Para el navarro Ekaitz Maiz las paredes del Karakórum son un destino conocido, donde ha realizado actividades como una primera ascensión en el Mun Brakk II (5.430 m) en 2024, junto a Josu Linaza, Markel y Oier de la Fuente. También el verano pasado, junto a Joseba Iztueta y otros amigos, llevó a cabo una expedición de exploración en la zona de Khane, un valle remoto de la región de Gilgit-Baltistán, Karakórum pakistaní.
En aquella ocasión consiguieron abrir algo más de 300 metros (9 largos) en el Trident Peak. Sin embargo, el día de ataque a cumbre encontraron la pared en muy malas condiciones, con la roca empapada. A unos cinco largos de finalizar, según calcularon, las rocas empezaron a desprenderse de la pared, poniéndoles en una situación de riesgo ante la que decidieron rapelar. Esa temporada el mal tiempo no les dio más oportunidades.
Volver a rematar aquella apertura era el objetivo de Ekaitz para esta temporada. Se unieron a la aventura los vascos Iñaki Arcelus y Héctor Marrodán, fuertes y motivados escaladores pero con una experiencia de aperturas en grandes paredes inferior a la de Ekaitz. Especialmente para Héctor, de 26 años, para quien sería su primera expedición de escalada en el Karakórum (aunque escala desde niño, perteneció el equipo vasco de alpinismo y es técnico deportivo de escalada).
Sin embargo, la capacidad escaladora de Ekaitz de esta temporada estaba muy mermada, consecuencia de una lesión en un dedo que se había hecho pocas semanas antes de partir en un percance de escalada en Alpes. Con todo, cancelar los planes nunca estuvo sobre la mesa: Ekaitz pondría todos sus conocimientos y experiencia, y a sus compañeros les tocaría apretar en los largos.


El valle está rodeado de paredes vírgenes de entre 5.000 y 6.000 metros, e incluso cuenta con vías de escalada deportiva a más de 4.500 metros de altitud, que el mismo Ekaitz y compañeros equiparon en los días de tiempo inestable en alguna de sus expediciones anteriores.
A modo de aclimatación, acometieron la apertura de una vía cerca del campamento base (a 4.500 m), en la que inviertieron dos días, el 1 y el 4 de julio. Aseguran que encontraron un granito espectacular en los cinco largos de la línea, que abrieron instalando un mínimo de parabolts.
El altímetro en la cima marcó 4.608 metros de altitud y, como los mismos locales desconocían el nombre del pico, aceptaron el que escogieron su cocinero y su porteador: Basque Peak. Crearon así su Sasikume (175 m, 7c), que les dio motivación para afrontar el verdadero objetivo.


Pero el Trident Peak no se lo iba a poner fácil. Encontraron una aproximación mucho más dura que el año anterior, con más nieve que la temporada pasada, lo que ralentizó los numerosos porteos que tuvieron que realizar hasta el pie de la pared. Una vez estuvieron listos emprendieron la escalada, repitiendo los largos abiertos por Ekaitz y Joseba el año anterior, si bien econtraron las fisuras muy taponadas y la escalada dificil (en torno al 7b aprox).
Pudieron escalar seis largos, pero la gran cantidad de nieve caída ese año y las altas temperaturas pasaron factura: la pared empezó a derretirse y a arrojarles hielo y piedras. Un trozo de hielo que le cayó a Héctor en un brazo, durmiéndoselo momentáneamente, fue la advertencia definitiva para abortar el plan.



Se pusieron a buscar entonces alguna alternativa menos expuesta a los desprendimientos, y lo encontraron en otra pared cercana de granito, a unos 40 minutos de aproximación del campo base. Conocían su existencia porque sus amigos Ibon Mendía y Pablo Escudero habían empezado a abrir una vía en ella en la expedicón del año anterior, que igualmente quedó inacabada por el mal tiempo.
Tras los porteos y preparativos, por fin se pusieron a escalar, «que al final es la parte menos dura de la actividad», nos cuenta Héctor. Fueron abriendo desde abajo, superando tramos duros en los que aprovecharon los relieves de la roca, instalando parabolts únicamente cuando no había más remedio. «El largo que más parabolts dejamos tendrá unos cuatro, con grado en torno al 8a».


Pudieron abrir seis largos antes de que el mal tiempo les tirara para abajo, a punto de acabar de abrir un «diedro brutal» en la parte intermedia que les dejó con ganas de volver.
La esperada ventana de buen tiempo nunca llegó y tocaba marcharse. «Llega el final de la expedición y dejamos el campo base con buen sabor de boca. No hemos vivido ese subidón que te da alcanzar una cima, pero nos vamos a casa con la sensación de haber jugado bien las oportunidades que hemos tenido», escribe Ekaitz.
Una expedición de la que, como nos cuenta Héctor, la sensación de fracaso no tiene cabida: «Volvemos siendo más amigos y con mucho aprendizaje detrás, sobre todo yo. Para mí ha sido una suerte poder ir con Ekaitz, a quien admiro desde pequeño, y tanto a él como a Iñaki les estoy muy agradecido por haberme dado la oportunidad. Ahora soy aún más consciente de que esto es lo que me apasiona».










