido una trayectoria desde luego no modélica. La verdad es que me pilló muy de sorpresa. Ni se nos había pasado por la cabeza que pudiera tener semejante repercusión. Llevábamos 12 años desde que Martín Zabaleta lo había conseguido e incluso ya el Everest se había subido en 1953, se había hecho sin oxígeno en 1978 y ya en las décadas de los 70 y 80 se habían hecho auténticas ascensiones, como los ingleses a la sur del Annapurna o la sudoeste del Everest. Verdaderas ascensiones en estilo alpino, como la oeste del Gasherbrum IV, Loretan y Troillet, el Corredor Hornbein el año 1986 en 43 horas… Y nosotros el año 1992, subiendo al Everest por la ruta normal, yo creo que el recibimiento que tuvimos en casa fue desmedido. Nos pilló de sorpresa y sin estar preparados para ello. Yo lo viví con un miedo escénico que me superaba por todas partes.

«Cuando descubrí la escalada para mí fue una liberación. El miedo ya sólo era a tener una caída, un miedo positivo, que te obligaba a mejorar»

Miedo escénico que ya tenías cuando jugabas a fútbol de lateral. ¿Cómo viviste la transición desde el mundo del fútbol a la pasión por la montaña?
Estamos hablando de hace muchos años. Desde luego nosotros en casa nunca tuvimos esa tradición familiar. Nunca tuve esa foto de montaña que me impactó y me llevó a practicar el montañismo. Yo jugaba a fútbol de lateral izquierdo y hacía lo que podía, pero el miedo escénico, por ese miedo a hacer el ridículo… lo que más me atemorizaba era cederle el balón al portero de mi propio equipo, el miedo de meter gol en mi propia meta, ¡que alguna vez lo hice sacando de banda! Cuando descubrí la escalada para mí fue una liberación. El miedo ya sólo era a tener una caída, pero era un miedo positivo, que te obligaba a mejorar, y encima veías el resultado. Aunque luego se convirtió también en miedo escénico. Cuando a uno le ponen la etiqueta de ochomilista empieza a responder entrevistas, a mantener una presencia pública y volví al miedo escénico. Creo que es un problema cultural, que en este país en la enseñanza no se trabaja el hablar en público y la comunicación. Yo veo ahora en Pakistán, donde trabajamos en un proyecto de educación, que desde la enseñanza primaria, los viernes aprovechan para que cada alumno hable en público a todos los jóvenes, frente a 200 o 300 personas. Creo que son aspectos que deberíamos desarrollar desde la infancia para luego no sufrir de esta manera.

«No hemos recibido esa herencia o tradición montañera, pero mi padre sí nos enseñó a amar la naturaleza»

Tu padre fue una persona atrevida que, sin tener una educación estándar, te animó a que salieses de casa, te llevaba a escalar…
Mi padre era básicamente pastor, no fue a la escuela, era analfabeto, pero vivió muy pegado a la naturaleza y se pasó la vida en el monte. Luego se sumó a la revolución industrial y se puso a trabajar en una cadena de montaje para sacar la familia adelante, pero el amor a la naturaleza y el campo lo llevó muy interiorizado. Fíjate que yo, después de conseguir trabajo en la cooperativa, ser socio que es como ser una especie de funcionario, y de tener trabajo hasta la jubilación, mi padre me animaba a salir. Él decía «de debajo de la chapa». Y nunca nos puso freno. Aun sin tener tradición de alpinista, siempre nos ayudaba en la medida en que podía e incluso hasta de forma irresponsable: nos dejaba el coche sin tener carné para ir a Araotz a escalar, o nos llevaba a Atxarte a las siete de la mañana para que escalásemos todo el día. No hemos recibido esa herencia o tradición montañera, pero sí nos enseñó a amar la naturaleza y a disfrutar del trabajo.

Hay un momento en la vida de todo joven que empieza en el alpinismo o la escalada en que entiendes qué va a ser tu vida. El otro día contabas una anécdota bonita de cuando escalaste por primera vez Cocaína Flash, ¿puedes repetirla?
Muchos recordarán aquella portada de la revista Pyrenaica en la que salía Ángel Sánchez escalando la mítica vía Cocaína Flash en Atxarte. No sé si actualmente tiene un grado de 6a o 6b, pero en la época era prácticamente el máximo grado que se escalaba en Atxarte y pasó a ser una leyenda. Siendo muy joven y encontrándome en Atxarte con mi hermano y con algún otro amigo, nos encontramos con Chispas, que era un personaje muy conocido en Atxarte en aquella época. Pidió un compañero de cordada y no sé por qué razón resultó que fui yo. Me sugirió hacer esta vía, yo de segundo por supuesto, y para mí fue un subidón que todavía a día de hoy me parece que lo noto.

«Empecé a escalar muy joven, a los 15 años y para mí fue un descubrimiento»

Mucho contraste con el mundo del fútbol, ¿no? Es algo tuyo, tu campo, sin presión… era tu terreno de expresión, ¿no?
Sí, yo creo que el fútbol para mí era algo exento de emoción. Yo era un paquete y se trataba de terminar el partido sin cagarla; con eso ya tenía suficiente. Y la montaña me abrió un horizonte increíble. Sobre todo la escalada. Empecé a escalar muy joven, a los 15 años y para mí fue un descubrimiento. Descubrir esas capacidades que uno puede desarrollar en cuanto a habilidad técnica, sufrimiento, resistencia… Con eso era feliz, no tenía que dar cuentas a nadie, no tenía un entrenador que me chillara… Una maravilla.

«Soy consciente de que soy un verdadero superviviente»

Me da la impresión de que nunca tuvisteis mentores, que todo lo aprendisteis por ensayo y error. Os metisteis en un fregado increíble para la edad que teníais en el Pumori, y sin red. ¿Eres consciente de ello?
Yo ahora soy consciente de que soy un verdadero superviviente, de que hemos tenido la suerte de nuestro lado y de que en cualquiera de las expediciones que hemos hecho podría llegar la desgracia. Pero no por algo impredecible como la caída de un serac, sino por hacer la cosas mal. Igual me estoy dando cuenta muy tarde, pero espero que mis hijos no practiquen la montaña de esta manera.

El otro día decías que te hubiera gustado ser bertsolari porque saben jugar con las palabras, expresar las ideas de la forma adecuada…
Yo siempre envidié esa faceta de mi hermano, en lo que se refiere a la comunicación. Tenía muchísimo temple, controlaba los nervios, llegaba al público… Tengo el convencimiento de que las raíces de esas habilidades estaban en el versolarismo. Félix fue bertsolari y eso le dio herramientas para comunicar de manera sencilla, breve, pero sin dejar contenidos olvidados.

«El reconocimiento no puede ser el motivo que nos lleve a hacer las cosas»

Cuando fuisteis al Broad Peak, los porteadores se reían de vosotros porque decían que ibais a la montaña pequeña pasando del K2, y tú respondías que acababais de subir el Everest sin oxígeno. Eso es una muestra de ego. ¿Qué es el reconocimiento para ti? ¿Qué significa?
El reconocimiento es algo que nos cuesta aceptar, pero a la vez tengo clarísimo que es algo que nos gusta a todo el mundo, y no sólo a los deportistas. Pero también entiendo que el reconocimiento no puede ser el motivo que nos lleve a hacer las cosas. No es un buen camino. El impulso para hacer las cosas tiene que ser otro.

«Tenemos la obligación moral de no fallar en el relato de lo que hemos hecho»

Siempre ha llamado la atención el énfasis que pones en explicar las cosas como son, de forma honesta. Es un discurso modesto, pero me parece que te da miedo que te tachen de falso modesto, ¿no?
Es el riesgo que corres, pero creo que tenemos la obligación moral de no fallar en el relato de lo que hemos hecho. Otra cosa es lo que a uno le parece que ha vivido. Uno puede creer que ha vivido la ascensión más dura de su vida, pero eso luego hay que verlo en perspectiva y contarlo en su justa medida, teniendo en cuenta el histórico y dónde está el valor deportivo de esa ascensión. Es un ejercicio que nos cuesta mucho hacer y siempre intento no caer en la autocomplacencia y quizás a veces nos vayamos al otro extremo, no sepamos contarlo como se debe de contar y a veces también se puede entender como una falsa modestia.

«Este momento de cambio generacional y tecnológico, creo que ha resultado muy beneficioso para nosotros»

Creo que eres consciente de que te ha tocado vivir un momento privilegiado, en el que te has beneficiado de una serie de factores. ¿Lo sigues pensando?
Sin ninguna duda. Nuestra época ha sido estupenda. No hemos tenido quizás la oportunidad de abrir rutas a montañas muy altas por las líneas más lógicas y evidentes, pero todavía hemos tenido la oportunidad de hacer cosas nuevas, hemos tenido el momento de vivir un cambio generacional que ha sido una gracia caída del cielo. Prácticamente pasamos de la generación de Tamayo, Juanjo San Sebastián y todo el equipo del Everest a la nuestra. Creo que hubo un salto bastante grande y nosotros nos vimos beneficiados incluso con los resultados. Los primeros años de himalayismo fueron de resultado muy positivo y eso hizo de caldo cultivo para generar un mito en torno a nuestra figura. Pero es que además de eso, hemos coincidido con un cambio tecnológico que supimos aprovechar y nos supimos montar en esa ola. Recuerdo que en 1993, fuimos a la norte del K2 llevando uno de los primeros teléfonos vía satélite que nos cedió Telefónica y que pesaba con cargador y baterías y todo unos 90 kg. Pero es que en 1994, ya se redujo a 13 kg. Y fuimos los primeros en hacer una transmisión de voz en directo desde la cumbre del K2. Esos nos dio una popularidad y un nombre que nos ha beneficiado muchísimo a la hora de buscar financiación y de etiquetarte como montañero, que creo que está inflado.

Luego vino también el cambio tecnológico respecto a los vídeos. Recuerdo que en 1996, cuando fuimos al Shisha Pangma, trajimos las primeras imágenes grabadas en digital con una mini cámara que no pesaba nada y daba una calidad de imágenes que creo que llegamos a muchas casas en el País Vasco. Este momento de cambio generacional y tecnológico, creo que ha resultado muy beneficioso para nosotros.

¿En algún momento sentiste miedo a no satisfacer las expectativas generadas? Tú has llegado a decir que eres un fraude…
Eso lo vivo cada día. Siento que proyectamos una imagen distorsionada y las expectativas que pueda tener la gente de a pie no se corresponden con lo que realmente somos. Eso no sé si me da miedo, pero sí me incomoda. Siempre vas con esa duda de si vas a estar a la altura de lo que se espera de ti.

«Hoy en día, la imagen de mi hermano Félix es un recuerdo muy positivo. Un recuerdo que, sobre todo cuando estoy en la montaña, juega muy a mi favor»

¿Cómo se aprende a vivir sin Félix?
Fue una situación extremadamente difícil. Yo tenía una imagen de mí mismo de persona dura, de poder con lo que hiciera falta y en ningún momento se me pasó por la cabeza que este tipo de situaciones requieren un tiempo, requieren un duelo y cierta calma. Pero es que estábamos metidos en una rueda que en poco tiempo tuve que asumir cantidad de trabajo, de responsabilidades… Pensé que el duelo estaba ya superado, pero a los meses empecé a tener problemas físicos, que yo siempre relacionaba con lo físico. Recuerdo que llegué a ir a Madrid a hacerme una biopsia… fue un proceso largo que coincidió con el privilegio de poder estar haciendo planes con Jean Christophe Lafaille para irnos al Makalu, y yo no funcionaba, porque tenía problemas musculares… Hasta que después de hacer mil pruebas, dije que habría que probar la parte psicológica y resulta que el problema estaba ahí. Una vez detectado, exigió un tiempo pero los problemas se superaron. Hoy en día, la imagen de Félix es un recuerdo muy positivo. Un recuerdo que, sobre todo cuando estoy en la montaña, juega muy a mi favor.

Imagino que tuvo que ser difícil el asumir tu nuevo estatus: ya no eras una persona un poco detrás de Félix en lo público, sino que eras tú, tu fachada y nada más.
Sí, uno ya no se podía escaquear y decir que mi hermano seguro que lo iba a hacer. Era uno mismo el que tenía que tirar del carro y yo no estaba preparado ni mucho menos.

«La frase «libérame montaña de querer al compañero de cordada» nace de ahí, de esa contradicción, la paz exige también un sacrificio»

En Hire Himalaya hay una frase que dices «líbrame de querer al compañero de cordada», ¿me la explicas?
A mí me parece uno de los grandes valores dentro del montañismo, el del compañero de cordada, y creo que lamentablemente en los últimos tiempos se está perdiendo. Ya no se le da la importancia que se le daba antes, se pone la cumbre por encima de todo en muchos casos… En este caso, «libérame montaña de querer al compañero de cordada» viene de un poema de Banira Giri, una escritora nepalí muy importante, que se llama Canto de libertad y que utilizamos para darle estructura a la película y al libro Hire Himalaya. En ese poema se dicen muchas cosas y una de ellas es «libérame padre del sacrificio necesario». Y creo que la frase «libérame montaña de querer al compañero de cordada» nace de ahí, de esa contradicción, la paz exige también un sacrificio. Y creo que la montaña exige un compañero de cordada y con el compañero de cordada siempre se entrelazan sentimientos, confianza… pero en la medida que uno va desarrollando ese cariño, si algún día llegas a perderlo, el vacío que te queda también es muy grande. Por eso se juega con esa frase contradictoria.

«Para vivir sin trabajar hay que trabajar mucho»

¿Cómo es tu día a día?
Yo no tengo un trabajo, no tengo un horario y partiendo de esa base uno podría pensar que me sobran horas para ir a escalar o al monte. Pero lo cierto es que para vivir sin trabajar hay que trabajar mucho, o por lo menos liarse mucho y eso al final es un problema. No tienes un horario y eso hace que tengas que improvisar mucho y que el día se te complique. Si a eso le sumas que yo por lo menos necesito un equilibrio en mi vida en general, con la familia, con el trabajo y con la afición, tengo ciertas obligaciones morales que hacen que no pueda disfrutar todo lo que podría de la montaña. Tengo una mujer que trabaja de sol a sol, tengo dos hijos, tengo esponsorizaciones, me gusta participar con su producto, tengo patrocinadores… líos mil. Pero le he cogido la medida y tampoco necesito marchar a los Alpes cada mes o cada dos. Con ir a escalar a Etxauri, Araotz, Valdegobía o Atxarte, soy feliz. Complemento el entrenamiento con carrera, con rodillo, con rocódromo y en ese ambiente soy feliz con lo que tengo. Voy ganando terreno ahora, que los hijos van creciendo y cada vez son más autónomos. Voy ganando libertad de movimiento y el futuro pinta bien.

«Vivimos en una sociedad en la que sólo se valora el éxito»

Tienes una conferencia últimamente que lleva por título Elogio del fracaso, ¿puedes explicar qué quieres decir con ese título? Por ejemplo, ¿es un fracaso no haber llegado a la cumbre del Paiju Peak?
No, para nada. Yo creo que actualmente existe una tendencia muy marcada por tratar de conseguir el éxito y eso es una evidencia de que vivimos en una sociedad en la que sólo se valora el éxito. Creo que esa cultura que está impregnando la sociedad está también por otra parte generando muchísimo miedo a fracasar, y cuando uno siente ese miedo está frente a una barrera insuperable para plantearse verdaderos retos. Si uno no se enfrenta a lo desconocido ni se expone a algo nuevo tampoco va a desarrollar sus capacidades potenciales. Por eso soy muy partidario de decir que la cumbre está muy bien, es un premio muy bonito y algo que nos gusta a todos, pero que más allá de la cumbre la montaña tiene cantidad de cosas extraordinarias. El hecho de enfrentarse a la dificultad, compromiso, convivencia… cantidad de valores que hay que valorar en su justa medida. Cuando uno abre esa expectativa, se le abre un horizonte interminable y va a la montaña con otra tranquilidad y con otra autoexigencia.

Y libre también, ¿no?
Sí, porque lo otro es una apuesta a todo o nada y ya sabemos que en la montaña el todo a veces es imposible, por las condiciones, el tiempo… Y eso te puede generar una situación de frustración y en cambio cuando vas con un abanico mucho más amplio y sabes valorar muchos otros aspectos, deja de existir el «nada». Siempre vas a volver a casa con experiencias muy interesantes.

«Cuando uno se expone a lo desconocido es cuando más vivo se siente»

Hay una frase de tu hermano Félix que te marco: «Una vida sin riesgo no es vida». ¿Sigue siendo esa frase un patrón en tu vida?
Sí, y uniéndolo a la pregunta anterior, cuando uno se expone a lo desconocido es cuando más vivo se siente, porque nunca sabes calcular para abordar esa situación nueva. Me parece mucho más interesante asumir esos riesgo, porque eso te va a llevar a una mejor preparación y planificación, a estar siempre con los sentidos más alerta. Y creo que no hay peor cosa que caer en la rutina y en lo conocido. Ese relajo no es nada interesante. Cuando hablamos de ese riesgo tampoco tiene porqué ser el riesgo de jugarte la vida. El riesgo tiene muchas dimensiones. Me parece interesante exponernos a lo desconocido porque en esas situaciones es cuando estamos más vivos.

«Dar lo mejor de ti mismo e intentar mejorar día a día»

En este sentido, no llegar a la cumbre como dice Steve House, no sería un fracaso. Fracasar sería no intentar algo con todas tus fuerzas, con todo tu corazón.
Sí, al menos lo que está en tus manos hacerlo de la mejor manera posible. Fracasar también sería no volver abajo. En la medida de lo posible, hay que plantearse cosas nuevas, que tampoco tienen que estar relacionadas con la dificultad o con la altura de las vías. Cuando voy al rocódromo y me sale un movimiento, vuelvo emocionadísimo a casa, aun siendo consciente de que soy un paquete. Dar lo mejor de ti mismo e intentar mejorar día a día.

«Mientras tenga esa dosis de emoción, que la puedo tener aquí, no me da miedo la retirada»

¿Te da miedo que un día en tu vida te falte esa chispa y que ya no quieras sentir más ese miedo, ese compromiso…? ¿Estás preparado para convivir con ello o crees que es algo que va a llegar pero más tarde?
Tengo el convencimiento de que esto es un deporte y tiene que llegar. Yo ya me lo planteo: tantos años con tantos boletos, en algún momento habrá que decir «hasta aquí». A veces si pienso en ese vértigo que mencionabas, de una vida sin esa dosis de emociones, pero cuando me paro a pensar digo «qué va, pero si aquí soy feliz». Hay días que vuelvo de escalar y estoy en casa con una euforia… Ha habido un par de días que incluso he tenido que ir al cubo del reciclaje a ver si la cerveza que había bebido era con alcohol en lugar de sin alcohol, porque me sentía muy exaltado. Pero no, es del día de escalada que has pasado en Mugarra, en Atxarte o en Atauri. Mientras tenga esa dosis de emoción, que la puedo tener aquí, no me da miedo la retirada.

«Reconozco que he llegado hasta donde no pensaba que podía llegar»

¿Soñaste alguna vez con ser quien eres? ¿Qué balance haces de tu trayectoria?
Reconozco que he llegado hasta donde no pensaba que podía llegar. Y además con cierto orgullo. Pero por otra parte soy consciente de que podría haber hecho las cosas muchísimo mejor. Quizás va con mi carácter autocrítico, pero sí me siento como un superviviente. Somos conscientes de que en la montaña existe un riesgo y hoy hay información y medios para hacer las cosas bien, por lo menos aquello que está en nuestras manos.

«No hay mejor forma que dar con un patrocinador que comparta esa visión tuya de la montaña»

En esta época de consumismo exacerbado, llama la atención que lleves 23 años con tu patrocinador Ternua… es rara esa fidelidad, ¿no?
En mi caso, eso es un privilegio, pero tampoco tengo ninguna fórmula. Sí soy consciente de que cada día hay que ofrecer algo de un interés adicional para mantener una esponsorización, pero yo también soy muy exigente y creo que eso hay que hacerlo manteniendo unos principios, siendo muy fiel con la manera de entender la montaña que tienes. Eso es muy complejo y siempre he pensado que no hay mejor forma que dar con un patrocinador que comparta esa visión tuya de la montaña. He tenido una suerte tremenda, con sponsors con los que llevo 23 años o con la misma BBK, que empezamos el año 1993 y todavía nos aguantan. Pero luego me encuentro con situaciones más recientes, como la fundación Wop, y piensas que lo normal es que esto dure, porque la sintonía es estupenda y muy sencilla. Yo además también necesito esa estabilidad. Si me dijeras que tengo que estar cada año buscando patrocinador, me daría una pereza… no podría salir a correr ni al monte a gusto. Lo que no entiendo es que les damos nosotros a ellos.


 

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