Finalistas del Concurso de Relato Corto Desnivel.com
Por
Redacción digital
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BOTELLAS
Cuando la noche del catorce de abril, la
señora Smith lo encontró rebuscando en su contenedor de basura, casi llama al
sheriff del condado.
A la señora Smith le costaba conciliar el
sueño. Daba vueltas y vueltas y más vueltas en una cama que parecía haber
crecido desde que se divorció. Primero escuchó el maullido asustado del gato de
la pobre señora Wilson, su vecina. Después crujidos en el suelo de madera de su
propio porche. Buscó la linterna en el cajón de la mesilla y bajó las escaleras
muy despacio, hacia la cocina. Lo espió a oscuras, desde detrás de los visillos.
Que un tipo barbudo vestido de montañero rebuscara en su contenedor de basura a
altas horas de la madrugada seguro que violaba algún precepto legal o, como
mínimo, era pecado.
El tipo levantó la cabeza. La señora Smith
se agachó, para ocultarse detrás del fregadero y comenzó a mover los labios,
recitando salmos lentamente. Cuando se atrevió a salir de su escondite, el tipo
ya no estaba. De su presencia, sólo quedaba su contenedor de basura revuelto y
restos del pastel de carne de aquel mediodía, esparcidos por el porche.
Si aquel tipo no hubiera rebuscado en su
contenedor, tal vez no lo habría reconocido cuando lo encontró husmeando entre
la basura de la taberna del viejo Bob. Pero hasta la noche del dos o del tres de
mayo (según la versión) no descubrió qué buscaba. El tipo tenía la cabeza dentro
del contenedor de su vecina, la pobre señora Wilson, que vació con pericia en
apenas unos minutos. En un saco únicamente guardó unas botellas. Cuando aquel
tipo se colocó el saco al hombro, la señora Smith se aventuró a pensar por el
sonido que se llevaba únicamente las de cristal.
No pudo evitar comentarlo en la tienda de
la señorita Elisabeth. Todos los vecinos del barrio elaboraron sus propias
teorías acerca de lo que pretendía aquel tipo de las botellas de cristal.
−Quiere reciclar − dijo la señora Wilson.
−Bah, es para sacarse unos peniques con la
reventa− manifestó el viejo Bob.
−Seguro que quiere enviarlas al Tercer Mundo−
afirmó la señorita Elisabeth.
La señora Smith decidió seguirlo una noche.
Aquel tipo parecía haberse mudado a la mansión abandonada. Al menos, tenía
llaves para entrar. La señora Smith rodeó el edificio. Por una rendija de la
valla de madera del patio, observó como el tipo vaciaba el saco con las botellas
de cristal que había recolectado en una montaña que ya se levantaba casi un
metro sobre el suelo.
A comienzos de junio casi todos los vecinos
del barrio se asomaban al verle pasar con el saco y le daban sus botellas.
Botellas de cerveza, botellas de agua, botellas de refresco, botellas de leche.
Las guardaba todas. Le daba igual el tamaño, aunque prefería las de litro. No
las quería llenas, sino vacías. De hecho cuando encontraba alguna sin usar, la
destapaba y la vaciaba en una alcantarilla. Tampoco le preocupaba el color
(transparente, marrones, verdes) y le daba igual que tuvieran o no etiqueta, con
tal de que fueran de cristal.
− He dicho que no de éstas no quiero. No
me sirven. No soy ningún basurero− protestaba indignado cuando le ofrecían una
botella de plástico.
Y la tiraba con rabia en mitad de la calle.
Aquel caluroso verano de mil novecientos
noventa y uno fue una época excelente para recoger botellas. Los turistas, las
terrazas y las sombrillas pronto se adueñaron del Paseo Marítimo y multiplicaron
la producción. El tipo llenaba los sacos y a menudo tenía que arrastrarlos por
las calles hasta el patio de la mansión abandonada. Sin embargo, la mañana de un
domingo, la señora Smith se dirigía a la Iglesia cuando encontró botellas de
cristal sin recoger en la zona de bares. Después de misa, recogió las botellas
que pudo en bolsas de plástico, las llevó hasta la mansión abandonada y llamó al
timbre.
− Te las entrego con una condición− le
dijo−. Dime para qué quieres las botellas.
− Para escalarlas− le contestó.
− ¿Para escalarlas?¿Por qué quieres
escalarlas?
− Se lo prometí.
− ¿A quién?
El tipo se quedó en silencio.
Al final de aquel verano ya empezó a
refrescar, la señora Smith comenzó a llevar un gorro de montañero y su cama
parecía haber menguado de nuevo. Los sacos de las botellas de cristal los
vaciaban desde la tercera planta de la vieja mansión abandonada. El tipo le
comentó a la señora Smith que lo dejarían en cuanto la montaña se levantara una
altura más y superara al tejado.
Llegaron las lluvias. La montaña de
botellas de cristal, aún no había conseguido la altura esperada, pero el tipo no
estaba dispuesto a escalar la montaña cuando empezara a congelarse la cumbre.
Decidió iniciar la ascensión la mañana del dieciséis de noviembre.
El campamento base se estableció en el
jardín de la mansión abandonada. El tipo se había afeitado la barba y ocultaba
sus ojos detrás de unas gafas de sol con el cristal de espejo. En la cintura
llevaba una cantimplora con agua que le había prestado el viejo Bob. La pobre
señora Wilson, demasiado tenía con cuidar de su gato, pero le había dejado la
mochila y la señorita Elisabeth, aparte de lavar y planchar su ropa de
montañero, se había ofrecido como enfermera del campamento base.
−Necesitarás también un sherpa− le dijo la
señora Smith.
−Venga, ponte el gorro− le contestó el tipo−.
Le prometí que haría cumbre antes de que anocheciera.