EXPLORANDO

Investigando el absoluto en el Fitz Roy. Christophe Dumarest cuenta la historia de su ascensión al Fitz Roy

Christophe Dumarest cuenta la historia de su ascensión al Fitz Roy, donde abría, junto a Aymeric Clouet, Chercheurs d’absolu, 1.700 metros de 7a, resolviendo pasos con la ayuda mínima artificial que podrían alcanzar el 7c en libre.

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Algunos días después de hacer cumbre en el Fitz Roy (Chalten) subiendo por la Super Canaleta, Aymeric Clouet y Christophe Dumarest alcanzaron de nuevo la cumbre del Fitz Roy abriendo el Pilar Oeste (intentado por equipos franceses en 2004 y 2005).

Con un clima excepcional, lograron la ascensión (fijando 2 largos) en 53 h. La línea se une con la ruta Afanasieff después de 450 metros de pilar y 700 metros de desnivel entre torres, aristas y espolones hasta la cumbre. Esta línea interminable tiene 1.700 metros de alto (2 veces les Drus).

El proyecto de abrir una línea en el mítico Fitz Roy es un sueño cumplido, permitiendo inscribir sus nombres al lado de leyendas como Terray, Magnone o Casarotto.

«En la tienda el calor te oprime, es casi insoportable. Ni Aymeric ni yo tenemos la voluntad de hacer un gesto que nos permitiría respirar mejor. Qué idea instalarnos a pleno sol en este pequeño camping del Chalten, seguros que el enemigo del que teníamos que protegernos era el viento y no los rayos UVA. Esta mañana, solo despertar ha sido laborioso. Las 24 horas pasadas en la Super Canaleta, peleando por la cumbre con una nieve parecida a la sémola, así como el número incalculable de rapeles, nos ha pasado factura.

 

El sol  brilla sobre esta pequeña parte del quinto pino, habitualmente arrasado por los vientos y las inumerables tormentas. Este buen tiempo en Patagonia nos parece tan extraordinario que nos sentimos como en un trance que nos empuja a la acción, hacia nuestro objetivo inconfesado, sueño difuso, ordenado en algun lugar, entre otros fantasmas verticales: abrir una nueva ruta en el Fizt Roy. El último pilar virgen del «Chalten», probado dos veces por amigos franceses, parece con este anticiclón invitarnos a nuestro primer intento.

A penas descansados de nuestra primera ascensión en el monstruo, y despúes una aproximación a grandes zancadas, fijamos nuestra cuerda de rapel bajo el pilar que parace como un «Grand Capucin» con lineas puras y fisuras perfectas. La escalada es, desde el principio, dura y voluntariosa. Escalamos en libre hasta 7a, ayundándonos con protecciones en cortas secciones que evaluamos como 7b o 7c en libre. Los largos parecen, en ciertos momentos, interminables, estirandose a veces hasta 60 metros y con más regularidad sobre los55 m. Nuestros únicos juegos de «camalot» (hasta el n°3) y de Exentric nos obligan a su utilización comedida, sobre todo en los largos «offwidth» (más largas que el puño) que se vuelven imposibles de proteger. 

 

Subir y bajar peligrosamente

Aproximadamente 300 metros despúes del final de nuestro pilar, y documentados sobre una placa infranqueable que paró nuestros amigos franceses, decidimos salir por la izquierda hasta encontrar la vía Afanasieff. Llega el crepúsculo cuando llegamos cerca de 700 m, cuando un vivac nos acoge, incrédulo. Un sol austral con colores calientes se desvanece en una bruma vaporosa que cerca las agujas Guillaumet y Mermoz. En la medianoche la luz desaparece definitivamente y sin resistencia nos abandonamos a algunas horas de descanso.

A las 5 de la mañana la vida reaparece, y perdidos en un mar de granito, avanzamos regularmente siempre teniendo cuidado. Las immensas torres hacen sitio a pilares esbeltos, los monolitos a placas fisuradas. Los relieves se encadenan pero nunca son idénticos. La cumbre parece divertirse con nuestros esfuerzos y nuestra motivación fluctua según las dificultadas impuestas por la ascención. Los escasos vestigios de los precedentes alpinistas en la segunda parte de la vía nos recuerdan que no somos los primeros que han escogido estas lineas débiles que deben conducirnos hasta la cumbre.

Al anochecer, ebrios de roca y de sol, encontramos más y más nieve y un relieve menos agresivo. Finalmente, el desnivel se atenúa, el campo visual se ensancha, estamos solamente a algunos metros de la cima. El tiempo es excelente y el viento es casi nulo. La montaña parece acoger nuestros cuerpos deshidratados durante algunas horas, aceptamos la invitación con los ojos llenos de esfuerzo.

Al despertar, un cielo brumoso y una temperadura rara nos incitan a aprovechar los últimos momentos de la cumbre, pero lanza una duda a propósito del descenso y de las condiciones del hielo en la Super Canaleta. Nuestro equipo está abajo, es el único descenso que conocemos y no tenemos ganas de volver de nuevo al inicio de la vertiente oeste del Fitz Roy. 

A pesar de mis dudas con el itinerario que tenemos que elegir, acepto la decisión de Aymeric antes de verle desaparecer en los primeros rapeles impresionantes de la brecha de la Super Canaleta. En el segundo rapel, la cuerda se engancha y el descenso se vuelve más oscuro, impresión que se hace más fuerte a medida que bajamos. El hielo casi no existe, quedando grandes y cojos bloques de roca en evidencia. La tensión sube cuando el líder provoca voluntariamente avalanchas impresionantes para sanear el pasaje. La cuerda se ve arrastrada por la coriente de agua que fluye debajo de placas de hielo en equilibrio. 

 

Buscadores del absoluto

En el último tercio de la Canaleta encontramos el cuerpo sin vida de un alpinista, se nos congela el sangre. Este escalador belga llamado Franck, aprisionado en el hielo desde hace 3 años, despúes una caida mortal, parece como un señal que nos hace pensar que no estamos en el momento adecuado ni en el lugar adecuado. La sensación de peligro es casi insoportable. 

Finalmente, algo estropeados, volvemos hasta lo que queda de nuestro iglú. Aturdidos, sin saber realmente si la quietud que nos invade proviene de la felicidad de nuestra asención o de la liberación indemne de este descendo macabro, evaluamos con una visión diferente el pilar que nos hace frente. El majestuoso cóndor que planea sobre él es una excelente recompensa.

De regreso a El Chalten,  grandes alpinistas de numerosos paises se han dado cita. Los relatos de cada uno, asociados a la cerveza local y la carne argentina, nos hacen volver definitivamente a la vida. La alegría ahora es total. Llamamos a nuestra variente Chercheurs d»absolu, porque siempre es una buena ocasión para filosofar sobre la vida y recordar el sentimiento que puede tener tal ascensión para nosotros».

Texto: Christophe Dumarest
Traducción:
Tifenn Decorps

 

 

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