Con motivo de la próxima visita de Maurice Herzog a España el 4 de octubre, publicamos un reportaje único sobre el Annapurna.
Por
Actualizado 27.09.2001 10:49
Vertiente norte del Annapurna (8.091 m), con su amenazante Glaciar de la Hoz
Maurice Herzog estará en Madrid, en la Librería Desnivel, el jueves 4 de octubre a las 20 horas. Una ocasión única para conocer a una leyenda viva del alpinismo mundial. Para ello, os hemos preparado este especial 'Annapurna' que ya se publicó en la revista Desnivel. Un documento sobre la histórica ascensión y una entrevista a Maurice Herzog que concedií en su anterior visita a España en 1999.
Si Herzog les hubiera dejado, Lachenal y Terray habrían gastado el último cartucho, pues el tiempo se les echaba encima, en la vía del Espolón Norte, tan difícil que fue abierto en 1996 después de numerosos intentos fallidos. Las locomotoras de los Alpes, como eran conocidos, formaron la avanzadilla de la expedición cuando se decidió dejar el Dhaulagiri e ir al Annapurna.
Fueron sinceros: "Hemos encontrado pasos de V, y el final no lo hemos visto pero parece que se dirige a la plataforma de arriba. Podemos hacer subir a los sherpas aunque sea a
rastras". Ante esa perspectiva, el jefe decidió seguir explorando, lo que significaba una nueva pérdida de tiempo para otros, hasta encontrar una ruta donde las posibilidades estuvieran más claras.
Sin duda, ésta fue una de las disensiones que hubo en la expedición al Annapurna de 1950 recientemente puestas de manifiesto en diferentes publicaciones. En este caso Herzog llevaba razón, pero hubo más. Cuando 'Carnets du Annapurna' (versión íntegra de los censurados 'Carnets du Vertige' publicados en 1956) de Louis Lachenal, y la biografía escrita por Yves Ballú de Gaston Rebuffat aparecieron en Francia a mediados de los 90 ya dieron lugar a la polémica. "Verdades de polichinela", nada que no se supiera, las definía Jean Michel Asselin, redactor jefe de la revista Vertical, siempre en defensa de Herzog y de la leyenda.
Aparecían discusiones, enfados, diferentes criterios, jerarquía y autoridad, exceso de protagonismo donde sólo había fraternidad según la versión oficial del famoso libro de Herzog, 'Annapurna primer ochomil' que, por esas fechas había superado ya los 10 millones de ejemplares vendidos.
En 1999, la publicación de 'Annapurna, true summit' del americano David Roberts apareció como una revisión de lo ocurrido en aquella ascensión mediante el contraste de las obras anteriores y algunas conversaciones personales, incluido el propio Herzog.
La foto de Herzog coronando el Annapurna Foto: Lachenal
En 2000, coincidiendo con la conmemoración del 50 aniversario, se publicó la traducción en Francia y desencadenó allí una persecución mediática. La atmósfera de "por fin vamos a cazar al viejo zorro", resume Asselin, planeaba sobre los fastos de Chamonix. Terminados, Herzog salió indemne, asegura el periodista francés. Como colofón, se hacía pública con énfasis la gran pregunta: en esa foto no se ve la cumbre, luego ¿realmente estuvieron en la cumbre? La respuesta de Herzog: "No me aventuré hasta el filo de la arista por temor a que se
desprendieran las cornisas". ¿Suficiente? Para algunos parece que no. Una última acusación, Herzog aparecía como el gran triunfador y los demás, incluido Lachenal, casi como comparsas.
La polémica
Efectivamente, no fueron así todas las disensiones de la expedición al Annapurna. Herzog reconoce en su libro que él no se empleaba en labores de tipo doméstico, y Gaston Rebuffat mandó una carta a su mujer donde decía: "Hoy he engrasado las botas a Maurice". El mismo Gaston a quien Herzog no le dejó subir al pico Tukucha, desde donde habrían comprobado la inviabilidad del Dhaulagiri mucho antes. Herzog afirma que dirigió la expedición mediante el
consenso. Lo aprendió durante la guerra dirigiendo a un grupo de partisanos. Todavía hoy esboza una sonrisa cinematográfica del tipo "ironías del destino" cuando lo recuerda. Él, el único no comunista, dirigía a un grupo comunista. "El consenso es lo único bueno que le concedo al comunismo".
La foto no publicada de Lachenal Foto: Herzog
Pero él tenía el consenso agarrado por el mango. Tenía la autoridad en la expedición, y se esforzó en no perderla: él daba las órdenes, y tomaba las grandes decisiones, como
cuando era un partisano. "Todos habían hablado y habían sido escuchados, ahora me toca a mí tomar la decisión", cuenta Maurice Herzog sobre la reunión de "consejo de guerra" en la que se decidió abandonar el Dhaulagiri y dirigirse al Annapurna. Era el jefe y los demás habían jurado obediencia. Aunque tímida e incómodamente, habían pronunciado el mismo juramento que los miembros de la expedición al Gasherbrum de 1936: "Prometo por mi honor obedecer al jefe de la expedición
en todo cuanto me ordene para la buena marcha de la expedición". Era una liturgia normal entonces.
En los 90, sin la existencia del juramento previo, no es tan extraño encontrar alpinistas que han tenido que retroceder, contra sus deseos, por orden del jefe "para la buena marcha de la expedición". Herzog no siempre se salió con la suya. En esa misma reunión de "consejo de guerra" que se celebró el 14 de mayo, propuso instalar sistemáticamente cuerdas fijas en el
Dhaulagiri, lo que fue rechazado de plano por sus compañeros quienes, además de valorar la magnitud y peligrosidad del empeño, por los comentarios del propio Herzog en su libro, llevaban una idea muy alpina. De alguna manera, Herzog, quien en algún momento se sintió como la boa que se tragó al elefante que aparece en El Principito, al igual que el rey del cuento, tomaba las grandes decisiones ordenando lo que sabía que los otros, la mayoría de los otros, podría aceptar.
Con los
años, una vez más, ha quedado de manifiesto, el descontento que se produce en los extremos del "consenso". Además, todos los miembros de la expedición eran conscientes de lo que se esperaba de ellos, aunque a algunos no les apeteciera lo más mínimo. No estaban en una ascensión más de los Alpes, ni siquiera se trataba sólo de escalar el primer ochomil del mundo, que ya había sido intentado por el alpinismo francés en 1936, en el Gasherbrum 1 donde sólo llegaron a 6.500 metros. Lo
que estaba en juego ahora, era devolverle a la juventud, a un país entero destrozado por la guerra, un ejemplo donde mirar. Cousteau se fue a los océanos, Herzog al Annapurna.
(Ediciones Desnivel acaba de publicar una nueva edición de 'Cuadernos del vértigo' de Louis Lachenal, que incluye la versión íntegra del Diario del Annapurna)