Cascada en el Monte Rokko. Foto: Kansai Keisetsu Alpine Club
Las cumbres siempre han sido tablados, bañados por una luz bruja, capaces de
reunir las más brillantes conquistas y las más dramáticas escenas. Y para
ello no hemos de mirar cumbres que se levantan por encima de los sueños, ni
paredes níveas alzadas por dioses incógnitos. Podemos encontrarlas a mil
metros, donde llegan unas luces de ciudad en la noche, cuyos amarillos pálidos
nos recuerdan que allí arriba estamos solos. Mil metros por encima de Kobe, de
reputados vinos.
Mitsutaka Uchikoshi es un empleado de un ayuntamiento. A los 35 años
disfruta, como la mayoría, de una posición cómoda y pausada, si eso es
posible en la urbe. Ha decidido salir al monte, con unos amigos, para disfrutar
de algunos caminos al aire libre. Concretamente en el Monte Rokko, 400 kilómetros al
oeste de Tokio, una cima culminada por una anciana capilla. Tras una buena
jornada en la montaña, decide marcharse a su casa antes que el resto. Pierde el
telesilla y decide caminar. Desciende pensando, supongo, en las cosas
habituales, a saber: mujeres y trabajo. Mas ese día tiene mala pata. Resbala
accidentalmente y se lesiona la espalda. Permanece sólo, sin poder moverse. Su
pensamientos cambian. Eso sí, tiene provisiones. Había guardado
cautelosamente un bote de salsa barbacoa. El desayuno de los campeones.
"Solamente probé un poco, pero no era realmente comestible", se
quejaba más tarde, de lo que se deduce que, de ésta, salió con vida.
Mitsutaka Uchikoshi, tras los meses de hospital. Foto: AP
Tres semanas sin pan ni agua
Al segundo día ve las cosas más claras. Seguramente porque su cabeza
comienza a evadirse hacia metas más oníricas. Esta vez trata de moverse y se
recuesta sobre un espacio con césped, calentito bajo el sol; "estaba bien
y acabé por dormirme. Es la última cosa de la que me acuerdo", y no es un
mal recuerdo. Cerró los ojos mientras contemplaba el hermoso paisaje de
ciudades vivas y valles verdeciendo en un ocaso centelleante. 24 días después
fue encontrado por los servicios de rescate, gracias a un tipo que decidía
hacer un trekking esa mañana. No había tenido acceso a líquidos de ningún
tipo, ni a otra comida que una lamentable salsa barbacoa. ¿Vivo?... ¡¿cómo?!
"Él cayó rápidamente en un estado de hipotermia similar a la
hibernación. Gracias a eso, sus funciones cerebrales estaban protegidas. Hoy ya
está restablecido al cien por cien", declaraban las autoridades médicas. La alcaldía
de Nishinomiya celebra su regreso al puesto de trabajo. Le duele la pelvis, pero
cumple. ¿Cómo se sobrevive tres semanas en aquellas condiciones extremas?. La
respuesta parece sencilla, las consecuencias tal vez no: hibernando. El revuelo
continúa en Japón, desde que aquel funcionario fuese rescatado en Octubre del
pasado año. Ha pasado dos meses recuperándose en el hospital, tratándose una
severa hipotermia, una ingente perdida de sangre y del daño en varios de sus órganos
y hoy, por fin, se encuentra en perfectas condiciones.
Pequeña y brillante fauna del Monte Rokko Foto: Bugs-life.com
Un tipo en stand-by
La hibernación supone un merecido descanso para la actividad celular. Esta
disminuye significativamente, lo que hace desparecer la necesidad de oxígeno y
reduce la temperatura corporal y el consumo de energía. 22 fueron los grados en
los que se mantuvo el cuerpo del japonés. "Este caso es revolucionario si
el paciente efectivamente sobrevivió con una temperatura corporal tan baja por
tanto tiempo", explica Hirohito Shiomi, experto en hibernación de la
Universidad Fukuyama.
Por ello, la hibernación es la teoría con más
partidarios en este, insólito sin duda, caso. Muchos científicos, durante
muchos de los tiempos, han considerado la hibernación como posible en el ser
humano. De demostrarse con Mitsutaka Uchikoshi se abrirían nuevas puertas para
la detención de hemorragias cerebrales, por ejemplo, o para detener el
crecimiento de las células. Nuevas puertas para la supervivencia. "Aquello
era psicológicamente imposible" aporta el Doctor Frankie Phillips, experto
de la Asociación Dietética Británica.