EXPLORANDO

Dos novatos y una Walker

Josune Bereziartu y Rikar Otegi nos relatan su ascensión a esta clásica de Alpes, donde como en Ordesa, han variado su habitual terreno roquero.

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Josune y RIkar en el Refugio de Leschaux, balcón con vistas a su objetivo, la Walker de las Grandes Jorasses. - Foto: Rikar OtegiJosune y RIkar en el Refugio de Leschaux, balcón con vistas a su objetivo, la Walker de las Grandes Jorasses. – Foto: Rikar Otegi

Nuestro viaje a Chamonix comenzó como es habitual en nosotros, un tanto acelerado y precipitado. ¡No lo podemos remediar! ¡No somos capaces de mantener fija una fecha! Siempre nos surge algún compromiso! El sábado 15 de julio por la noche llegamos a Chamonix, tras recorrer las caras autopistas francesas inmersos en un «bouchon» sin fin, y bajo un sol de justicia. A la mañana siguiente, otro bouchon, esta vez, en el de la desesperante espera que da acceso a las cabinas que nos llevaran a lo mas alto de la Aiguille Du Midi. Teníamos la necesidad de trepar, y de paso, acostumbrarnos a la altura.

Lunes por la mañana. El día amaneció espléndido. Habíamos pasado nuestra primera noche en el plató bajo la Aiguille, Rikar seguía con un ligero malestar que no le dejaba concentrarse. Nada serio. Síntoma de la ascensión súbita a altura. Al acercarnos a la base de la Aguja, y observar que la rimaya excesivamente abierta nos impedía acercarnos al comienzo de la vía, Rikar, un tanto aturdido y torpe, me miro remolón, después fijo sus ojos en la Punta Walker y me dijo que lo que le apetecía era ir inmediatamente hacia las Grandes Jorasess. Yo sin pensármelo dos veces me di media vuelta y me encamine hacia nuestra tienda de campaña mientras le asentía: «Está claro, ¡tenemos que irnos para la Walker!»

Abajo, en Chamonix, hacia un calor horroroso, pero debíamos actuar enérgicamente; con decisión y orden. La meteo en las cumbres podía cambiar en horas. A la carrerilla fuimos en busca de la Casa de La Montaña. La providencia hizo que nos topáramos con nuestro querido amigo Key. De su mano y sin más dilación fuimos a la Casa de la Montaña, y además nos enseñó por dentro las instalaciones de la E.N.S.A., escuela de guías muy prestigiosa, y cuna de ilustres alpinistas.

Amigos en Chamonix

Rikar en plena noche al pie de la Walker. - Foto: Josune BereziartuRikar en plena noche al pie de la Walker. – Foto: Josune Bereziartu

Key le cedió el testigo a Rakel, un buena amiga de Sabadell que conocimos cuando íbamos a dar nuestro primer paso «helado», bajando hacia la cara sur de la Aiguille. No paró de ayudarnos y darnos ánimos mientras fotocopiábamos varios artículos sobre las Jorasses que no tendríamos tiempo ni de releer… Veinte mosquetones sueltos, bastantes bagas largas, un juego intermedio de friends, otro reducido de fisureros, dos tornillos de hielo, un piolet para cada uno, crampones, dos cuerdas Ice-twin de 7,7 mm y 60m fue el material que llevamos después de leer las recomendaciones. Salvo los tornillos de hielo que no usamos, lo demás fue acertado.

Mi mente ya estaba en un estado de concentración, de alerta, de intuición, que prepara al cuerpo para afrontar cualquier adversidad sin que te des cuenta del cansancio que ello genera. Es una situación en la que te cambia el carácter, se vuelve un tanto parco, practico, muy racional, analizador en segundos de las circunstancias que te rodean para obtener así la mejor respuesta. La incertidumbre que se había apoderado de mi mente casi no me dejó darme cuenta del trayecto de aproximación por la Mer de Glace. Al girar hacia el glaciar de las Jorasses, la visión completa de toda su pared norte me trasladó a la realidad. Súbitamente sentí sed, sentí un enorme peso en mi espalda, los pies me ardían de calor. Rakel que alegremente nos acompañaba seguía sacando fotos y dándonos ánimos, sinceros ánimos.

Delphine, la guarda de Leschaux nos dio una grácil bienvenida. «¿Qué vais a hacer mañana?», preguntó. «La Walker…». «Pues entonces la cena es a las seis y os levantáis a las once o a las doce…». «Mejor nos levantamos a las doce». «Bien pues el desayuno a las doce», apuntó en su libreta. Nos sentamos e intentamos relajarnos un poco, posó mi ojo en el telescopio que usan en el refugio para controlar a las cordadas que se meten en la pared, y conduje la visión por toda la cara; mi pierna izquierda empezó a temblar, ¡como cuando tienes la moto! La rimaya se veía demasiado oscura, estaba teñida de numerosos trozos de roca… ¡Joder qué ansiedad!

¡¡Susto!!

De nuevo turno de Rikar en la Fisura Rebuffat (6 A/B). - Foto: Josune BereziartuDe nuevo turno de Rikar en la Fisura Rebuffat (6 A/B). – Foto: Josune Bereziartu

Dos horas antes del ultimo tren de Montenbers nos tocaba despedirnos de Rakel. Fue muy patente el vacío que dejó tras su marcha, pero nos prometimos estar en contacto vía SMS. La luz exterior del Refugio alumbraba la mesa donde estaba instalado nuestro desayuno. Un viento muy cálido que ascendía del fondo del valle amenizaba nuestro desayuno vespertino, ¡por lo menos, frío, no íbamos a pasar¡. A las 12:30 nuestras botas chasqueaban el duro hielo del glaciar de las Jorasses. La luna era menguante y con nuestras frontales no éramos capaces de racionalizar las distancias por lo que acabamos rodeados por todas partes de temibles grietas y gigantescos seracs. Dimos vueltas y vueltas y más vueltas y cada vez era peor..

Esperamos a una pareja de Coreanos que habían salido media hora después. También se embarcaron. Entre los cuatro y retrocediendo y circunvalando bastante pudimos dar con la base de la pared. Aún nos faltaba dar con la localización exacta del comienzo de la vía. Los Coreanos decidieron intentarlo por la entrada original, por el helero de nieve. Nuestra corta experiencia nos hacia ver que aquella rimaya gigante y negra tenía una pinta horrorosa y decidimos buscar la entrada de roca cien metros más a la izquierda.

Tuvimos que superar un puente de hielo-nieve de unos 6 metros que unía un lado de la grieta con la pequeña planicie donde se hallaba nuestro punto de partida. No había otra solución más rápida. No estábamos encordados, habíamos perdido 2 horas e íbamos a la carrera. De repente el crampón me falló. ¡Tenía un zueco! Mi mano se aferró a mi único piolet. Este rasgo unos la nieve hasta dar con algo más cierto y helado. Me encontraba colgada, de noche y con la frontal apagada, los coreanos estaban en no sé donde, y Rikar gritaba como un loco una y otra vez: ¡¡Josune¡¡ Fría y serenamente clave primero un crampon, después el otro y tire para arriba. No volvimos a hablar sobre el tema… Rehicimos mochilas; el primero de cordada iría con su material personal, el segundo la mochila con mayor peso.

Primer largo

Turno de Josune en el diedro de 75 metros. - Foto: Rikar OtegiTurno de Josune en el diedro de 75 metros. – Foto: Rikar Otegi

Una gran superficie de nieve suspendida a cinco metros de nuestras cabezas nos hizo desviarnos para luego flanquearla por encima. Al palpar la roca y saber que ya estábamos encaminados me sentí más a salvo. Eran las cinco de la madrugada, aún de noche, y cuando llegamos a la rampa trasversal comenzamos escalar en ensamble, debíamos ir con cuidado. Al amanecer eché una mirada hacia abajo y vi a los coreanos que nos seguían por la misma entrada que nosotros. Nos salimos de la vía en tres ocasiones con la consiguiente perdida de tiempo. En una ocasión hasta hicimos dos largos que tuvimos que destrepar. Cuando la pared se ponía un poco más complicada (pasos más difíciles o más precarios) dejábamos el ensamble para asegurarnos por largos. Algunos de éstos son como autenticas «metas volantes» que nos servían de referencia en nuestra ascensión. El primero de todos fisura Rebuffat (6 A/B). Este ilustre alpinista francés encontró una variante más elegante y atractiva y es por la que hoy todas las cordadas atacan la parte baja de la vía.

Más arriba y ya fuera del abrigo del sol el siguiente «crux» es el diedro de 75 metros. Dos largos espléndidos de 6 A/B con roca magnifica te dejan sentir que estás totalmente inmerso en la vía. Pocos metros más arriba llega el rápel pendular, y fuimos derechitos hacia él. En este corto paso artificial nos dimos cuenta que justo por debajo de este existía la posibilidad de escalarlo con nuestras propias fuerzas, y además sin demasiada dificultad añadida. Estos tramos más complicados que fuimos escalando nos hicieron recapacitar y darnos cuenta de la autentica, inteligente, astuta y heroica ascensión de Cassin y compañía, en este gran pedazo de roca. Aunque ellos con toda seguridad encontraron mucho más hielo y nieve… ¡¡los tiempos están cambiando!!

La chimenea roja. Merece un comentario a parte. Este tramo de diedro y dos largos estaba, para nuestra sorpresa, absolutamente empapado. El fino hielo que cubría todo el tramo estaba fundiéndose y una fuerte y desagradable cortina de agua se deslizaba por toda la roca. Nos apuramos mucho ¡Escalar estos dos largos en semejantes condiciones se nos hizo durísimo y muy complicado. Lo que en principio debía de ser V+, o mixto no muy complicado, se convirtió en el tramo más difícil y el que más nos exigió. Las gotas de humedad de nuestras caras no eran precisamente de sudor, pero sudamos la gota gorda.

Cocina con vistas

Estábamos a 4.000 metros. Hacía mucho que nuestros compañeros Coreanos no nos seguían. En vista de la niebla y el empeoramiento de las condiciones quizá se detuvieron a vivaquear. Nosotros seguíamos inmersos en la niebla y justo a unos 4.150 m. empezó a llover. Estábamos a un largo de lo más alto. Esta última tirada sobre terreno mixto debería de ponernos en la cima de las Grandes Jorasses.

Le teníamos mucho respeto a la bajada, y a la mañana siguiente comprobamos nuestras acertadas sospechas. Sin vacilar destrepamos unos metros ya ascendidos y rapelamos hasta una pequeña repisa que habíamos controlado. Adecuamos lo que era el espacio de uno solo para dos personas. Fundimos nieve y cocinamos uno de los sobres de liofilizados que sentó como un inimaginable manjar. Introducidos en sendas fundas de vivac, calentamos más agua y compartimos una gran infusión al estilo «walker», justo antes de «dormir». Aunque la temperatura se desplomó por debajo de cero, quizás por nuestra motivación ante aquel primer vivac alpino, pasamos una noche relativamente agradable.

Como los primeros rayos de sol que se asomaban por el horizonte nuestros pensamientos se atropellaban viviendo la gratificante y maravillosa experiencia en la que estábamos inmersos. Nos tomamos nuestro tiempo y para cuando nos desesperezamos y comenzamos a escalar eran las 9:30 de la mañana. Lo que el día anterior era roca mojada ahora era un fino hielo que aunque pareciese lo contrario, hacía más segura la ascensión; los grandes bloques inestables de los últimos metros estaban fielmente adheridos y compactados.


 

Cima en la Walker

Estábamos otra vez ante el último largo, ante nuestros ojos incrédulos una cabeza asomaba entre las rocas cimeras. Ya no teníamos ninguna prisa, nos calzamos botas y crampones y piolet para aquel gratificante y agradable mixto. Escalar el ultimo largo y que éste se acabe en la mismísima cima infunde un carácter especial a esta vía. Coincidimos en la cima con un guía y su cliente, nos ofreció una infusión caliente y nos indicó por donde deberíamos de emprender la bajada. Esperamos a los coreanos a que subiesen y detrás de éstos venía otra cordada más, formada por un guía francés y una escaladora. Alucinando la observamos; Maggie, escocesa afincada en París, llevaba tres años detrás de esta ascensión, que las malas condiciones habían impedido. El año de su cincuenta cumpleaños se había podido auto regalar esta ascensión ¡Felicidades Maggie!

Esperamos a que se encaminasen los experimentados guías y fuimos bajando los 3.000 metros de desnivel que nos separaban del fondo del valle italiano como pudimos… A media tarde estábamos en el refugio de Boccalate en la parte italiana, junto a nuestros amigos coreanos. Dos horas y media después llegamos donde nos estaba esperando Rakel, que se ofreció generosamente a devolvernos a Chamonix.

La maravillosa experiencia de la escalada a la Walker la empezamos a concluir, primero con un fuerte abrazo de despedida a nuestros amigos Coreanos, pero sobre todo con la presencia de Rakel. Gracias a ella nuestros nervios de principiante nuestros temores a lo desconocido, nuestra experiencia personal fue mucho más rica. De vuelta en Chamonix y mientras observábamos un famoso libro de vías sobre el macizo del Mont Blanc, las risas y carcajadas de Serge Casteran al contarle apasionadamente nuestras vivencias fue el colofón final del nuestro primerizo viaje en común hacia el espolón Walker…

 


 
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