EXPLORANDO

Conversaciones con Paquito Guillamón

Érase una vez el sexto grado fue el título de su conferencia en la Libreria Desnivel, gracias a la que pudimos charlar con este entrañable escalador.

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Personajes cuya vida son parte de una historia hay muchos. Personajes que son historia no hay tantos. La diferencia estriba, quizá, en que unos son espectadores activos de lo que sucedió y otros son leyenda. Francisco Guillamón, Paquito de por vida, formó parte de una de las cordadas más reconocidas y admiradas de mediados del siglo pasado. Aún hoy, en un activo comedido, realiza sus pequeñas gestas que le hacen recordar un tiempo en que la Anglada-Guillamón se transformó en ejemplo y mito y contribuyó a que la escalada fuese, un poquito al menos, lo que es hoy.

Este catalán, escalador con manos de pianista o músico con espíritu alpino (sólo él lo sabe), vino a ofrecernos una conferencia a nuestra librería. Derrochó el humor que siempre le ha acompañado y el encanto ungido por las jornadas bajo el duro sol y la roca. Obviamente, aprovechamos para hablar con él. Para descubrir más acerca de los grandes saltos que se sucedieron tras los atrevidos comienzos de la escalada de dificultad en España y sobre todo para descubrirle a él.

Sigue en activo….
Sigo en activo, sí. En activo moderado. Quiero decir que desde que me jubilé establecí, con varios veteranos, el salir dos veces por semana y cada miércoles y cada sábado salimos a Montserrat. Desayunamos. Pan con tomate y jamón, café con leche y tal y después vamos a escalar. En invierno normalmente esquiamos todos. No hacemos esquí de montaña, ya somos setentones y dijimos fuera… Te rompes una pierna y se te acabó la montaña. El problema que tenemos es cuando distribuimos las cordadas y a uno le toca ir de primero (ríe azorado). Pero hemos bajado mucho la dificultad… tercer o cuarto grado, en el quinto arriesgas. En Montserrat, hoy en día, las vías están muy bien aseguradas y el riesgo es mínimo.

Hablando de ir primero; junto con Anglada, cambiasteis la estrategia, impusisteis turnos en vez de que el primero realizase todos los largos en esa condición…
Sí, esto fue uno de los motivos por el cual tuvimos cierta resonancia. Primero nos motorizamos. Compramos una moto cada uno y claro, cuando llegábamos al pie de la pared, nuestra competencia aún estaba en el tren. Anglada trajo esa estrategia del extranjero, él estuvo estudiando tres años en Inglaterra y tres en Alemania. Aprendió la técnica de los alemanes: cordadas de dos y dos primeros. Coger el cabo caliente, dijo Darío (Rodríguez) un día. Otro elemento que facilito nuestro progreso fueron los estribos de tres peldaños. Aquí no se utilizaban. Llevaban un cordel de cáñamo con una madera, el primero roto por la cintura, los de abajo rotos de cansancio. Aquello fue un gran avance.

¿Qué supuso vuestra motorización?
Nos abrió nuevos objetivos. Por ejemplo ir a los Dolomitas. Sin moto ir hasta allí en los cincuenta representaba dos o tres días con trenes, no veas… En cambio con la moto llegábamos en un día. Día y noche. Nos turnábamos conduciendo en la moto. A un sitio donde no fuimos nunca Anglada y yo fue a los Picos de Europa y dirás ¿por qué?. De Barcelona a Picos el viaje representaba dos días de moto y después con el mal tiempo de los Picos de Europa, te jugabas las vacaciones. Así que no nos lo planteábamos. Los maños y los de Madrid eran mucho más aficionados a ir allí. Nosotros teníamos más objetivos en los Alpes y en Dolomitas.

¿Ha dejado algún objetivo en el tintero que siempre quisiera hacer?
Bueno, hay dos. Una es la norte del Eiger. En el año 1962, entre dos expediciones. No había primera nacional todavía. Hicimos dos cordadas, Anglada y yo (siempre digo que nos ponemos delante por el orden alfabético) y Pons-Potorski. Anglada y Pons, tenían profesiones más liberales, pudieron ir antes. Potorski llegó directamente desde Alemania y yo desde Barcelona. Y atacamos el Eiger. En la travesía Hinterstoisser yo vomito. Venir de Barcelona, engancharme a la pared… vomité, estaba mareado. Y dije, pues me bajo. Estoy jodido. Y me bajé a la tienda. A media noche llegó Potorski y digo, coño qué haces aquí. «Es qué me encontraba mal también… «. Digo, y cómo has llegado tan temprano. «He bajado por el túnel». El túnel estaba prohibido. ¡Pero hombre, siendo alemán, que respeto tienes… está prohibido!. Entonces, Anglada y Pons hicieron vivac en el Nido de Golondrinas y por la noche cayó una nevada descomunal. Bajaron y la pared ya no se pudo hacer aquel verano.

Luego en el 63 fuimos a los Andes y en el 64 íbamos a hacer de nuevo la norte del Eiger. Anglada, Pons y yo. Pero yo me casaba. Me casé en el verano del 64. Y le hice una proposición a mi novia. Tenía un mes de vacaciones y quince días por el matrimonio. Mes y medio. Dije, Mari, te hago una proposición. Nos casamos, vamos los cuatro al hotel y cuando haga buen tiempo atacamos el Eiger. La respuesta de mi mujer fue contundente. «No faltaría más, sí, sí. Pero no hace falta que estés allí sólo una semana. Estate quince días, un mes, tres meses, quedaros a vivir en el Eiger y yo no me caso». Así que Anglada y Pons se cagaron en toda mi familia porque el peso lo habíamos repartido para tres. Y yo me quedé sin el Eiger. ¡Pero tuve un viaje de novios de un mes y medio!

¿Las mujeres no os comprendían en aquel tiempo?
Claro, en los años sesenta o setenta casi no había escaladoras. Era una mentalidad de la época. Se veía como un deporte de hombres. Ahora ha cambiado, como toda la sociedad. Ahora hay muchas chicas y aunque hay menos en proporción, ellas son muy buenas. Chapeau para todas las escaladoras porque son francamente fuertes.

Tiene dos hijos, ¿se interesaron por la escalada?
Yo tengo chico y chica, y el chaval sí escaló. Fue muy curioso. Cuando iba al instituto, ya de pequeños esquiaban, le dijeron «¿oye tú eres el hijo de Guillamón y no escalas?». Él no lo había pensado nunca. Vino a casa y me lo comentó. Y me metí en un berenjenal. Pero me hizo mucha ilusión y nos fuimos mucho de escalada. ¿Que pasó al final?, pues que al cabo de los años vino la universidad y la novia y ésta le dijo que siguiese esquiando pero que no escalase. Mi hija, que es explosiva como yo, también quiso escalar. Pero mi mujer, que es ponderada y tranquila, le dijo que las mujeres no escalaban, que ellas tenían pechos y no eran para tenerlos pegados a una pared.

Respecto a la expedición catalana a Perú del 63, ¿tuvisteis muchos problemas sumergidos en la mentalidad del franquismo?
No, no. Tuvimos problemas económicos. Nuestro amigo Félix Méndez, aún no era presidente de la Federación Española, era presidente del Grupo de Alta Montaña Español. Él era quién mandaba un poco. Le pedimos dinero, una parte de una subvención, algo… No nos pudieron dar nada. Tuvimos que levantar ochocientas mil pesetas que nos costaba la expedición de cuatro escaladores. Una expedición de tres meses. Pusimos en práctica la operación cartas postales. Sin saber si tendría éxito. Nos comprometimos con muchos clubs de montaña a enviar una postal desde Perú, firmada, previa donación de 50 pesetas. Y conseguimos de ese modo seiscientas mil pesetas, del año 63, mucho dinero. El resto lo conseguimos del Ayuntamiento de Barcelona y de la Diputación. Y pudimos cubrirla. Hay que decir en favor de la Federación Española que nos dejaron las tiendas de seda y nylon.

Anglada y Guillamón, en una imagen reciente. - Foto: desnivelpress.comAnglada y Guillamón, en una imagen reciente. – Foto: desnivelpress.com

Vuestro objetivo principal siempre fue hacer primeras y subir el nivel…
Yo creo que hay un perfil de escalador que tiene un deseo especial de abrir primeras. Por descubrir lo incógnito. Y otro tipo son repetidores de vía. Hablamos de los años cincuenta y sesenta. Ventajas que teníamos; había muchas cosas por abrir. No es como ahora. Antes podías escoger. Luego quizá fuimos conocidos por bautizar las vías con el nombre de su padre y de su madre. No como ahora con el chalao loco y cosas así. Eran Anglada-Guillamón, Soria-Riaño… Las primeras son algo que vive dentro de cierto sector de escaladores.


 

¿Tuvisteis problemas alguna vez con algún escalador o amigo por adelantaros en alguna primera?
Una vez, pero no la cuento… (sonríe y duda). Bueno, sí, ya se puede decir. En la pared norte del Pedraforca, había un vía que llamábamos La Oreja, pues en la parte final había un extraplomo y una fisura de unos treinta o cuarenta centímetros donde no podías empotrarte y nos suponía un gran problema. Fuimos varias cordadas. Anglada era muy amigo de Royal Robbins, el mítico escalador de Yosemite, siempre ha sido un superescalador. Vino a Barcelona y Anglada le invitó a ir a Pedraforca. Y Robbins abrió La Oreja aquella. ¿Por qué? Por el material. Nosotros disponíamos, para fisuras anchas, de tacos de madera. Una brutalidad. Royal trajo una cosa que se llamaba dum-dums. Era un acero que vibraba. Y fue metiendo y la abrió.

¿Cómo fueron sus inicios en Montserrat?
Yo diría que cuando vino Anglada, somos primos hermanos (tengo quince días más que él), empezamos a jugar juntos de pequeños, convivimos mucho. Cuando volvió de Alemania me dijo de ir a escalar. El sólo venía en Navidad, su padre era muy recto y ni vacaciones ni nada, debía aprender el idioma perfectísimamente. Yo jugaba al fútbol y me dijo Paquito vamos a escalar. La primera vez no fue en Montserrat, fue en Sant Llorenç del Munt, otro macizo cercano, a hacer una vía. Me gustó mucho y dije el domingo que viene volvemos. «Yo no puedo», me contestó. Y dije «pues voy yo solo».

Mi segunda escalada y me voy sólo. Me fui a hacer otra aguja que se llamaba el Esquirol. Me fui con el tren, con mi cuerda de cuarenta metros para allá. Me habían dicho que era fácil, que había un paso de cuarto… y en el tren tuve una suerte bárbara. Me encontré a dos compañeros míos que estudiaban en el Conservatorio Superior Municipal de Música. Descubrimos que íbamos al mismo lugar. Me dijeron que era la primera vez que escalaban y que querían probarlo. Y dije, bueno, yo ya llevo una escalada. Y fuimos juntos. Llegamos allí y no tenía ni idea de donde coño empezaba la vía aquella. Vi un diedro y pensé es por aquí seguro. A los quince metros puse un pitón, de los que trajo Anglada de Alemania, muy fino y maleable. Subí un poco más y me encontré una bamba. Me agarré allí y se me fueron acabando las fuerzas. Y te juro que pensé en mi entierro, son décimas de segundo, pero me vi muerto. Me deje caer. El pitón se dobló y quedé a un metro del suelo. Luego nos fuimos para casa. Se lo comenté a Anglada y me dijo que era un bestia. Fuimos el domingo siguiente y abrimos la primera Anglada-Guillamón.

De izquierda a derecha, Jordi Pons, Anglada y Guillamón. - Foto: Col. J. Anglada.De izquierda a derecha, Jordi Pons, Anglada y Guillamón. – Foto: Col. J. Anglada.

¿Cuál es su Anglada-Guillamón más especial?
La que nos ha dejado mejor sabor de boca fue la que abrimos en el Cavall Bernat, ya que es la aguja más carismática de Montserrat y a Montserrat la llevamos en el corazón. Como casi todos los catalanes.

¿Has pasado por alguna otra situación crítica que recuerdes especialmente?
Sí, en el Campanile Comici, en el Sassolungo (sexto grado dolomítico). Hicimos la vía Comici en libre, cuatrocientos cincuenta metros, muy difícil. Sexto, sexto superior. En una de las tiradas que me tocó hacer a mí había una fisura de unos siete u ocho centímetros. Empotré allí las zapatillas de escalada y se me enganchó el pie derecho. Joder, estaba a treinta metros de Anglada, con un pitón a quince metros y allí él me salvó la vida. Él tiene una mentalidad anglosajona. Me vio jodido y le pregunté ¿qué hago?. Su respuesta me salvó la vida. «Tú mismo». Tuve suerte y salí de allí. Cuando me reuní con él le dije que si hubiese sido al revés, él, se hubiera matado. Me habría puesto a decirle haz tal cosa o cual cosa, tensa tal, aprieta aquí… y se hubiera liado. Quizá ese haya sido mi momento más difícil.

Guillamón y Anglada durante el homenaje que recibió el segundo en la pasada edición del Festival de Torelló. - Foto: desnivelpress.comGuillamón y Anglada durante el homenaje que recibió el segundo en la pasada edición del Festival de Torelló. – Foto: desnivelpress.com

Siempre han existido las tragedias, sobre todo en vuestra época. ¿Aquello os desanimaba u os hacía más fuertes?
Yo diría que en nuestra época, como en los años treinta, cuando los italianos, alemanes… hacían las grandes vías e iban con barras de hierro y una cuerda de cáñamo, la escalada se convertía en suicida. Se hacían burradas. En aquellos años se abrió el sexto grado con ese material. En nuestra época había accidentes por llevar mal material, sobre todo por las cuerdas de cáñamo. Anglada y yo fuimos los primeros, en España, que llevamos dos cuerdas de fibra artificial. Bueno, primero fue con una de nylon inglés y otra de cáñamo. Luego nos enteramos de que aquello era muy peligroso, pues en caso de caída el cáñamo hacía de cuchilla y cortaba el nylon. Así que decidimos gastar un poco más de dinero y obtuvimos las dos de nylon. Aumentamos la seguridad. Evolucionó la técnica. Se dice que Anglada dio un gran paso en la escalada.

Nos relacionábamos mucho con Rábada, Bescós, Vicente…los veíamos en Riglos. Nos conocíamos bien. Eran un poco imprudentes en la escalada, abrieron grandes vías, pero el material no era adecuado. Su técnica consistía en meterse en la pared y salir por arriba pasase lo que pasase. Hubo una primera nacional en la que escalaron de noche y vivaquearon de día. Siempre hubo algunos accidentes. Era una cuestión de material más que de otra cosa.

Francisco Guillamón durante el pasado Festival de Torelló 2006. ~ desnivelpress.comFrancisco Guillamón durante el pasado Festival de Torelló 2006. ~ desnivelpress.com

¿Ha habido algún avance, en cuanto a material, que considere como el más significativo?

Se dijo un día, creo que fue Antonio García Picazo, que en los años cincuenta clavabas donde podías y a partir de los setenta, clavabas donde querías. Nace o se perfecciona el buril. Aparece el taladro. La escalada evoluciona de forma lógica. En cuestión de hierros clavados en la pared, creo que los parabolts son la solución. Otra gran diferencia es que los escaladores de hoy están, físicamente, muy bien entrenados. Son conscientes de que hay que entrenarse para escalar, primero porque las dificultades son más altas.

¿Está cambiando un poco o mucho la filosofía de la escalada?
La pregunta no es fácil. Hoy hay muchos más escaladores. Yo diría que la deportiva cambió la filosofía de la escalada. La gran clave es que, ahora, un escalador deportivo que además hace escalada clásica tiene muchas posibilidades de triunfar más, ya que la deportiva es superdura. Después hay un sector que sólo hace deportiva y eso es de admirar, porque los ves allí, colgados de un dedo en un extraplomo y piensas ¿cómo lo hace este tío?.

Paquito Guillamón firmando en el Libro de honor de la Librería Desnivel. - Foto: Jorge JiménezPaquito Guillamón firmando en el Libro de honor de la Librería Desnivel. – Foto: Jorge Jiménez

Un personaje que le haya influido especialmente…
Anglada (lo dice muy serio… y de repente su pecho vibra con una carcajada). En realidad admirabas a todos. A los Bonatti, Rebuffat… y a George Livanos, tuve amistad con él. Era un gran tío. Como escalador de roca era de lo mejor de los años cincuenta y sesenta. Muy superior a la mayoría. Soy su fan, quizá también por su amistad con Cassin, el dios de la escalda, y sus libros. Incluso la conferencia de hoy, llamada Érase una vez el sexto grado, copia el título de uno de sus libros sobre la vida de Ricardo Cassin. Cuando mis compañeros me dicen «¿pero cómo has copiado el nombre del libro de Livanos», yo respondo que él me dio permiso. Miro al cielo y pregunto, «oye me das permiso». Y él me responde «por supuesto Paquito, pon lo que quieras».

Un libro…
Dos. Érase una vez el sexto grado y Más allá de la vertical, también de Livanos. Este escritor tiene un enorme sentido del humor y una pluma sensacional. En el primero que escribió, Más allá de la vertical, explica sus lances por los Alpes y los Dolomitas y en el segundo cuenta las peripecias de Cassin de una manera y con un estilo que son tronchantes.

Gracias.

 


 
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