UN PROYECTO DE ILUSIONES

La travesía de los Alpes de Bérhault

Una crónica más de la odisea de los Alpes de Patrick Bérhault relatada por Jean Michel Asselin.

Autor: | No hay comentarios | Compartir:

Miércoles día 13 de septiembre, 2.951 metros, cima de la Su Alto, una aguja de la Civetta, en las Dolomitas. Patrick Bérhault surge de la nada. Recoge la cuerda y monta la reunión. Ayer, junto a Patrick Edlinger, salía victorioso de la ruta Philip Flamm, en la Punta Tissi. El día anterior habían coronado la Solleder, en la Civetta. Hago un rápido cálculo: 1.200 + 1.100 + 850 metros. Tres días, tres vías, y la cosa no acaba ahí.

Cuando por vez primera me habló de su proyecto, Patrick Bérhault parecía soñar: «me gustaría realizar una travesía de los Alpes. Quiero caminar, escalar, y que dure». Evocaba el arco alpino, los diferentes países, las montañas, las que conocía y las que no. «Sabes, a menudo se piensa que la aventura se vive en remotos lugares, siempre lejos, pero yo le tengo ganas a los Alpes, ante todo, los Alpes. «Quiero impregnarme de sus paisajes, de sus estaciones. Quiero conocer a los demás escaladores, a los guardas de los refugios, a las gentes que viven en estas montañas. También quiero vivir la historia de los Alpes a través de sus vías más significativas.»

Cuando me decía todo esto, no me daba cuenta realmente del significado de sus palabras. Me costaba creer en ese hipotético fin del alpinismo, tantas veces anunciado; esa sentencia era falsa, en alpinismo, aún queda todo por hacer. Como también me costaba creer que Patrick Bérhault, con una especie de candor, de inocencia incluso, iba a revolucionar este fin de siglo anunciando este simple mensaje: «El alpinismo es cultura, pertenece a las cimas, a los valles, va más allá de las fronteras, es un homenaje a algunos de los paisajes más bellos de la tierra: el de las montañas.» Cruzar los Alpes a pie o con esquís, superando 23 cumbres: miles de kilómetros. Miles de metros de desnivel, tres o cuatro meses sin meter su trasero en un coche. Un vagabundeo celeste.

Y luego esa idea de cordada, de compartir, según la cima. Como podría decirlo? Las palabras de Patrick restaban importancia a la hazaña. Tan sólo quedaba la amistad, la belleza, la historia. Ah!, me olvidaba del tiempo, de la entrada del invierno; le escuchaba mientras repasaba las cimas, quitando una de su lista, añadiendo otra. Elegía sus vías como un gourmet lee un menú a la carta. Sonreía cada vez que la travesía ocupaba sus pensamientos, como se sonríe cuando la satisfacción recorre nuestro interior.

Un proyecto como este no se organiza en un día; ¿encontraría Patrick el tiempo suficiente para planear su travesía? Entre sus escritos para Vertical Roc, su trabajo de profesor en la ENSA, sus dos hijas, su trabajo de guía, sus entrenamientos y los miles de kilómetros al volante de su coche, no veía yo capaz al hombre de preparar una aventura tan loca, tan incongruente.Daniel Van Eenoo, de Camp Francia, apostaba a tope por el proyecto. Primer patrocinador, primeras esperanzas. Patrick no busca ganar dinero, sino cuatro meses o más alejado de la rutina.

Todos empezábamos a creer en ello, imaginando una especie de mini-serie publicada en la revista. Siguiendo sus pasos mediante imágenes, palabras, notas, de forma que, también nosotros, podamos cruzar las tierras de las altas cumbres.
Hubo noches en las que Patrick repasaba libros, copiaba algunos nombres, memorizaba guías. También había llegado el momento de las llamadas telefónicas para encontrar al compañero de cordada.

¿Como elegir las amistades? Evidentemente el nombre de Patrick Edlinger fue uno de los primeros en adornar la lista de los pretendientes al gran viaje. ¿Se lo habrá pensado dos veces? ¿Cambiar el Verdon y su caliza perfecta por las paredes dolomíticas, en plena temporada de tormentas y siendo consciente de las largas caminatas que le esperaban?

Todo el viaje de Bérhault se basa en una experiencia montañera acumulativa. El viaje no alcanza lo sublime mediante grados, encadenamientos y solos en los que amenazan el peligro y la muerte. Mientras escribo estas líneas, Patrick apunta en su cuaderno los metros de desnivel. El viernes 15 de septiembre, a los pies de la Marmolada escribió: «total ascenso, 27.133 metros, de los cuales 5.500 sólo de escaladas, y descenso total de 25.839 metros»La relación es inmediata. Invierte las afirmaciones de algunas guías que dicen con una especie de orgullo ingenuo: «corta aproximación, paredes a cinco minutos del párking». Él cambia la relación. Para él la aproximación no es ni un fastidio ni una derrota. La convierte en un impulso necesario, una acción previa que resulta necesaria. Caminar: un placer que se suma al de la escalada y que en ningún momento es considerado como algo a lo que hay que oponerse.

Por supuesto, cuando les vimos en la Civetta, hablaban de desplomes, de rocas inciertas, de la excesiva belleza de los largos, de cimas alegres. Pero se exaltaban aún más pensando en la promesa de felicidad que les auguraban las caminatas por aquellas colinas, valles y crestas. Evocaban los torrentes, las frías lluvias, el atardecer, las carreras dementes.

«Estamos locos», añade un sonriente Edlinger. «No paramos ni un segundo, estamos en otro mundo». Y, ciertamente, en ese refugio de Tissi a los pies de la Civetta, los dos Patrick no parecen estar precisamente en el mismo mundo que nosotros. Les envidiamos. Son como dos niños jugando, demostrando que la razón no tiene nada que ver con los discursos, el dinero, o la producción.

Seducen. Les observamos escalar, caminar y nos sentimos conquistados. Devuelven al alpinismo un cierto hedonismo perdido. Es cierto que las vías de las dolomitas prohíben la caída, que la acumulación y los tiempos record impresionan, y que todo ello pertenece al mundo de las imposibles hazañas. Pero al contrario de la hazaña, no se trata de poner el acento sobre el sufrimiento, sobre la dura prueba. Esta vez logramos escapar de la fascinación por los superlativos que generalmente definen este tipo de manifestaciones.

Sí, pasaron frío. Sí, tuvieron que pisar la nieve con los pies de gato a la salida de las vías, como también tuvieron que romper estalactitas de hielo en algunos de los diedros desplomados de la Cima Grande, o escalar en ensamble los largos más duros y en solo los más fáciles, donde saber escalar es una obligación. Pero el interés de la aventura no se basa en el frenético ritmo de las ascensiones sino en su continuidad, en la graciosa continuidad del alpinismo original que informa a los amantes de la montaña, que estas últimas comienzan por abajo.

Podríamos encontrar este mismo entusiasmo en algunos textos de Gaston Rebuffat, verdadero comunicador del alpinismo, un entusiasmo que afirma que cualquier aventura en montaña, comporta ineluctablemente la marcha de aproximación, la ascensión y el descenso. Que estas tres etapas constituyen el equilibrio perfecto, que son necesarias y que su importancia es igual.

Ni coche, ni teleférico, nada que pueda amputar la ascensión. Pero cuidado, no hay en ellos ningún discurso prosélito; ellos no dicen: «ésta es la regla, la única buena». Simplemente demuestran que eso es posible, que el alpinismo pertenece a una cultura y no a la simple necesidad deportiva.

Les pudimos ver en la década de los 80 (recuerden la película «Dévers», en la que Bérhault escalaba «cabeza abajo» por increíbles techos lisos) como hombres del gesto. Lo fueron y aún lo son. Es sorprendente verles hacer bloque después de tanta caminata para «no perder la forma». El esfuerzo de Patrick Bérhault, que durante meses se «encerrará» en los Alpes, es una elección libre. Una forma de enfocar el alpinismo desde un ángulo que da al alpinismo su sentido original que no es más que esa ascensión absoluta donde el cuerpo y la mente se unen para celebrar la particular belleza de la montaña.


 

Sobre el porqué de la belleza de las montañas podríamos escribir una infinidad de libros, pero lo que sí es cierto, es que sólo en la intimidad de la acción se descubre tal belleza. Esta vez, me tomo la libertad de afirmar que la apreciación de un paisaje cambia radicalmente una vez vivida su experiencia.

Es muy bonito sentarse en la terraza de la Aguja du Midi. Es bonito incluso haber llegado hasta allí utilizando el teleférico. Sin embargo esto no tiene nada que ver con el placer que siente el alpinista o el excursionista que descubre este paisaje al final del esfuerzo de la subida. No queremos negar que cada uno tiene derecho a disfrutar de la belleza de este mundo. Moralmente es justo.

Todos podemos reivindicar el derecho a pisar la cumbre del Everest, pero pregunto, ¿qué interés tendría esa cima si fuera asequible para todo el mundo? No se trata de un apología de la élite, simplemente debemos reconocer nuestras limitaciones y aceptar que todo no nos puede ser dado. Que no todo es posible.
El alpinismo también es el reconocimiento de nuestro nivel, de nuestras posibilidades. Cualquier transgresión conduce a la derrota.

Los Patrick están a punto de realizar algo que nosotros no podemos. Pero a través de este imposible proyecto, nos recuerdan lo que es y lo que no es accesible. La belleza de la montaña no necesita grados. Necesita gente apasionada. Necesita gente simple que ama lo que hace.Poder escalar es una oportunidad maravillosa. Cuando la tenemos, se agradece. La compartimos. Quizá sea suficiente para comunicar la felicidad.

Jean Michel Asselin


 
Lecturas relacionadas

Ayudarnos a difundir la cultura de la montaña

En Desnivel.com te ofrecemos gratuitamente la mejor información del mundo de la montaña. Puedes ayudarnos a difundir la cultura de la montaña comprando tus libros y guías en Libreriadesnivel.com y en nuestra Librería en el centro de Madrid, o bien suscribiéndote a nuestras revistas.

¡Suscríbete gratis al boletín Desnivel al día!

Estamos más ocupados que nunca y hay demasiada información, lo sabemos. Déjanos ayudarte. Te enviaremos todas las mañanas un e-mail con las historias y artículos más interesantes de montaña, escalada y cultura montañera.