Benjamin Védrines y Nicolas Jean han vuelto a unir sus fuerzas en una notable cabalgada alpina. El dúo francés, que el año pasado ya había destacado en su enlace de las cinco caras de Les Agneaux en Les Écrins, se han fijado esta vez en el macizo del Mont Blanc, donde han vivido una espectacular aventura de kilómetro cero.
“La idea era salir de Les Contamines y llegar al pequeño pueblo de Le Tour, esquiando 11 descensos muy empinados por el camino y ascendiendo algunas cimas icónicas del macizo del Mont Blanc”, explica Benjamin Védrines en sus redes sociales como si fuera algo sencillo. En coche, hay algo más de cuarenta kilómetros entre un punto del macizo y el otro, pasando por Chamonix. Ellos dos estuvieron tres días en la montaña, sin bajar a la civilización.
Día 1
Partieron de madrugada desde el refugio de los Conscrits con mochilas de más de 10 kg de peso. El amanecer llegó en La Lée Blanche, en su camino hacia la cara norte de Dômes de Miage, su “primera gran preocupación: hay que leer bien el terreno para evitar el hielo oculto bajo la nieve”.
A continuación, siguieron hacia la Aiguille de Bionnassay, que subieron por la arista sur –“una ruta verdaderamente hermosa”. Querían bajar por la cara norte, pero la encontraron excesivamente helada y con visibilidad limitada. Se vieron obligados a “buscar una nueva ruta por el lado suroeste; por suerte, Mathis Dumas nos vigila desde casa con un telescopio. ¡Nos envía fotos con líneas dibujadas! Es de gran ayuda… ¡y muy original!”.
Pusieron el punto y final a su primer día en el refugio de Goûter, donde llegaron por el llamado ‘corredor de la muerte’. “Estamos solos con Bertrand Delapierre, encaramados a 3800 metros. Derretimos nieve para obtener agua, contemplamos la puesta de sol en un frío glacial y nos dormimos bajo 10.000 mantas viejas y que pican. Pura felicidad”.


Día 2
Iniciaron su segunda jornada de travesía a las 4:00 h de la madrugada, subiendo a la cima del Mont Blanc. “No sentimos ni manos ni pies. Hace unos -15 °C y las botas de esquí de carbono no ayudan”, apunta Védrines. El siguiente punto de la ruta es el espolón de la Brenva, aunque se encuentran con un contratiempo inesperado: “Una grieta enorme bloquea el paso”.
Lograron salir del atolladero “por un paso muy inusual entre dos paredes de hielo, usando los talones de los esquís para agarrarnos. ¡Una primera vez para nosotros! La atmósfera en este lado italiano es increíble: empinado, amplio, lleno de seracs colgantes”.
Benjamin Védrines perdió un piolet durante el descenso de la Brenva y decidieron modificar sus planes para ajustar el nivel de compromiso. Fueron a por la ruta normal al Mont Blanc du Tacul, en cuya cima se calzaron los esquís para descender desde el hombre el histórico corredor Gervasutti: “Sin huellas. Finalmente, las condiciones son buenas. Por primera vez, podemos relajarnos. Es una sensación maravillosa”.
Para terminar el día, siguieron dos líneas bajo la Dent du Géant y el Mont Mallet, para a continuación dirigirse al Col du Tacul y el glaciar de Capucins. El último esfuerzo fue para subir las empinadas escaleras del refugio Couvercle, donde pudieron disfrutar de la terraza, secar el equipo y llenar el estómago.


Día 3
A las 6:30 horas de la mañana comenzó su tercer y último día en el macizo del Mont Blanc, con una tranquila ascensión de la cara sur de la Aiguille Verte. En la cima y con condiciones perfectas, esquiaron otra línea legendaria: el corredor Couturier. “Esquiamos casi siempre en paralelo. Puedo sentir la energía de mi compañero. Tenemos cuidado de no provocar demasiadas purgas uno sobre el otro”.
La parte final, no obstante, tenía poca nieve y tuvieron que tirar de técnica para superarla combinando piolets y esquís. Una vez superada la parte más tensa, Benjamin Védrines sufrió “la caída más ridícula de la historia del esquí francés” al saltar una roca. Por suerte, solo se rompió una correa de la mochila, que pudo reparar con un trozo de cuerda de parapente.
A continuación, se fueron a por la Aiguille d’Argentière, cuya cara norte estaba “en condiciones espectaculares” que les permitieron incluso marcarse “unos giros estilo freeride al final”. Ya solo les quedaba una última ascensión, la de la arista Forbes a la Aiguille du Chardonnet, que Benjamin Védrines califica de “interminable”. Por fin en la cima, derritieron nieve con el hornillo. “Nuestras baterías físicas y mentales estaban en las últimas. Nos concentramos y comenzamos el descenso final”.
La última bajada no fue fácil y les obligó a mantener la atención para esquivar los pasos rocosos hasta finalmente llegar a la parte llana del glaciar de Tour y dar rienda suelta a su alegría. “Ahora sí podemos disfrutar de lo que acabamos de hacer. Nuestra travesía ha terminado”.


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