EXPLORANDO

Kozjek, un pacto con la montaña

Pavle Kozjek escogió un camino poco habitual: ligero, rápido y absorbente. Estrechó la mano a La Montaña prometiendo actividades en el mejor de los estilos y durante décadas ésta se dejó, hasta que finalmente mostró su cara amarga.

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El desaparecido esloveno Pavle Kozjek.- Foto: desnivelpress.comEl desaparecido esloveno Pavle Kozjek.- Foto: desnivelpress.com

En una entrevista concedida a Desnivel en 2001, Pavle Kozjek definía la montaña de sus sueños como una mezcla de «roca, nieve, hielo, mixto y altura». Su última montaña lo reunía todo. La Muztagh Tower (7.323 m) combinaba dificultad, caras vírgenes y altitud desmedida, ingredientes de un hermoso proyecto que acabó con una trayectoria envidiable, con su improbable pacto de mutuo respeto con la montaña.

Pavle, representante del nuevo alpinismo esloveno de vanguardia, ha compartido generación y méritos con exploradores como Marko Prezelj y Tomaz Humar, cuyas semillas crecieron bajo la bandera yugoslava, hasta la independencia de Eslovenia en 1991. «El alma, esfuerzo y capacidad de las expediciones yugoslavas venía de Eslovenia», afirmaba Pavle. Las fructíferas relaciones comerciales de Yugoslavia en los años 70 con países occidentales contribuyeron a un crecimiento a todos los niveles, que incluso repercutió en el alpinismo, aportando facilidades para unas expediciones que comenzaban a dejar la impronta de una filosofía venida del este y caracterizada por la tenacidad y la estética de sus actividades.

Kozjek nació un 15 de enero de 1959, en la pequeña localidad de Setnica, muy cerca de Ljubljana, la capital eslovena. Sus escaladas se convirtieron en habituales a partir de 1978, cuando los Alpes eslovenos y el área de Paklenica daban paso a los viajes hacia Dolomitas o los Alpes franceses. En 1983 llegaría su primera expedición al Himalaya, al Gangapurna, una cumbre de 7.454 metros escondida entre los Annapurnas. «Durante aquellos años solo buscaba montañas y momentos. Disfrutar con los amigos y la gente que compartía mis gustos por la escalada». Pronto, Pavle haría un oficio de la pasión para con los años convertirse en uno de los más destacados alpinistas del momento.

En 1986, «con tres colegas» (Stremfelj, Groselj y Biscak) se plantaba en el Karakorum para lograr el Broad Peak y cuatro días después el Gasherbrum II, en 27 horas y huyendo en el descenso de una tormenta que provocaría la mayor tragedia vivida por el alpinismo en la década de los ochenta, la del K2 de aquella temporada. Un invierno después, se daba la vuelta a 100 metros de la cumbre del Dhaulagiri, después de permanecer cuatro días en estilo alpino y pasar una noche por encima de los 8.000 metros en una cueva sin equipo de vivac. En el 88, se le resistía la Magic line del K2, retirándose a 350 metros de la cima.

En la primavera de 1997 el esloveno, ya con la piel curtida y los rasgos apurados por el viento de altura, se unía a una expedición internacional que pretendía ascender el Everest por su vertiente tibetana, la norte. Era su segunda expedición a un ochomil del Himalaya tras la del Shisha Pangma en 1989, cuando acompañado por Andrej Stremfelj metía la directa a la cima por la cara sur, abriendo una nueva ruta en estilo alpino. «Mientras subíamos al base avanzado de la Norte del Everest, manteníamos un cierto pique con los sherpas para ver quién llegaba antes. Ellos eran rápidos, pero no más rápidos». Y de ese modo, con ritmo, Pavle fue evolucionando por la montaña hasta alcanzar los bastiones superiores, donde las cosas se vuelven crudas. Envuelto por una tormenta, y tras pasar una noche terrible en su tercer campo a 8.300 metros, Pavle decidía intentarlo sin oxígeno «a pesar de todo». Llegaría hasta los 8.700 metros formando cordada con «un tipo duro de Bavaria»: Sepp Stiller. Éste se retiraría exhausto y Pavle continuaría hasta los 8.848 metros en solitario. A las 13:45, siendo el primer esloveno en coronar el Everest sin utilizar O2 suplementario, pensaba: «el mundo se muestra a mi alrededor».

Una actividad arriesgada

Cara suroeste del Cho Oyu; desde la izquierda, la ruta de Pavle, la vía Yamanoi y la Kurtyka-Loretan-Triolet.- Foto: Pavle KozjekCara suroeste del Cho Oyu; desde la izquierda, la ruta de Pavle, la vía Yamanoi y la Kurtyka-Loretan-Triolet.- Foto: Pavle Kozjek

Como buen esloveno, sus retos se habían convertido en algo absolutamente impecables. Y peligrosos. A mediados de los noventa, Pavle cambiaba los primeros pañales de su hija, por lo que su actividad provisionalmente se frenaría: «Escalo menos ahora, y creo que es normal. Sé y comprendo que ni mi mujer ni mi hija son realmente felices cuando estoy escalando en solo grandes paredes. Antes, en las expediciones, nunca estaba pensando cosas como: debería volver a casa, ellas me están esperando. Ahora sí». Pero «la llamada», el irreversible canto de sirena de las grandes montañas nunca dejaría de escucharse en su cálido hogar esloveno. «Las montañas me siguen atrayendo como hace 20 años», afirmaba. «No puedo imaginarme sin escalar duro, pero intentaré minimizar los riesgos».

Este informático capaz de encontrar la «felicidad con vías en las grandes caras andinas», por ejemplo, no iba a tardar en ser un nombre reconocible por sus ascensiones rápidas y ligeras, incluso sin mochila. «La libertad de movimientos es esencial», proclamaba en 2001, sin saber que cinco años después toda su experiencia en altura y sus escaladas de dificultad por América, en los Andes, en El Capitán o en el Cerro Torre, cristalizarían en una actividad que a la postre le valdría el Piolet de Oro por aclamación pública: su nueva ruta al Cho Oyu.

En 2006, el 2 de octubre y después de 14 horas de dura pugna en solitario y en estilo alpino, Pavle Kozjek hollaba la cima del Cho Oyu (8.021 metros) dejando como legado una nueva ruta en la vertiente suroeste, a la primera y superando una sección de V- en roca por encima de los 7.200 metros. Más de un kilómetro vertical de apertura con muy poco peso a la espalda: tres termos de líquido, un puñado de barritas energéticas, unos guantes, el saco y la cámara fotográfica, dejándose poco espacio para el error e imponiendo un ritmo que ni sus compañeros; Uros Samec, Aljaz Tratnik, Marjan Kovac y Emil Tratnik, pudieron seguir.

El último compromiso

Pavle durante la apertura de Stonehenge, su nueva ruta en el Puscanturpa Este.- Foto: Gregor KresalPavle durante la apertura de Stonehenge, su nueva ruta en el Puscanturpa Este.- Foto: Gregor Kresal

«Sigo el proverbio: carpe diem (vive el presente) e intento sacarle el máximo partido a cada día. Ningún día se repetirá y la vida es demasiado corta. Con la escalada, la familia y un trabajo en serio el día debería tener por lo menos 40 horas y algunas veces me parece que debería bajar el ritmo. Quizá lo haga pronto». Lo hizo a partir de 2006, cuando empezaba a preparase para la que sería su última gran expedición: la conquista de la Muztagh Tower, un colmillo afilado del Karakorum que supera ampliamente los 7.000 metros y que solo conocía dos rutas y apenas una decena de ascensiones exitosas.

El entrenamiento había pasado por perfeccionar, más si cabe, la velocidad y la ligereza, probándose en montañas de la cordillera del Huayhuash, como el Puscanturpa Este (5.410 metros), donde irrumpía con una nueva vía de 600 metros y dificultades de hasta 6c, junto a Gregor Kresal. Semanas más tarde, con Dejan Miskovic como compañero, establecían Yel-la sadik, 1.000 nuevos metros de VII- (UIAA) en la parte central de la pared sureste del Jebel Misht en Oman. Miskovic y Kresal se calzarían las botas, una vez más, para marchar con Kozjek a la caza de otra apertura, ahora en un objetivo superior.

«La primera vez que vi la montaña fue en 1986, cuando iba a por el Broad Peak y el Gasherbrum II, me parecía una de las montañas más difíciles de escalar del planeta». La Torre de Hielo, la Muztagh Tower, diluye en sus líneas la curiosa diferencia entre belleza y miedo. Con aristas inverosímiles y fama de dura, la montaña parecía un desafío ideal para el pequeño equipo esloveno que pretendía trazar un nuevo itinerario en su cara norte, todavía virgen. Durante el intento, y al salir de un comprometido campo de altura que pendía de una cornisa, Pavle se precipitaba al vacío, dejando solo a Dejan Miskovic en la tienda, bloqueado por el mal tiempo y la mala fortuna.

Siguiendo el enérgico patrón de los rescates imposibles, llegaba el socorro. Los helicópteros de Askari Aviation limpiaban las faldas de la cumbre buscando a Pavle, mientras desde el K7 llegaban tres escaladores eslovenos; Alex Cesen, Rok Blagus y Miha Hrastelj, con la batería cargada para probar suerte en una búsqueda y auxilio que desde Eslovenia, y desde el primer momento, se antojaba como necesaria, pero sin esperanza. Tomaz Humar ponía rumbo al Karakorum y Reinhold Messner, de rodaje por la zona, llevaba otro helicóptero a la montaña. Gregor Kresal era trasladado a Skardú y Dejan Miskovic lograba descender hasta los 6.000 metros, habiendo pasado dos noches a pelo, desde donde era evacuado. Cesen, Blagus y Hrastelj hallaban días después, a los pies de la montaña, un casco, una mochila y un mono de plumas en mal estado que presumiblemente habían pertenecido a Kozjek. Se hallaban en muy mal estado, a lo que se unía la mala climatología para correr un velo negro definitivo sobre la montaña. El equipo reunido para la ocasión se retiraba de la Muztagh Tower sin haber encontrado el cuerpo de Pavle, perenne ya en la montaña, en su montaña, la que soñaba escalar como tantas otras, fiel a su estilo, a su filosofía y a una sangre que ha conocido malos y peores tiempos, pero también pedazos de gloria que brillan por sí solos en la bruñida historia del alpinismo.

 

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