Os ofrecieron llevaros en helicóptero hasta el pie de vía de la MacIntyre/ Colton de las Jorasses y lo rechazasteis. Además no quisisteis
llevar teléfono móvil. ¿Por qué?
Sí, de hecho ni siquiera quisimos coger el tren que te lleva a la entrada de la Mer de Glace. Creo que la marcha de aproximación es una parte
esencial y desde luego muy atractiva de cualquier escalada, y hubiera sido una pena perdérsela. Si no costase llegar a las montañas, éstas
dejarían de ser lo que son, se destruiría su auténtica naturaleza. Sería una falta de respeto no acercarse a ellas con esfuerzo y más para un
alpinista, cuya disciplina se supone que se basa en el desafío que le ofrece este terreno en cuanto a que es salvaje, inaccesible, peligroso y
terriblemente magnífico.
De no llevar teléfono móvil es más delicado presumir, de momento uno puede hacerse el loco, hacer que se te ha olvidado, o probar con la excusa de
que es mucho peso o que no habrá cobertura, pero, si ocurre algún accidente, ¿cómo explicas que lo has dejado abajo?
Messner decía que el alpinista de hoy ha cambiado el valor por el teléfono móvil. Tú ¿cómo explicas algo que parece arriesgar por
arriesgar, una irresponsabilidad?
No es fácil justificar la renuncia a ciertos medios o avances que disminuyen los riesgos que corres al practicar determinada actividad, pero la
cuestión en esencia es la misma que hay que responder cuando te decides a hacer alpinismo: ¿por qué arriesgar la vida escalando montañas?
Acabo de leer un libro de Rebuffat en el que trata de excusar continuamente el riesgo que se corre en las montañas. Él matiza una y otra vez que el
alpinista no busca el peligro. Lo que pasa es que es algo inevitablemente ligado al terreno alpino, que él ama, y que quiere recorrer y conocer en
todas sus facetas porque allí se siente feliz. Pero, desde luego, toma precauciones y si puede evitar correr algún riesgo lo evita. Por eso el lema
de Nietzsche, "vive peligrosamente", le parece una barbaridad.
En la cumbre de la Aguja Poincenot con la tormenta a punto de desencadenarse.
Pero ese planteamiento parece contradictorio en Rebuffat porque gran parte del riesgo se evita colocando espits.
Y él era contrario a los espits, claro. Sí efectivamente yo creo que se tiene miedo a reconocer que las montañas nos atraen entre otras cosas
precisamente porque son peligrosas.
Para entender esta aparente locura, quizá viene bien traer la crítica que Ortega hace de esta frase de Nietzsche. Ortega dice que esa frase es una
tontería, que no tiene sentido esforzarse para conseguir que a la vida le ocurra algún peligro porque ¡la vida está siempre en peligro! Esa vida
segura y acomodada con el futuro solucionado de la que pretendía huir Nietzsche es en realidad ficticia, no existe. La verdad es que uno no puede
estar seguro de lo que le va a ocurrir en el futuro. En el futuro puede ocurrir cualquier cosa y uno no puede estar seguro de no ir a sufrir algún
daño o de no perder la vida en el momento que viene. Así, pedir que se viva en peligro viene a ser algo así como pedir que se viva respirando. ¡Es
que no hay más remedio! Hay que contar con ello, y de hecho todo lo que uno hace lo hace considerando siempre el peligro que entraña esa actividad,
a no ser que se actúe como un inconsciente.
Hay muchas maneras de afrontar esta circunstancia. Parece equivocado obsesionarse demasiado con el peligro que se corre y vivir agarrotado. Lo normal
es hacer las cosas que se suponen razonablemente seguras o poco peligrosas y no darle más vueltas al tema. En esto, como en todo, la cultura o la
sociedad te da diferentes pautas o soluciones que se supone son las más adecuadas.
Esto se ve muy bien con el tema de la comida. Comer, hay que comer, ahora bien, hay diferentes maneras de vérselas con esta circunstancia. Así la
cultura latina hace de la comida un rito importante y también un placer. En cambio los alemanes o los ingleses se quejan de que aquí todo se hace
comiendo. No lo entienden porque, según dicen ellos, no viven para comer sino que comen para vivir, y les parece mejor comer deprisa algo que no
requiera mucho tiempo preparar y a otra cosa.
Con el tema del peligro ocurre lo mismo. También hay muchas maneras de enfrentarse con el hecho de que por vivir se están corriendo muchos peligros.
Y a mi juicio el alpinismo es una de las soluciones o actitudes más elegantes a este respecto porque coge el toro por los cuernos y de una especie de
lastre o de defecto de la condición humana se dispone a sacar todo el partido posible. Y te vas a uno de los sitios peligrosos por excelencia sólo
para ver qué clase de peripecias habrá que pasar para salir de allí sano y salvo. Y te preparas para tener que ingeniártelas y para esforzarte a
tope, porque a priori parece imposible volver indemne de allí. Es una forma de complicarse la vida, de ponérselo difícil para que ésta rinda
frutos preciosos, para que el juego se torne interesante, para que empiece la aventura.
Durante el intento a la cara norte del Thalay Sagar en 1992
Pero corres el riesgo de que se transforme en una ruleta rusa.
No es lo mismo. Hay una gran diferencia. no se trata de buscar el morbo fácil del peligro, sin más que tentar a la suerte. En la ruleta rusa no
tienes que hacer nada, sólo apretar el gatillo. Y ahí está la diferencia, en lo que tienes que hacer tú para resolver el problema con éxito. Por
supuesto que hay que contar siempre con la suerte, esto ya lo sabemos, es inevitable. Pero de lo que se trata es de que el juego dependa lo más
posible de ti. Uno no se atreve a ser alpinista porque confía en su buena suerte y ya está, sino porque confía en sus capacidades o sus recursos.
En esto consiste el alpinismo entendido como disciplina: en el aprendizaje o el desarrollo de técnicas, de inventos, de conocimientos que te permitan
recorrer la montaña y salir sano y salvo. Y así se supone que, cuanto más nivel adquieras en esta disciplina, podrás acometer empresas o
recorridos cada vez de mayor envergadura, cada vez más difíciles, entendida la dificultad en su sentido pleno; es decir cuando incluye como eje
fundamental el grado de riesgo que implica.