Eduardo Viñuales, reflexiona sobre el futuro que les espera a nuestras montañas frente al calentamiento global y las agresiones de los Gobiernos Autónomos.
Desolador aspecto de la estación leonesa de Leitariegos...¡un 8 de febrero!
Foto: Jaime Lapresa
"Ya no nieva tanto como antes", dice un pagès de la Cerdanya. Lo
mismo me cuenta un abuelo en un pueblo del Pallars Sobirá. Y un pastor
aragonés. Y un masovero de los Puertos de Beceite. Y así lo ratifican decenas,
cientos, miles... cuando no millones de paisanos rurales que han vivido en los
montes y los valles de montaña décadas atrás.
Ellos son el testimonio del saber popular que, sin pértigas de nieve, sin
aparatos de medición moderna, saben testificar que las montañas ya no son lo
que eran. Vamos, que poco a poco pierden en invierno esa cabellera blanca que
les cubre.
Panorámica de la Estación de Formigal
Foto: Desnivel Press
Las pruebas están a la vista
Pero no hace falta ser muy sagaz para ver que los montañeses están en lo
cierto. Vayan ustedes sino al Vignemale, al Aneto, a las Maladetas, al Posets...
y dirijan la mirada a los glaciares o lo que de ellos queda. Si son de cierta
edad, y guardan algo de memoria fotográfica, verán que la superficie del hielo
ha menguado y que las grietas en el hielo prácticamente brillan por su
ausencia, por no hablar ya de los serács.
Las fotos antiguas del francés Lucien Briet o del propio Juli Soler i Santaló
nos ilustran a la perfección si las comparamos con una imagen o mirada actual
cuánta masa de hielo se ha perdido en los glaciares pirenaicos. En la cara
norte del Monte Perdido, por ejemplo. Una vertiente que ya no es ni será la
misma que la que escalaron en el año 1888 el conde Roger De Monts, Célestin
Passet y François Salles. En aquel entonces los Pirineos estaban más blancos
que ahora. Incluso entonces los glaciares experimentaron una pequeña fase de
crecimiento. Entre 1880 y 1910 algunos puntos del glaciar de Monte Perdido
mostrarían un aumento de grosor de hasta un 50%.
Vista de una de las caras del glaciar Monte Perdido en 1910.
Foto: Greenpeace
Cambio Climático
Pero atrás quedan ya los veranos cortos y frescos en los que el conde
Russell relata desde su cueva del Vignemale: "La nieve comienza el 20 de
agosto y caen 80 centímetros en cuatro días". O los días en los que el
ibón de Marboré o de Tucarroya no se deshelaba completamente hasta el 28 de
septiembre, como nos relata el padre Gaurier en 1908, quien más tarde, entre
1913 y 1927, describiría cómo el glaciar de Ossoue pierde un espesor de más
de cinco metros. La regresión blanca, la ablación de los glaciares, el
deshielo de los neveros no ha cesado desde entonces.
Inviernos más suaves, veranos más calurosos, menos precipitaciones y
nevadas tardías de primavera conducen a la extinción de los glaciares y, por
ende, a todo tipo de mundo nival que cubre nuestras alturas.