ESTILO ALPINO

Marek Holecek y Míra Dub abren una vía de mixto en un pico virgen de la Antártida

Marek Holecek y Míra Dub viajaron a la Antártida en enero para abrir Bloody Nose (Nariz sangrienta), una vía de 850 metros con dificultades hasta M4/WI5+, 95° que resolvieron en 33 horas en estilo alpino.

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Marek Holecek y Míra Dub abren «Bloody Nose» en la Antártida. 2018   ©Marek Holecek y Míra Dub

En 2014, cuando Marek Holecek escaló en la Antártida por primera vez, se fijó en el Monte Wheat, la montaña de cuatro cimas individuales de la isla de Winkle, que tiene 30 kilómetros. En aquel momento tenían otro proyecto entre manos y no pudo acercarse, pero la idea de volver se le quedó dentro: “Esas montañas vírgenes se nos quedaron impresas en la cabeza. No podíamos evitar volver allí”, escribe después de cumplir ese deseo.

En diciembre de 2017, él y Míra Dub salieron del puerto argentino de Ushuaia, diez días más tarde echaron el ancla en la bahía de Port Lockroy y una jornada después se encontraban a los pies del objetivo en el que hacía tanto que pensaban: la cima sudoeste del macizo del Monte Wheat, a la que le pusieron el nombre de Monte Pizduch 1.000 m.

La línea que eligieron tiene 850 metros y sube por un corredor helado cada vez más escarpado que se vuelve vertical en la última parte. Es en esa sección donde se encontraba una cornisa enorme que les preocupó desde el principio.

«Tenía la sensación de que ni los piolets ni los crampones se agarraban a nada”

Empezaron a escalar pasadas las dos de la tarde y ya estaba anocheciendo cuando le sorprendió la caída de pequeñas avalanchas de hielo y piedras. Una de ellas golpeó en la nariz de Mira. Fue poca cosa, un poco de sangrado, pero la anécdota les valió para ponerle nombre al proyecto… si lo conseguían.

Sobre las 11 de la noche llegaron a la sección vertical, que no se encontraba en las mejores condiciones, y Marek superó sus 30 metros con protecciones precarias, sin usar ningún tornillo de hielo. “Esta sección me llevó mucho esfuerzo y nervios”, escribe. “En ese momento no sabía que en el siguiente largo me esperaba una escalada mixta en granito roto y nieve muy inestable”.

Y unas horas después llegó el crux, la cornisa que amenazaba desde abajo y que en ese momento se convertía en el siguiente paso. “Me aventuré por el lado menos desplomado y fue una experiencia terrible, es complicado expresar lo que sentí. La placa entera estaba bajo mis pies y tenía la sensación de que ni los piolets ni los crampones se agarraban a nada”.

A las dos de la madrugada alcanzaron la cima, donde pasaron la noche en una tienda pero sin saco ni aislante. La niebla los obligó a permanecer arriba cuatro horas y, en cuanto pudieron, emprendieron el descenso por la arista cargada de cornisas. Cuando llegaron de nuevo abajo, el reloj marcaba 33 horas de actividad.


 

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