Pidal, el Naranjo y una medalla de oro

Se cumplen 90 años desde que se declarase el Parque Nacional de Montaña de Covadonga, hoy Picos de Europa. Repasamos sus primeros pasos a través de la historia de su impulsor fundamental: Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa.

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Gregorio Pérez el Cainejo, primero en la cima del Picu junto a Pedro Pidal.- Foto: desnivelpress.comGregorio Pérez el Cainejo, primero en la cima del Picu junto a Pedro Pidal.- Foto: desnivelpress.com

No podía permitirse que un extranjero escalara el auténtico símbolo de lo inaccesible en nuestro país. Eso pensaba Don Pedro Pidal en 1904, cuando contaba con 35 años. «¿Qué idea me formaría de mí mismo y de mis compatriotas si un día llegara a mis oídos la noticia de que unos alpinistas extranjeros habían tremolado con sus personas la bandera de su patria sobre la cumbre virgen del Naranjo de Bulnes, en España, en Asturias y en mi cazadero favorito de robezos?», fue exactamente lo que dijo. Don Pedro no celebró otro aniversario sin haber antes establecido el hito más importante de la aventura sobre suelo nacional, la primera ascensión al Pico Urriello.

Para ello, Pedro Pidal y Bernardo de Quirós, Marqués de Villaviciosa de Asturias y Grande de España, hizo dos viajes que determinarían su propia historia y la de todo el Parque Nacional de Picos de Europa. Su primer destino fue Chamonix, donde escalaría hasta los 3.775 metros, cima de la afilada Aguja del Dru. Pondría después rumbo a Londres, de donde traería una buena cuerda de pita y el consejo de los exploradores ingleses Chapman y Buck, quienes le recomendaron las alpargatas de suela cáñamo como calzado ideal para el contacto con la roca. Don Pedro Pidal se hizo con un par en la Calle de la Salud de Madrid y se dispuso para acometer el onírico desafío del Urriello.

Espalda con espalda, a la una y cuarto, de una mañana del 5 de agosto de 1904, Don Pedro Pidal y Gregorio Pérez El Cainejo, personaje local que le serviría de guía y a la postre sería fundamental, se añaden a la lista de hombres capaces de superar lo humanamente posible. Han llegado a la cumbre del Naranjo de Bulnes, han superado las virtudes del rebeco, han desembarcado en el corazón de Picos de Europa. El Cainejo completaba toda la ascensión descalzo, a pie puro: «Mis pies pegaban bien a la peña, pero tan bien o mejor, se pegaban las alpargatas», escribiría Gregorio en su relato de la ascensión. El mismo día, con anterioridad, ascendían la Peña Santa de Enol y la Torre Santa.

Medalla de oro a la conservación

Vista aérea de las caras sur y oeste del Naranjo de Bulnes.- Foto: desnivelpress.comVista aérea de las caras sur y oeste del Naranjo de Bulnes.- Foto: desnivelpress.com

La afinidad de Don Pedro con los Picos de Europa bebía, en gran medida, de la pasión de su padre Alejandro Pidal y Mon, quien llegó a escribir un artículo sobre Roberto Frassinelli, inclasificable aventurero, naturalista, dibujante, arqueólogo y marchante que acabaría sus días en 1887 en la aldea de Corao, próxima a Covandonga, junto a su esposa. Sobre Frassinelli, Alejandro Pidal escribiría: «Su verdadero teatro eran los Picos de Europa, Peña Santa, la Canal de Trea, los gigantescos Urrieles asturianos. En ellos se perdía meses enteros, llevando por todo ajuar un zurrón con harina de maíz y una lata para tostarlo al fuego de la hierba seca, su carabina y cartuchos. Vino no bebía, bebía agua en la palma de la mano; carne sólo la del rebeco que abatía con certero disparo de su escopeta y cuya asadura tostaba sobre la misma lata del mismo fuego. Dormía entre las últimas matas de enebro; se bañaba al amanecer en los solitarios lagos de la montaña y al regresar de la penosa excursión a los Picos, se refrescaba revolcándose desnudo sobre la nieve…».

La sangre azul de Pedro Pidal, teñida ya de hielo y roca, y la fortuna de sus arcas, somera ante el inabarcable tesoro de Picos de Europa, se entregarían a una causa superior a la «avariciosa» ascensión al Naranjo de Bulnes: la protección de las montañas. Restó tiempo a los éxitos deportivos que incluso le llevaron a los Juegos Olímpicos de París en 1900, en cuya leyenda se incluye la primera medalla de oro ganada por un español, que obtuvo Don Pedro en la disciplina de Tiro al pichón, dato puesto en duda por su biógrafo Joaquín Fernández que declaraba no haber visto a Pidal hacer ostentación de tal cosa, «lo cual resulta sorprendente en persona de tan exacerbada vanidad». La excentricidad del Marqués y su innegable capacidad para llegar a buen puerto se manifestarían por enésima vez en 1918, siendo el gran propulsor de los dos primeros Parques Nacionales en territorio nacional: Montaña de Covadonga y Ordesa, fraguándose en España el ideal de los Parques Nacionales.

Una inscripción en piedra

El Naranjo desde Camarmeña.Fotografía: publicada en el libro Picos de Europa: contribución al estudio de las montañas españolas de Pedro Pidal y José F. ZabalaEl Naranjo desde Camarmeña.Fotografía: publicada en el libro Picos de Europa: contribución al estudio de las montañas españolas de Pedro Pidal y José F. Zabala

«300 millones de años han sido necesarios para que los Picos de Europa presenten su actual topografía; distintos plegamientos y glaciaciones han conformado su tortuoso paisaje, de altivas montañas presididas por impresionantes agujas y afiladas aristas, de profundas y retorcidas gargantas surcadas por aguas cristalinas, que dan paso a frondosos valles cubiertos de bosques y praderas», se describía el parque en un reportaje de El Camino Real. Tal era el escenario Don Pedro ansiaba proteger, motivo por el que había viajado dos años antes a Yellowstone y Yosemite para estudiar sus modelos de gestión, «imbuido de un sentimiento patriótico, religioso, histórico y de amor por la naturaleza» (Enc. Desnivel). El Marqués fue durante 18 años Comisario de Parques Nacionales.

Picos de Europa, mar de nubes y cajón de mitos, todavía hoy, lucha por persistir y por la redefinición de sus limites, algo más sencillo desde 1995 cuando se declaraba Parque Nacional, englobando al ya existente de Montaña de Covandonga, circunscrito al Macizo Occidental. Se han celebrado hasta veinte ediciones de los Encuentros para la Conservación de los Picos de Europa y se mantienen planes de recuperación para el urogallo, el quebrantahuesos y el rebeco. Los alpinistas, escaladores, caminantes y otros ermitaños ocasionales, huyendo de la polución y una muchedumbre que no dice nada, todavía encuentran un refugio vital entre sus moles enmohecidas. Y a pesar de ello, «de sus sobresalientes valores, estas montañas están continuamente sometidas a la desconsideración de las sucesivas administraciones». Son palabras de Avelino Cárcaba, Presidente del Colectivo Montañero por la Defensa de los Picos de Europa.

El Parque Nacional, que vive su 90 aniversario, precisa, y necesariamente lo seguirá haciendo, de atención constante. De la gente que ha encontrado en la tierra de los cainejos un impagable encuentro consigo misma y que harán, medie quien medie, que el camino iniciado por Pedro Pidal no se yerre, se tuerza o, peor, se pierda.

El Marqués de Villaviciosa fallecía en Gijón en 1941, siendo enterrado en la Iglesia de Covadonga. Sus restos serían trasladados posteriormente al Mirador de Ordiales, en Torre Santa, como testamentó Don Pedro. El 18 de septiembre numerosos montañeros, formando una serpenteante comitiva, se alternaron para llevar los restos de Pidal hasta su último balcón sobre el valle de Amieva. En su tumba se inscribió: «Enamorado del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, en él desearíamos vivir, morir y reposar eternamente, pero, esto último, en Ordiales, en el reino encantado de los rebecos y las águilas, allí donde conocí la felicidad de los Cielos y de la Tierra, allí donde pasé horas de admiración, emoción, ensueño y transporte inolvidables, allí donde adoré a Dios en sus obras como Supremo Artífice, allí donde la Naturaleza se me apareció verdaderamente como un templo».

 


 

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