EXPLORANDO

João García, «un tío sólido»

Sólida es también la trayectoria de este alpinista portugués en los ochomiles. 11 cumbres principales y el respeto de grandes escaladores polacos, como Wielicki o Pustelnik, avalan los pulmones de João, que nos visitó en la Librería Desnivel.

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El alpinista portugués João García.- Foto: Col. João GarcíaEl alpinista portugués João García.- Foto: Col. João García

«Es un tío sólido. Capaz de integrarse en cualquier expedición por su espíritu abierto». Con estas palabras describía Krzysztof Wielicki a João García (Lisboa, 1967), al que iniciaba en el ochomilismo durante la expedición de 1993 al Cho Oyu. «Yo pensaba que íbamos a hacer la vía normal y en el campo base me dijeron que íbamos a abrir una nueva ruta, muy técnica». El experimento sería exitoso, João lograría su primer ochomil sin oxígeno suplementario e inciaría una educación alpina, al curtido estilo polaco, que pronto le llevaría a probarse en otros gigantes como el Everest, montaña que le convertiría, en 1999, en el primer portugués en alcanzar los 8.848 metros, y por la que pagaría un elevado tributo: perder casi todos los dedos de sus manos y a un preciado amigo, el belga Pascal Debrouwer, cuando descendían tras conquistar la cara norte.

Ahora, João, ya acumula 11 ochomiles, pretende coronar los tres restantes (Manaslu, Nanga Parbat y Annapurna) antes de 2010 y todavía sacar tiempo para el último de sus objetivos de las Siete Cumbres (Pirámide de Carstenz). El alpinista luso pasó por Madrid, por la Librería Desnivel, para presentar el documental «João García, sur le rute des 14», filmado por su amigo Johan Perrier, un bello resumen de la trayectoria de João hasta su décimo ochomil. Hablamos con él para descubrir a un monañero tranquilo, practicante de una filosofía que combina la pasión por el deporte con el misticismo en general. Su rostro, marcado por las congelaciones del Everest, recuerda dos cosas: en un ochomil no se pueden cometer errores y la importancia de saber levantarse y seguir caminando.

João llegaba de esta guisa a la cima del Gasherbrum I.- Foto: Col. João GarcíaJoão llegaba de esta guisa a la cima del Gasherbrum I.- Foto: Col. João García

Everest, por la norte y sin oxígeno. ¿Por qué el compromiso?
Empecé a hacer montaña en el Himalaya con los polacos. Hice el Cho Oyu con Wielicki, el Dhaulagiri con Pustelnik, y los polacos son gente de una escuela sencilla, son muy fuertes. Eso me ha influenciado. La cara norte es más barata y me hacía ilusión. Lo había intentado ya en el 97 y en el 98, llegando el último año a 8.500 metros, de donde nos retirábamos al haber demasiado viento en la arista. En el 99 recibía una invitación para trabajar con una agencia de guías, lo que me daba la posibilidad de intentarlo de nuevo. El año anterior había quebrado la barrera psicológica, solo necesitaba buen tiempo y suerte con las fechas. Pero las cosas no salieron bien. Permanecimos demasiado tiempo en la cumbre y cuando descendimos era muy tarde, mi compañero iba muy lento y fui esperándole todo lo que puede. Hice noche a 8.500 metros sin ningún material. Al día siguiente bajé al campo 3 y no encontré a Pascal. Entonces cometí otro error: subir a buscarle. En mis condiciones aquello era una condena, pero la hipoxia no me dejó pensar con claridad. Al final comprendía que debía bajar o no saldría de la montaña. Creo que Pascal murió de agotamiento.

Todo se precipitó. Un sueño se convirtió en una tragedia. He tenido suerte de ser lo suficientemente fuerte de volver a la montaña. Dos años más tarde coroné otra cumbre de ocho mil metros, probándome a mí mismo que podía superar mis limitaciones.

¿Qué sacaste entonces del Everest?
Mucha experiencia. En el 97 teníamos un deposito montado y nos robaron absolutamente todo. En el 99 perdimos a Pascal. El Everest no es una montaña como las otras. En los lugares con tanta gente hay fenómenos sociológicos como los robos y tragedias con frecuencia. Aquello fue una lección.

También comprendí que el día de cumbre debe haber un compromiso. Nadie puede retrasar a nadie. Cada uno debe depender de sí mismo. Los que tienen fuerza y velocidad no deben esperar por nadie. Mis errores han sido siempre los mismos. Llegar demasiado tarde, eso lo complica todo. Más deshidratación, más hipoxia. Hay que seguir instintos tan simples como mirar el sol. Cuando el sol sube, puedes ascender, cuando el sol baja, debes descender. Hay que obeceder al reloj. No son horarios de competición, son horarios de seguridad.

«La más alta soledad no la he sentido en la cumbre del Everest, la he sentido en el hospital de Zaragoza, donde me trataron las congelaciones».

Krzysztof Wielicki durante una gélida noche en el campo 2 del Nanga Parbat durante el intento invernal de 2007.- Foto: himountain.euKrzysztof Wielicki durante una gélida noche en el campo 2 del Nanga Parbat durante el intento invernal de 2007.- Foto: himountain.eu

Después escribiste un libro.
«A mais alta solidão». La más alta soledad no la he sentido en la cumbre del Everest, la he sentido en el hospital de Zaragoza, donde me trataron las congelaciones.

En aquella habitación, mirando el techo, aquellas cuatro paredes. Me sentía muy solo, muy perdido, sin saber qué hacer en mi vida. Es un libro que habla de cómo llegué al Everest y de lo que sucedió allí. Fue una sorpresa, se vendieron 30.000 ejemplares, 12 ediciones. Todo un fenómeno para Portugal. Escribí otro libro después, cuanto ya había coronado otros ocho ochomiles («Mais Além»). Es también muy fuerte en el que encarno el viejo proverbio: «Lo magnífico está en levantarse después de caer».

Debutaste en los ochomiles con Wielicki en el Cho Oyu. ¿Cómo es participar en una expedición polaca?
Son expediciones que dejan huella. Los tres primeros ochomiles, de los que logré dos, acompañe siempre a polacos. Es gente muy fuerte de cabeza. Wielicki organizaba expediciones por 3.000 dólares en los «90; era mucha pasta pero lo mejor que se encontraba. Era difícil hallar los contactos. Yo sabía que los polacos eran realmente buenos. El primero ochomil, el Cho Oyu, fue muy especial. Abrimos una nueva ruta, hice cumbre y descendí por la normal, donde había aclimatado Wielicki, dejando su tienda personal. Él me llamó y me pidió que le bajara la tienda, modelo Ferrino Messner, lo mejor del momento. Como joven que era quería agradar al jefe de la expedición: «Sí, sí, jefe, aquí está». Un poco como un sherpa. Lo hice, con mucha dificultad. Ese día Pustelnik y yo habíamos abierto toda la huella, estaba exhausto. Durante el descenso encontré a unos suizos con problemas. Cuando llegó la ayuda me dijeron que me quitara la mochila, que ellos la llevaban. «¡No!, yo quiero bajar con ella», respondí yo. Había porteadores tibetanos, todo un equipo de rescate… y cuando llegamos al campo base estaban Wielicki, Pustelnik, Lafaille…. y me dijeron: «João, bravo». En ese momento sí que sentí la adrenalina, me temblaban las piernas. Entonces fui realmente consciente de lo que había logrado.

Has tenido fortísimos compañeros de ascensión como Pustelnik, Andrew Lock, Iván Vallejo… ¿Con quién te gustaría subir una montaña?
Para mí, subir montañas es algo muy personal. Quiero hacer esas montañas, sobrepasarme desde el punto de vista deportivo. Es el escenario que más me ha seducido. Pero también reconozco que la montaña no es solo la cumbre: es una cosa de hombres, y las personas con las que compartes una ascensión son lo más importante. La gente con la que me gustaría ir de expedición no es conocida. Jóvenes con proyección, con filosofía. No necesito a los tipos más fuertes, generalmente les suele poder el ego y eso causa conflictos. Me gusta la gente en la que descubro un brillar diferente en sus ojos cuando hablas con ellos de montaña.

Si tengo que dar un nombre, diría Denis Urubko. Tiene un estilo polaco, sencillo, es fuerte y sabe lo que hace.


 
Vertiente norte del Annapurna (8.091 m), con su amenazante Glaciar de la Hoz en primer plano.- Foto: Col. Arlene BlumVertiente norte del Annapurna (8.091 m), con su amenazante Glaciar de la Hoz en primer plano.- Foto: Col. Arlene Blum

¿Por qué dos proyectos que exigen tanto dinero y compromiso como los 14 y las Siete Cumbres?
Es una manera de encontrar financiación. El patrocinio ya no existe: existen permutas publicitarias. A nivel civil, si hablas de una ruta muy técnica, solo el 20% de los aficionados tendrán conciencia del valor de lo que vas a hacer. Si hablas de un proyecto que ya tiene una credibilidad tienes muchas más posibilidades de encontrar dinero. Los que quieran vivir del alpinismo deben mentalizarse de que no van a hacer al 100% lo que desean. Tenemos que transformarnos en un vehículo publicitario, utilizando para ello a los medios de comunicación. Éstos a su vez tienen que comprender lo que estamos haciendo. Los 14 sin oxígeno es algo que solo han logrado siete personas, con eso es más fácil acudir a un patrocinador. Más hombres han estado en el espacio. El de los 14 ochomiles es un club muy selecto. A la vez es un proyecto difícil y hermoso, y si te pagan por ello ¿por qué no? Cuando haya terminado podré hacer algo diferente, ya me habré ganado la credibilidad. La vida no es perfecta, lo que tenemos que aceptar todos los días. Hay que hacer concesiones.

Además, sin oxígeno…
No comprendo las ascensiones con oxígeno en el alpinismo. Entiendo que haya gente que no puede alcanzar un ochomil y quiera ese trofeo, pero entonces estamos hablando de otra cosa. Es como correr una maratón en motocicleta. Yo hago montañas para encontrar mis límites, y para tratar de superarlos de nuevo. Es un puro desafío con uno mismo.

¿Cuál crees que será más difícil de los ochomiles que te quedan?
El último. El Annapurna. Es una montaña peligrosa. Intenaré el Manaslu y el Nanga Parbat este año, prefiero esperar al Annapurna. En el alpinismo nunca dejas de aprender: cuanta más experiencia tenga antes de afrontar un ochomil como ese, mejor. Si el Annapurna lleva mi nombre… prefiero esperar lo más posible (ríe).

 


 
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