EXPLORANDO

Carlos Comesaña: No se pueden dejar las cosas como están porque son «historia»

En este artículo el andinista argentino Carlos Comesaña, después de exponer críticamente la creciente «multiactividad» que se da en la montaña, se muestra a favor de la retirada de los clavos de la Vía del compresor.

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Este esperado momento de ajuste, con el que deseo que se cierre un lamentable ciclo de nuestro deporte, se veía venir hace tiempo.

El alpinismo de punta mundial, desde que Bonatti completó su canto del cisne con la apertura de su nueva vía en solitario en la norte del Cervino en el invierno europeo de 1965, inició una lamentable diáspora que con hechos factoides [irrelevantes] y una prensa abiertamente obsecuente [sumisa] – muchas veces nacionalista– dirigida a vender falsas realizaciones como hazañas, desembocó en la confusión que hoy tenemos en la que se mezclan fantásticas realizaciones como, en la Patagonia, la apertura de la línea intentada por Maestri en 1959, realizada por Garibotti, Beltrami y Salvaterra, enfrentadas con los proclamados resultados en escala logarítimica de la deportiva, con las líneas construidas a fuerza de espits, chapas y sogas fijas para fantasiar [disfrazar] aperturas diretissimas o no tanto, sin olvidar las carreras entre los repetidores de las 14, las 7, las segundas 7 y entre otras más, las ascensiones ochomilistas o sevensummiteras apoyadas en expediciones comerciales vendidas como orgullos nacionales.

Es que entrando fuertemente el interés económico en la actividad de montaña se sacudió la base de nuestros principios eyectándose al espacio tradiciones como la de no vender la piel del oso antes de cazarlo, de bajar con la cumbre en la mano con la boca cerrada por respeto a que nos dejó pasar y a describir nuestros éxitos o derrotas técnicamente, sin superlativos épicos con descripciones desgarrantes de pies y manos gangrenadas para apalancar ante los medios y su público ascensiones muchas veces mediocres. 

Un capítulo especial también se le debe dedicar a la deportiva –que a mí me da en llamar atlética vertical– una actividad quasicircense que nada tiene que ver con el alpinismo y que como me dijo Bonatti solo pone énfasis en el gesto de nuestro deporte y con practicantes a quienes Cassin clasificó como deportistas sin la ambición que alimenta a los verdaderos alpinistas. Es esta la variante donde se usa el factoide de una creciente escala de dificultad asintótica al infinito que sin considerar el riesgo de caída remienda hipócritamente nuestra máxima graduación del VI superior –por ahora– hasta el 9c+.

El derecho a la historia

¿Cómo pueden –me pregunto–, en Patagonia, los autocatalogados «locales», recientemente llegados al mismo querido y soñado valle donde en los 60 huachiaba conejos para alimentarme, los repetidores por las vías plagadas de spits, los que solo se sienten satisfechos disfrazados con increíbles cantidades de fierros y taladros colgándoles desvergonzadamente de cinturas y pechos, los que comercian con el desgarro de la verdadera tradición alpinística con supuestas «historias que merecen mantenerse vivas» aunque continúen desnaturalizando la roca virgen, los neofilósofos del alpinismo que asistieron callados y aun aplaudiendo y sin quejarse –como sí lo hacen ahora– ante las sucesivas profanaciones de esas paredes y que lucran en el valle con el creciente turismo, con el público desinformado que asiste a las competiciones de la deportiva como si ésta fuera una prolongación de la verdadera actividad alpinística de allá arriba; cómo pueden, me repito, arrogarse un derecho que llaman democrático ahora que no estamos los que escalábamos sin espits ni sogas fijas y bajábamos a ese mismo valle para reponernos de la hambruna pasada allá arriba, porque la profesión y la vida misma nos llevó a lejanas latitudes.

Y, finalmente,. cómo pueden insistir en dejar las cosas como están porque son «historia». La verdadera historia del andinismo patagónico la han escrito italianos, franceses, británicos, alemanes, españoles, americanos, eslovenos y también argentinos y aun hoy las profanaciones pueden ser redimidas por deportistas de cualquier origen porque en esencia no se trata de trasladar la montaña a otra parte del mundo sino limpiarla para ser escalada como lo exige la tradición. Historia también eran las banderas colonialistas en el Cabildo y hoy somos felices porque las bajamos.

Carlos Comesaña

Es coautor, junto con José Luis Fonrouge, de la apertura en estilo alpino de la Supercanaleta del Fitz Roy en 1965.

 


 

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