EXPLORANDO

La muerte de Loretan: Todo cambia en un segundo

Xenia Minder era quien escalaba con Erhard Loretan cuando murió, quien resbaló e inició la caída, como ella misma cuenta. Pero no era su cliente, sino su compañera, y además es juez. En este artículo ahonda en lo ocurrido, en sus sentimientos y en los del propio Erhard.

Xenia Minder y Erhard Loretan  (Xenia Minder)
Xenia Minder y Erhard Loretan
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Hace casi seis meses sufrí una caída de más de 200 metros y en ella arrastré a Erhard Loretan, el hombre al que amaba, uno de los alpinistas más grandes del mundo. La cuerda, vínculo indispensable en nuestras numerosas escaladas, ese día se mostró fatídicamente segura y lo arrastró detrás de mí hasta dejarlo sin vida a mi lado. La muerte de Erhard supuso una tragedia en esta Suiza que lo vio nacer, crecer y vivir y el efecto del drama se multiplicó al producirse el día en que cumplía 52 años.

Algunos se extrañaron de que un hombre como él, el tercero [el segundo sin oxígeno, Kukuzcka lo usó en el Everest] en haber escaladolas cumbres más altas de la Tierra, muriera ascendiendo una modesta arista de los Alpes, en el Grünhorn, región del Valais, en compañía de quien la prensa, que por una vez se mostraba discreta, describió como “una clienta de 38 años del cantón de Berna, gravemente herida y hospitalizada”.

Erhard era un purista de la montaña. Respetuoso y humilde se había forjado una sólida reputación internacional gracias a su estilo ligero y rápido a cualquier altitud. También aplicaba esta filosofía a su oficio de guía y explicaba que él no incluía más servicios post-venta que el de poder decir que había sido guiado. Por la mañana, nuestras excursiones comenzaban con un tradicional: “Hija mía, hoy te vas a cagar», que solía aderezar con una agradable sonrisa; y se terminaban generalmente en un vivac bajo un cielo estrellado y gélido sin otra recompensa, tras doce horas de marcha, que una cena consistente en un sabrosa barrita de chocolate.

Nadie ha pensado en hacerme responsable de la muerte de Erhard. Sin embargo, desde su desaparición siento un vacío terrible al que se suma un sentimiento de culpabilidad.

Su tragedia anterior

Hace diez años, Erhard apareció en las portadas de los periódicos, también debido a una tragedia.

El 23 de diciembre de 2001, mientras estaba en su casa de Crésuz en el distrito de Gruyère, solo con su hijo de siete meses, lo sacudió levemente para intentar calmar su llanto y el niño falleció. Erhard fue condenado a cuatro meses de cárcel con remisión condicional por homicidio por negligencia.

Ehrard se mostró valiente y digno ante la desaparición de su hijo. Al ser poco conocido entonces el síndrome del niño sacudido, decidió revelar su nombre a la prensa con el fin de evitar a otros padres el drama que él había vivido. Como él me decía a menudo, Erhard se sintió aliviado cuando la justicia humana le condenó aunque –según sus propias palabras el día del juicio– esta condena no era nada comparada con la que él iba a soportar hasta el último día de su vida.

Sin embargo mientras duró el juicio e incluso después, Erhard fue víctima de violentos ataques por una parte de la opinión pública. ¿Cómo era posible que un hombre que se había codeado con la muerte en tantas ocasiones durante sus increíbles ascensiones había podido perder esos nervios de acero ante la carne de su carne inocente e indefensa?Con el corazón desgarrado para siempre por la pérdida de su hijo y ante el acoso mediático al que se vio sometido, Erhard cambió. Ya había perdido a varios amigos íntimos que conocía de la montaña, pero como pude comprobar a lo largo de los dos años de felicidad compartida, perder a su propio hijo fue una tragedia que nunca pudo superar aunque ya se atreviera a mirar de nuevo hacia el futuro, del que yo formaría parte y a posibles proyectos.

Erhard nunca deseó la muerte de su hijo de la misma manera que yo tampoco deseé la suya. ¿Se habría valorado de otra manera el accidente si no hubiera sido yo la responsable de la caída de Erhard? Y si él hubiera sobrevivido, ¿también habría sido víctima de un nueva persecución mediática? ¿Habría sido acusado por la opinión pública de haber causado la muerte por negligencia a su menos experta compañera en unas montañas que él conocía tan bien?

Tratamientos diferentes

¿Por qué se da un tratamiento tan diferente a hechos tan similares? Cuanto más me decían que había vuelto a nacer, más frustrada me sentía por tener que asumir ese papel de heroína superviviente en lugar del de alpinista distraída cuya falta de atención fue la causa del drama.

Por este motivo, a las tres semanas del accidente pregunté al fiscal encargado del caso cuándo me iba a interrogar en calidad de «persona llamada a prestar declaración» según la terminología del nuevo código procesal penal suizo. Me explicó que ya estaba todo resuelto y que pronto el caso iba a ser archivado. En su dossier, del que había solicitado una copia, descubrí, además de las declaraciones de los guías y de los médicos que habían intervenido en el lugar del accidente, la existencia de un único testimonio: el mío, un informe de varias páginas redactadas al día siguiente del accidente por un policía del que no conservo ningún recuerdo. Estaba en estado de shock traumático y, probablemente, bajo los efectos de una fuerte medicación. Pero la firma temblorosa que aparecía al final de cada página era, sin lugar a dudas, la mía.

Sorprendentemente, el contenido de este atestado se corresponde con los confusos recuerdos que tengo del accidente y, por lo tanto, con lo que pude declarar. Después de habernos quitado los esquís y mientras ascendíamos encordados por la arista cimera, resbalé con el pie izquierdo y caí por la pared. Imágenes de saltos mortales, la cuerda que se desenrolla, paredes de roca y hielo. Rezo para no sufrir demasiado antes de morir.

Nunca nadie puso en duda la precisión de mis recuerdos y tampoco el hecho mismo de tenerlos después de una caída de 200 metros y esperar 7 horas inconsciente, y en estado de severa hipotermia, la llegada del equipo de rescate.

Tanto mis amigos como mis compañeros de trabajo atribuyeron a mi estado de conmoción la indignación que mostré al saber que el caso había sido archivado.
En el plano jurídico, mi enfado no tardó en contenerse. Como jueza, tuve que admitir que la consideración de accidente no podía ponerse en duda puesto que, teniendo en cuenta su experiencia, Erhard, era, por definición, responsable de mis actos. Por lo tanto era inútil que yo rechazara el hecho de que desde el primer momento lo hubieran considerado un guía sin que nadie se preguntara si además de nuestra relación afectiva también existía un vínculo contractual, requisito necesario para el ejercicio de la actividad de guía de montaña.

En el plano personal no lo comprendí y sigo sin comprenderlo, provocando la incomprensión de los demás. Para justificar este accidente, todos ellos apelan al concepto de circunstancia y hablan de «destino», «fatalidad, «no te había llegado la hora»…

¿Por qué esta pesadumbre? ¿Sentimiento de culpabilidad de la superviviente? Sí, sin duda, pero culpabilidad sobre todo porque Erhard no gozó de ninguna indulgencia cuando perdió a su hijo. Quizá debido a su fama. El caso es que en cuanto se conoció la noticia de su gesto y de sus dramáticas consecuencias, algunos medios y con ellos una parte de la opinión pública, le hicieron responsable de esta muerte, despreciando su dolor de padre.

Mientras escribo estas líneas, la revista L’Illustré organiza un concurso para elegir al “Suizo del siglo” en el que propone al candidato “Ehrard [sic] Loretan”, mezclando sus logros en el Himalaya y su drama personal. ¿Por cuál de estos dos acontecimientos extraordinarios se supone que debería ser elegido?

Puede leerse en el pie que acompaña su foto en el póster de la revista: “Tras conquistar las cumbres más altas del planeta sin oxígeno, suscitó la admiración de todos hasta aquella noche de finales de 2003 [¡sic!] en la que, exasperado por el llanto persistente de su hijo, cometió lo irreparable al sacudir al bebé demasiado fuerte”. Habiendo oído yo misma a la gente hablar de Erhard como del que “había matado a su hijo”, no me sorprendió en absoluto oírle decir, en nuestra primera salida, que huía de dos clases de personas: de los  abogados y de los periodistas. Le respondí que no tenía suerte, pues yo era jueza y mi hermano periodista.

Judicialización excesiva

Este recelo de Erhard no estaba relacionado solamente con su biografía. También tenía su origen en la judicialización creciente de los accidentes de montaña, consecuencia, según él, de una sociedad tecnológicamente equipada y ávida de riesgos pero incapaz de asumirlos. Erhard criticaba los riesgos que corrían alpinistas veteranos por culpa de novatos que se aventuran solos en un mundo del que ignoran todo. También se lamentaba de la manera en que la responsabilidad de los clientes se hacía recaer sobre los guías. Señalaba que en muchos juicios, estos últimos habían cometido el error de haber arriesgado sus vidas al organizar excursiones que más tarde resultaron ser trágicas por la manera en que terminaban. Como la nuestra…

Esta reacción era, por supuesto, afectiva, intrínsecamente relacionada con su oficio de guía. Como jueza no puedo criticar la aplicación de la ley. Pero al haber perdido a la persona que amaba en circunstancias terribles el 28 de abril de 2011, he asistido al despertar de mi conciencia. Y he comprendido que las nociones de culpabilidad e inocencia no están separadas por casi nada, independientemente de la sentencia dictada. Un simple gesto de más en el caso de Erhard o una delgada capa de hielo como la que me hizo perder el equilibrio aquel día.

El 21 de octubre de 2011, el programa Passe-moi les jumelles del canal suizo TSR1, que excepcionalmente duró una hora sin interrupción, estuvo dedicado a Erhard Loretan y presentó los testimonios de quienes lo conocieron.

Xenia Minder
Traducción Sergio Prieto
Texto original publicado en el diario Le Temps el 10 de octubre de 2011. Publicación en Desnivel con el consentimiento de la autora.
El programa Passe moi les jumelles del canal suizo TSR1, titulado Erhard Loretan, respirer l’odeur du ciel, está en su página web.

 

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