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ENTREVISTA

Joao Garcia: "Ahora me siento más alpinista que antes"

Tras completar los catorce ochomiles en 2010, el mejor alpinista portugués de la historia continúa en el Himalaya, disfrutando en montañas vírgenes y rutas inéditas.

Isaac Fernández/DESNIVEL - Viernes, 21 de Julio de 2017 - Actualizado a las 14:30h.

Joao Garcia, décimo en alcanzar los 14x8000 en invierno en la Librería Desnivel en marzo 2015
Joao Garcia, décimo en alcanzar los 14x8000 en invierno en la Librería Desnivel en marzo 2015 (© Darío Rodríguez/DESNIVEL)

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  • Joao Garcia, décimo en alcanzar los 14x8000 en invierno en la Librería Desnivel en marzo 2015 Joao Garcia, décimo en alcanzar los 14x8000 en invierno en la Librería Desnivel en marzo 2015
  • Ángel Salamanca y Joao Garcia en un seismil virgen de la zona del Lobuche. Ángel Salamanca y Joao Garcia en un seismil virgen de la zona del Lobuche.
  • Joao Garcia en el trekking del Lobuche. Joao Garcia en el trekking del Lobuche.

João Garcia acaba de cumplir los 50 años y es la figura más destacada de la historia del alpinismo portugués. Fue el primero de su país en escalar el Everest sin oxígeno en 1999, completó las Siete Cumbres y fue la décima personad el mundo en subir a los catorce ochomiles sin oxígeno, desafío que culminó en 2010 con el Annapurna.

Sin embargo, su carrera no se ha terminado ni mucho menos. Desde entonces, está más activo que nunca. Por un lado, ejerce de guía en las altas montañas del planeta y, por el otro, busca objetivos que le motiven de verdad, en lugares adonde no ha llegado jamás otro ser humano. Muchas de sus últimas ascensiones han pasado desapercibidas –el público no está tan atento a lo que ocurre por debajo de los 8.000 m–. Algunos ejemplos de ese renovado João Garcia son sus aperturas con Ángel Salamanca en 2014 y esta pasada primavera de 2017 en sendos seismiles vírgenes de Nepal.

Coincidimos con él hace unos días en Barcelona, con motivo del evento "La superación nos hace únicos" de Sea to Summit y Leatherman. Aprovechamos para charlar un rato en privado y nos ponga al día.

"El patrocinador siempre quiere las máximas opciones de éxito con el mínimo riesgo posible"

Eres una de las personas que ha conseguido los catorce ochomiles sin oxígeno. ¿Cómo resumirías toda esa experiencia ahora, desde la perspectiva de haberlo hecho hace ya un tiempo?
Para mí, esa experiencia tiene como dos fases: la primera, de 12 años en los que hice 6 cumbres, fue por pasión y subiendo más despacio; después pasé a la fase profesional, también apasionante, pero ya con condiciones profesionales, con patrocinador. Fueron 5 años y me proporcionó las condiciones para hacerlo de forma más rápida y segura. Pero en todos estos patrocinios, siempre hay por detrás el negocio de la publicidad, y el patrocinador siempre quiere las máximas opciones de éxito con el mínimo riesgo posible. Como deportista que quiere siempre superarse y hacer retos más difíciles, yo intenté superarme con la forma: ya que no puedo irme por una cara norte porque el patrocinador dice que "por ahí no vas a hacer cumbre y quizás el próximo año no podremos ayudarte", intentaba hacerlo de una forma más rápida; esa fue la innovación que yo puse en mis últimas expediciones.

Cuanta más experiencia tienes, más te das cuenta de que no hay que escalar como hace 50 años, con el campo 1, 2, 3, 4... y puedes pasar a dar saltos. Pero para dar saltos grandes también hay que entrenar de forma más actual y más científica. Así, los logros de los que me siento más orgulloso, no consiste tanto en abrir una ruta nueva en un ochomil, sino en hacer un Broad Peak en 11 días, un Annapurna en 7 días, cuando la media de la gente se queda allí entre tres y cinco semanas. Es posible hoy en día hacer las cosas más rápidas y quizás con menos riesgo.

"Mi peor experiencia fue en el Everest de 1999, donde murió mi compañero y yo sufrí congelaciones"

¿De qué montañas de esos catorce ochomiles guardas un recuerdo más intenso? El mejor momento y el peor...
El peor fue el Everest en 1999, que fue mi tercera cumbre, pero con las consecuencias de perder un poco el control de la expedición por el hecho de cometer algunos errores. Regresé con congelaciones en los dedos y mi compañero, el belga Pascal Debrouwer, murió. Hizo cumbre conmigo pero en la bajada se quedó en las laderas... Yo bajé al campo 4, estuve esperándole, y pasé otra noche esperándole y no bajó, y cuando bajé yo ya estaba congelado...

Y la mejor expedición, o la más difícil de mi vida, quizás fue la del Kangchenjunga, donde coincidí con los chicos de Al filo de lo imposible, con Ferran Latorre, Juan Vallejo, Alberto Iñurrategi... Fue mi primera expedición patrocinada por ese patrocinador. Era la primera del cambio y sentía que tenía que impresionar al patrocinador. Me fui con un chico portugués que no iba a ir a cumbre, pero que iría a filmarme hasta un punto determinado. Pero entonces nos dimos cuenta que se puso enfermo con una apendicitis. Llamamos al helicóptero, bajamos el glaciar hasta una altura donde el helicóptero podía recogernos y nos fuimos a Katmandú. Fue operado 24 horas después –si no, hubiera muerto– y yo me quedé una semana en Katmandú, en época de maoístas.

Se lo expliqué al patrocinador y le pedí más dinero para contratar otro helicóptero para volver a la montaña, pero cuando regresé a la montaña 12 días después, toda la gente con la que yo había estado escalando ya estaban más adelantados a nivel de adaptación a la altura. Cuando ellos hicieron cumbre, yo no lo logré, porque todavía estaba con una adaptación a la altura insuficiente.

Ellos se fueron y yo me quedé sin campo base. Telefoneé a un amigo en Katmandú que me dijo que fuera a escalar con dos sudamericanos –un colombiano y un ecuatoriano–, que fuera a comer con ellos y lo intentara. La verdad es que no estaba convencido por no haberlo intentado. La expedición de Al filo... también lo había intentado pero no lo había logrado y se había dado la vuelta muy cerca de la cumbre. Iván Vallejo, el ecuatoriano, había estado en ese último intento, pero cuando se enteró que había un portugués que iba a subir solo y que venía buen tiempo, decidió quedarse en el campo 3 esperándome. Era su tercer año intentándolo y ya estaba un poco desesperado

Me encontré allí con él y fuimos hacia la cumbre. Fue muy difícil. El Kangchenjunga tiene sólo 20 metros menos que el K2, pero a diferencia de esta montaña, que tiene la última dificultad técnica a 300 metros de la cumbre y después se trata sólo de terminar el maratón, en el Kangchenjunga cuanto más cerca estás de la cumbre más técnico se vuelve y más difícil es encontrar el camino. No es como en otras montañas, donde tienes siempre un montón de cuerdas viejas... ¡ahí no hay nada! Tienes que ir subiendo y bajando para ver si la ruta va por allí o por allá. Y abrir huella nosotros dos solos... Y eso sabiendo que en el campo base sólo estaban Fernando González 'Fercho', de Colombia, dos cocineros y tres porteadores esperando. Si moríamos, se iban para casa. Si bajábamos, nos íbamos a casa. No había ninguna otra expedición, era el final de la temporada.

"Es importante hacer las cosas y es importante la forma cómo hacemos las cosas"

El sentimiento que me llevó a la cima fue por haber ayudado a mi compañero, que no se murió de apendicitis por unas horas, y que me daba el derecho de intentarlo de nuevo en condiciones, con todas las posibilidades, con buena aclimatación. E Iván también tenía muchas ganas y mucha ilusión y, cuando llegó a la cumbre, lloró y lloró... Yo ya estaba preocupado y le dije: "No pasa nada, hombre". Y él, entre lágrimas: "¿Cómo que no pasa nada? Estamos en la cumbre del Kangchenjunga...". Es la montaña más dura técnicamente, de altura extrema, de dificultad para encontrar la ruta, con la presión de tener que impresionar al patrocinador... No podía dejarlo a la primera y volver a casa sin nada, sólo con la excusa de que mi compañero se puso enfermo. Es importante hacer las cosas y es importante la forma cómo hacemos las cosas; tenemos que ser verdaderos y honestos con nosotros mismos. Sabía que no lo había intentado y no iba a salir de allí sin intentarlo.

Para ti siempre ha sido importante cómo hacer las cosas, pero una vez terminados los 14 ochomiles, sigues en las montañas. ¿Quizás ahora tiene más importancia el cómo hacemos las cosas?
No quiero sorprender a nadie, pero yo digo que ahora me siento más alpinista que antes, porque estoy descubriendo montañas a las que nunca ha subido nadie y eso es una ilusión muy grande que está apareciendo en mi vida. El hecho de estar patrocinado... no es una trampa, pero es un negocio y yo sólo puedo decir sí o no; no tengo toda la libertad. Y ahora sí tengo esa libertad. Voy con mis grupos a Nepal, hacemos cosas fáciles y ya estoy allí, ya estoy aclimatado, me quedo un par de semanas más y me permito disfrutar. Sin presiones; si lo hago, lo hago, y si no está en condiciones y no se puede hacer la cumbre, pues habremos hecho una cara muy chula, bajamos y para casa con la mujer y los hijos y a compartirlo con ellos, que están aquí sufriendo. Porque nosotros somos unos egoístas; vamos a nuestras montañas y es la familia la que se queda aquí sufriendo. Hay que compensarlos, porque ellos sí que son los héroes y no los alpinistas. Me he dado cuenta pasados unos años.

"Por encima de todo, subir es opcional, bajar es obligatorio"

¿Cómo eliges esos objetivos de hoy en día? ¿Qué características reúnen?
Hay un montón de sitios. Como voy a menudo por trabajo al valle del Khumbu, para mí es más práctico ir allí porque ya tengo allí mi equipo a 4.000 m, a dos días de distancia de un montón de proyectos. Así que tiene que ser allí. Ahora no voy a irme a la Tierra de Baffin, porque para ello debería volver a la trampa del patrocinio y el negocio de la publicidad, hacer películas... y no quiero. Además, hay tanto por hacer que me contento con esos valles. Saco fotos, venimos, buscamos información y, si no hay información, tanto mejor. Ya crearemos nosotros la información. Y como son proyectos de a dos o a tres, pues son ideas de dos o tres las que se ponen encima de la mesa y se discuten: este me parece bien, este me parece que para temporada de primavera es muy frío o muy alto, este para otoño me parece muy avalanchoso... Además, hay que irse con la mente muy flexible, muy relajado, y con dos o tres proyectos. Y si vuelves con un proyecto hecho, ya estás contento. Y por encima de todo, subir es opcional, bajar es obligatorio. Si regresas bien a casa, el día ya está bien ganado.

Para terminar aclarando una cosa: aquí estamos en el acto de un patrocinador, pero entiende que es diferente a lo de ser un alpinista patrocinado que decías antes...
Sí, sí, muy diferente. Este no es un patrocinador de escaladas, sino que es un patrocinador como de premio de carrera, para reconocer que he hecho un montón de logros y es casi una compensación. Me da toda la libertad y si mañana no quiero subir nada, no subo nada. También por eso me siento muy contento y muy reconocido en esta casa que me han elegido, porque en la península Ibérica hay un montón de gente con tanto o más valor que yo.

Uno de los grandes clásicos de la literatura de montaña

Portada del libro: Entre cero y ocho mil metros, por Kurt Diemberger

Entre cero y ocho mil metros

por Kurt Diemberger

Con esta nueva edición —veintidós años después de su publicación por primera vez en España— queremos recuperar uno de los grandes clásicos de la literatura de montaña. En palabras del propio Diemberger, «es el libro de mi juventud. Lo escribí pensando que no iba a escribir otro, por eso puse todo mi corazón y mis ideas en él. Estoy muy satisfecho y lo considero mi mejor libro».

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