EXPLORANDO

Cómo gestionar el riesgo

Es necesario que todos estemos convencidos de que generar una cultura de seguridad, promover conductras seguras y desterrar la idea de la fatalidad de los accidentes son claves preventivas que necesitamos. Alberto Ayora, autor de Gestión del riesgo nos da las pautas que necesitamos.

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Portada del manual Gestión del riesgo de la que Alberto Ayora es autor.Portada del manual Gestión del riesgo de la que Alberto Ayora es autor.

Considero que la naturaleza es la mejor escuela de vida que existe, y defiendo que el arte de vivir reside precisamente en saber gestionar el riesgo eficaz y eficientemente. Por ello, y al hilo de los últimos acontecimientos, quisiera transmitir ciertas reflexiones. Y es que una vez acaecido el accidente, la cuestión no es si existía un grado de riesgo u otro. No, la pregunta que cada uno debemos hacernos es ¿qué grado de riesgo hubiera tenido y asumido… yo?

Cualquier peligro que tomemos en consideración nunca se traduce en un mismo grado de riesgo para una u otra persona; este dependerá de cómo nos enfrentemos cada uno a ese peligro y en última instancia de cómo lo gestionemos. Primer matiz: situaciones de riesgo elevado son consecuencia directa de aquellos peligros que nos son desconocidos, imprevisibles o que no reconocemos a tiempo. Dicho de otra manera, existe tanta subjetividad en el término riesgo como en el número de personas expuestas al mismo; es decir, en el cómo cada una ve o percibe cada peligro.

Son muchas las ocasiones en las que tras un accidente comienzan a utilizarse indistintamente los términos de peligro y riesgo. Peligro es cualquier fuente o condición, real o potencial, que puede causar un daño en el personal, en la propiedad o en el medio ambiente. En cambio, si hablamos de riesgo estamos refiriéndonos a la posibilidad de que ese peligro se materialice y produzca consecuencias en personas u objetos. El riesgo, es por lo tanto una magnitud; el riesgo, es algo cuantificable, que varía en función de ciertos ciertos parámetros, como pueden ser la exposición, la probabilidad y las consecuencias.

Intentando cuantificar ese riesgo se recurre a las estadísticas, a los índices de siniestralidad o a ciertas fórmulas. Cuando desde la Administración se nos está diciendo que el riesgo de aludes es de 4, por ejemplo, solo se nos está dando únicamente el primero de los parámetros de nuestra propia y particular ecuación del riesgo. Y aunque la importancia de este valor, y por ende la responsabilidad de la Administración y su competencia a la hora de definirlo, son indiscutibles por las múltiples decisiones que pueden acarrear, la ecuación que debemos plantearnos es responsabilidad exclusiva nuestra.

«Los accidentes de montaña plantean la pregunta: «¿qué riesgo hubiera asumido yo?» Hay tanta subjetividad en el término riesgo como personas expuestas»

Preguntémonos por un momento quién tiene mayor grado de riesgo en esta situación: ¿un guía de montaña con su cliente que con riesgo 3, consulta el boletín de predicción de aludes, conoce y selecciona el itinerario, comprueba el equipo, realiza un testde estabilidad del manto nivoso en una ladera sospechosa, adopta las medidas de seguridad necesarias para cruzarla y conduce diligentemente el rescate de su cliente ante un supuesto accidente? o dos excursionistas que con un nivel de riesgo zonal de 2 según el boletín, sin experiencia y sin el equipo imprescindible de supervivencia, no reconocen una placa de nieve y provocan el alud que será su tumba?

Si aplicamos la fórmula del grado de riesgo en los términos mencionados (exposición x probabilidad x consecuencias) y considerando una escala de 1 a 5 en cada ítem, el grado de riesgo en el primero de los casos muy bien podría darnos un resultado de 12 (3 x 2 x 2), mientras que en el segundo de ellos puede ser de hasta 50 (2 x 5 x 5). Volvemos al principio. No simplifiquemos la ecuación y no nos detengamos aquí. El conocimiento de este grado de riesgo individual que cada uno hayamos obtenido debe conducirnos a valorar si estamos en condiciones a priori de minimizar ese riesgo, para analizar posteriormente si lo asumimos, y si finalmente lo aceptamos; en definitiva, si vamos a ser capaces de gestionarlo adecuadamente.

Es necesario que todos sin distinción estemos convencidos en que generar una cultura de seguridad, promover conductas seguras, así como desterrar la idea de la fatalidad de los accidentes, son algunas de las claves preventivas que necesitamos. Espero y deseo que no volvamos a tener pronto otro accidente en el que alguien haya resuelto esta fórmula con fatales consecuencias.

«Es necesario promover conductas seguras, así como desterrar la idea de la fatalidad de los accidentes»

Alberto Ayora Hirsch es autor del manual Gestión del riesgo publicado por Ediciones Desnivel.

Fuente: Herlado de Aragón.

 

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