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ENTREVISTA
Ángel Landa. Alpinismo, escuela de vida

Las enseñanzas que debían haber inculcado los viejos profesores de la Escuela Nacional de Alta Montaña a las jóvenes generaciones no han calado en muchos casos, reconoce Angel Landa, brillante alpinista vasco. En este artículo realiza una lectura crítica sobre nuestro himalayismo y alpinismo.

Por Redacción digital   digital@desnivel.es Actualizado 03.08.2009 17:19  Enviar a un amigo  Versión para imprimir

Ángel Landa. Foto: Luis Alejos


Ángel Landa. Foto: Luis Alejos

Hay grandeza y belleza en la montaña, y también generosidad, compromiso y ética en los alpinistas. Esa es la gran lección que nos dejaron aquellos maestros.

Para algunos miembros de la nuevas generaciones, tal vez necesite presentación. Ángel Landa (Vizcaya 1935) es autor de un buen número de primeras ascensiones en el País Vasco, y en Picos de Europa así como primeras invernales, a menudo con el fallecido Pedro Udaondo, en los años 50. En 1967 fue el director técnico de la expedición vasca a la Cordillera Blanca, y en 1974 de la primera expedición española al Everest, la Tximist. Siempre se ha declarado atraído por la vida y obra de Walter Bonatti y como él ha mostrado su disconformidad con la mercantilización de la montaña. En este artículo repasa la ética, el ser alpinista, el papel de los medios y el de la mujer antes de presentar sus propias conclusiones sobre cómo se está abordando hoy el éxito en la montaña.

La montaña
“Es cierto que, de todos los placeres inocentes, ninguno tanto como el alpinismo puede considerarse de provecho mental y físico, ya que a través de los esfuerzos que exige escalar en medio del aire enrarecido de la montaña, se renueva la energía y, por efecto de las dificultades vencidas, el alpinista queda mejor preparado y fortalecido para afrontar las dificultades de la vida y resistirlas”. Así lo expresaba el primer alpinista que escaló hasta el trono de San Pedro: Achille Damiano Ambrogio Ratti (Pio XI). No pocas son las veces, cuando vamos a la montaña que llevamos en la mochila el peso de nuestras preocupaciones y a la vuelta, el peso es menor, es como si por la pureza del aire hubiéramos alimentado el espíritu y el peso se notara menos. En la montaña vamos aprendiendo a ser solidarios, compañeros y que somos algo más que animales, a medida que nos vamos dando cuenta de lo pequeños que somos y que nuestra grandeza está en lo que sabemos, y sabemos hacer, que es la parte superior del saber. En la vida, te pueden traicionar y decepcionar muchas cosas, pero la pasión tan profunda que penetra en el alma por la gracia que la montaña tiene, espanta la idea de la muerte y produce una sana e inenarrable alegría.

Con toda la humildad que me permite mi carácter y naturaleza, sabiendo que cuando más me aleje de dicha humildad más lejos estaré de la realidad, deseo expresar algunas ideas sobre los derroteros por los que está discurriendo hoy en día el alpinismo, basándome en las experiencias y conocimientos que he obtenido a lo largo de más de 50 años de práctica en este deporte. No pretendo hacer creer a nadie que lo sé todo sobre el alpinismo; pero sí les puedo decir que, por la cuenta que me tenía, debía saber a dónde iba, por dónde, cómo y cuando, para poder regresar sano y salvo a casa.


En la montaña vamos aprendiendo a ser solidarios, compañeros y que somos algo más que animales.
Ética
Los de mi generación nos hicimos alpinistas gracias a la conducta y gracia de aquellos grandes guías (Terray, Bonatti, Cassin y un largo etcétera) que nos marcaron el camino con su forma y estilo, dando ejemplo de honradez y ética. Nos dijeron que subir a la montaña no es una cuestión de vida o muerte, sino de algo más importante: la moral, la ética, la elegancia y el estilo, y dejando siempre claro cómo lo haces y porqué lo haces; pues todo no vale, ni en este deporte ni en nada, sin ética.

Si, hay grandeza y belleza en la montaña, y también generosidad, compromiso y ética en los alpinistas. Esa es la gran lección que nos dejaron aquellos maestros. Y es una lección que la repetiré cuantas veces sea necesario.

Un gesto elegante, por ejemplo, fue protagonizado por escaladores vascos cuando hubimos de realizar dos rescates en la cara Oeste del Naranjo de Bulnes. El primero de los rescates se efectuó en 1969, cuando desgraciadamente ya estaban muertos Berrio y Ortiz. Escalar la pared helada y vertical de la montaña durante más de 48 horas seguidas fue de sumo riesgo de muerte. Al año siguiente, también en invierno, en el mismo lugar y, en peores condiciones, logramos rescatar esta vez con vida a los madrileños Lastra y Arrabal. Cuando el rescate se acabó, sin esperar ninguna recompensa, nos vinimos para casa, con la satisfacción de haber hecho bien los deberes. Esto es lo que se puede llamar un bello gesto. Hay quien puede decir que los tiempos han cambiado, ya lo sabemos, que ahora nadie va con el burrito a moler trigo a los molinos de viento, pero no obstante el viento sigue el mismo. Lo clásico no envejece ni muere nunca.

Expedición al K2 en 1994. En la imagen, vista del K2 entre nubes (vertiente pakistaní/ Sur). Foto: Alberto Iñurrategui.


Expedición al K2 en 1994. En la imagen, vista del K2 entre nubes (vertiente pakistaní/ Sur). Foto: Alberto Iñurrategui.

   
Nada puede seguir adelante sin memoria, ya que ésta es la maestra de la vida; no para la nostalgia, sino para el futuro. La memoria son las sensaciones, y lo que queda de ella es el alma. No debemos olvidar nuestro pasado, porque en él están nuestros sueños, experiencia e historia. La montaña tiene magia, el alpinismo, más.

Otro momento mágico, pleno de estilo y de ética, fue la extraordinaria y singular hazaña deportiva y humana –ante la cual hay que descubrirse, con reverencia incluida- que protagonizaron dos grandes alpinistas, uno vasco y otro italiano, para salvar la vida de otras dos personas. Generalmente, los alpinistas suelen ser cortos en palabras y largos en hechos, ellos no han narrado al público su hazaña, porque no quieren medallas mediáticas, por lo tanto no seré yo quien desvele aquí sus nombres. Aquel día, la Parca le había ganado la partida a la pareja que rescataron en el K2, era una muerte anunciada, pues no son pocos los que momificados duermen el sueño eterno en esas alturas sin posibilidad de rescate. Pues bien, esos dos bravos alpinistas, en 14 horas de extenuante esfuerzo desde los 8.500 metros se jugaron la vida para salvar la de sus compañeros, pues ellos, en hora y media, podían haber estado a salvo. Aunque parezca extraño, ningún medio de comunicación se hizo eco de tal proeza, porque no saben lo que es eso, ni creo que les importe. Sin embargo, yo si quiero que sepan que no conozco hazaña parecida, ni desinterés igual, por parte de los propios medios. ¡Aquella hazaña sí merece el premio Príncipe de Asturias!

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