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LA REALIDAD DEL HIMALAYA
Rescates en altura, ¿una quimera?

Lorenzo Ortas, conocido alpinista y ochomilista oscense, participó en la primera línea desde el Club Peña Guara en el intento de rescate de Óscar Pérez. Estas son sus reflexiones que envía a “quien corresponda”.

Por Redacción desnivel.com   digital@desnivel.es Actualizado 25.11.2009 14:10  Enviar a un amigo  Versión para imprimir

Lorenzo Ortas en Riglos.


Lorenzo Ortas en Riglos.

Junio de 1950, Maurice Herzog y Louis Lachenal, tras conseguir la primera ascensión al primer ochomil, descienden agotados, ciegos y con severas congelaciones de la cumbre del Annapurna. Después de un duro vivac, Terray y Rebufat, con ayuda de los sherpas, consiguen rescatarlos de la montaña.

Verano de 1977, Chris Bonington y Doug Scott llegan a la cumbre del Ogro, un difícil siete mil del Karakórum. Durante el descenso, Doug Scott tiene un accidente y se fractura los dos tobillos. Siete días después, con ayuda de sus compañeros y arrastrándose de rodillas consigue llegar al pie de la montaña.

En el 1996. Después de una masiva ascensión al Everest en la que participaban guías profesionales y miembros de expediciones comerciales, una tormenta deja aislados a numerosos alpinistas por encima del collado Sur. Ocho de ellos mueren durante esa noche y otros morirán después a causa de las lesiones sufridas durante la tormenta. Anatoly Boukreev sale de noche de su tienda en el collado Sur, a casi ocho mil metros de altitud y, en plena tormenta, consigue rescatar a tres alpinistas.

Agosto de 2005. El esloveno Tomaz Humar queda aislado a casi seis mil metros de altura en la pared de Rupal, en el Nanga Parbat, mientras intentaba abrir una nueva vía. Siete días después es rescatado por un helicóptero paquistaní en una más que arriesgada maniobra.

Mayo de 2008. Durante cinco días, Iñaki Ochoa de Olza agoniza en el Annapurna, a más de siete mil metros de altitud. Pese a los esfuerzos de sus compañeros para organizar un rescate, solo el suizo Ueli Steck consigue llegar hasta él, no pudiendo hacer nada más que acompañarlo hasta su muerte.

Invierno de 2009. Las imágenes de un rescate en el Aconcagua estremecen a la opinión pública. Un guía es “abandonado” por sus rescatadores ante la imposibilidad de mantenerse en pie y auto ayudarse en el descenso. Tres alpinistas más fueron salvados por este equipo que literalmente se jugó la vida ascendiendo al Aconcagua en plena tormenta y que intentó sin éxito subirlo a la cumbre para descenderlo por la otra vertiente.

Agosto de 2009. Álvaro Novellón y Óscar Pérez consiguen escalar en el más puro estilo alpino el Latok 2, de más de siete mil metros, en el Karakórum paquistaní. Durante el descenso, sufren una caída y Óscar tiene varias fracturas que le impiden moverse. Álvaro se ve obligado a dejarle lo mejor que pudo en esas circunstancias en una repisa de la cara sur, a más de 6.300 metros de altura, y desciende al campo base en busca de ayuda.

Desde Huesca se intenta organizar un rescate en el que participan los mejores porteadores de altura, alpinistas norteamericanos y alpinistas españoles, algunos desplazados urgentemente desde España. Después de más de diez días de esfuerzos infructuosos, el mal tiempo y las nulas esperanzas de poder llegar hasta Óscar hacen desistir del intento y se abandona el rescate.

Latok II vertiente contraria


Latok II vertiente contraria

¿Se podría haber hecho más?

Dos meses después, todos los que de alguna manera estuvimos involucrados en este triste episodio hemos meditado y analizado, una y otra vez, todo lo que pasó y nos hemos preguntado si se podría haber hecho algo más.

Los medios especializados, la prensa y el mundillo del alpinismo, casi por unanimidad, han elogiado insistentemente el trabajo realizado por los “rescatadores”, tanto los que estuvieron a pie de obra intentando subir hasta Óscar como los que, desde Peña Guara, estuvimos peleando para hacer posible lo que desde el principio parecía imposible. Pero, al final, y a pesar de los elogios, hay que reconocer que fue un auténtico fracaso y que Óscar se quedó en su repisa esperando a que alguien llegara hasta él.

Tiempo de aprender

Ahora es tiempo ya de aprender y corregir lo que sucedió para que la próxima vez, el que asuma la responsabilidad de un rescate así no se vuelva a encontrar los mismos muros insalvables que, una y otra vez, se interpusieron entre Óscar y nosotros.

Al recibir la llamada de Álvaro Novellón comunicándonos que había dejado a Óscar en una repisa de la montaña, herido y sin posibilidades de valerse por sí mismo, desde Peña Guara nos pusimos a organizar el rescate. Desde el principio fuimos conscientes de que era una carrera contra reloj, que Óscar no podía esperar mucho tiempo.

Lo primordial fue localizar a alguien que desde Pakistán coordinase el rescate, localizase alpinistas aclimatados y capaces de escalar la montaña y contactase con los helicópteros del ejército paquistaní. Afortunadamente encontramos a Sebastián Álvaro, sin duda la persona con más experiencia que podríamos haber deseado para esto, que inmediatamente se puso al frente del rescate.

Encontrar a los alpinistas fue mucho más complicado. Primero porque el Latok 2 es una montaña difícil y muy alta, y después porque en agosto la temporada de expediciones ya está terminando y la mayoría de los escaladores, o han regresado a casa o están en ello. Ramón Portilla, Álvaro Corrochano y Antonio García Moratinos se prestaron a ayudar pero la montaña estaba por encima de sus posibilidades. Finalmente, los norteamericanos Fabrizio Zangrili, Dave Ohlson y Chris Szymiec se ofrecieron aunque sólo Fabrizio estaba capacitado para escalar por la arista NO del Latok 2. Era nuestra única y mejor baza, había que jugar con esas cartas, no había tiempo para nada más.

Se envió con toda la urgencia un equipo de rescate desde España (Dani Ascaso, Jordi Corominas, Jordi Tosas, Jonatan Larrañaga y Simón Elías), con escasa aclimatación pero con toda la fuerza que da el ir a ayudar a un amigo. Era la retaguardia que Fabrizio necesitaba y no se escatimó en gastos para garantizar la seguridad del operativo.

Todo este entramado que describo abreviadamente tenía que funcionar como una jugada a varias bandas, contando con el buen tiempo y, sobre todo, con la colaboración de los helicópteros que tenían que aportar la sincronización al engranaje en esta carrera contra el tiempo.

Latok II vertiente del campo base


Latok II vertiente del campo base

Con los helicópteros falló todo

Y allí empezó a fallar todo. Una semana después de recibir el aviso, todavía no se había comenzado a escalar la montaña. En Pakistán no hay equipos de rescate, no hay pilotos especializados ni protocolos para una operación de estas características. Esto no está previsto y todo el esfuerzo humano y económico se vino abajo por la nula implicación de los pilotos paquistaníes que, a pesar de los esfuerzos de nuestra embajada y autoridades, hicieron costosos vuelos inútiles y no pudieron o no quisieron volar hasta el pie del collado con el ahorro de tiempo que eso hubiera supuesto.

No sabemos si este comportamiento es reprochable, a fin de cuentas ése no es su trabajo aunque bien que lo han cobrado. Pero nos tememos que esto puede ocurrir en cualquiera de los países del entorno himalayo donde se encuentran las montañas más altas.

La facilidad de comunicación que los modernos teléfonos vía satélite aportan hará que en cualquier momento se vuelva a repetir una situación como la que vivimos este verano: alguien llamará pidiendo auxilio desde algún lugar más o menos accesible y se volverá a organizar un rescate similar y… si alguien no lo remedia, volverá a ocurrir lo mismo. Todo será inútil ante las trabas burocráticas y la falta de implicación de las autoridades locales.

Alguien tiene que ponerse a trabajar en este asunto. Es un tema tan complejo y difícil que se tardará muchos años en resolver, pero cuanto antes se dé el primer paso, antes se conseguirá.

  ¿Debería encargarse la UIAA?
El principal problema es saber a quién le corresponde asumir esta ardua tarea. Tal vez debería ser la UIAA (Unión Internacional de Asociaciones Alpinas) o la CISA (Comité Internacional de Socorro Alpino) o tal vez alguna asociación internacional de empresas de expediciones comerciales. Lo que está claro es que no se puede depender de un hipotético contacto entre jefes de estado o de la presión mediática para que se pongan los medios necesarios; la mayoría de las veces no habrá tiempo.

El problema tiene que estar previsto y solucionado con antelación. Al mismo tiempo, estos acuerdos deberían contemplar el entrenamiento específico de los pilotos, la existencia de depósitos de material, cuerdas fijas, tiendas, sacos… e incluso una provisión de botellas y mascarillas de oxígeno que permitan trabajar en altura a alpinistas no aclimatados.

Tampoco hay que olvidar la necesidad de adaptar las primas de los seguros a los costes reales que supone un despliegue como el que se hizo en el Latok.

  Aventura e impotencia
El día que un helicóptero consiguió posarse en la cumbre del Everest, la aventura sufrió un golpe mortal. Tal vez también con la aparición de los teléfonos portátiles vía satélite. Es posible que con la posibilidad de ser rescatado de una gran montaña desaparezca la aventura en el sentido más romántico de la palabra. Supongo que es el precio que hay que pagar por los avances tecnológicos, pero a nadie le deseo la frustración e impotencia que sentimos al ver al equipo de rescatadores en el helipuerto y al helicóptero parado mientras se comprobaba si habían llegado los avales, mientras los días iban pasando como si fuéramos incapaces de atravesar un muro invisible de trabas burocráticas, y mientras Óscar agonizaba sentado en su repisa esperando que alguien llegara hasta él.

Lorenzo ORTAS

© Ediciones Desnivel

   

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