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LA LEYENDA DE LOS STONE MASTERS

Jim Bridwell y la apertura de Sea of dreams

Jim Bridwell El Pájaro está pasando duros momentos y serios problemas de salud. Le mandamos mucho ánimo y rescatamos este excelente texto en el que nos relata la mítica apertura de Sea of dreams al Capitán en 1978.

Jim Bridwell - Miércoles, 17 de Enero de 2018 - Actualizado a las 14:00h.

Jim Bridwell en el 32º Festival BBVA de Cinema de Muntanya de Torelló (2014)
Jim Bridwell en el 32º Festival BBVA de Cinema de Muntanya de Torelló (2014) (© Darío Rodríguez/DESNIVEL)

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Jim Bridwell El Pájaro (1944) se encuentra ingresado, con graves dolencias en riñones e hígado. Se ha creado una campaña para pedir donaciones que puedan costear los gastos médicos. Hoy le mandamos muchó ánimo, le deseamos que se recupere pronto y rescatamos este artículo (publicado en la revista Desnivel 352, noviembre de en 2015).

La apertura del Mar de sueños por Jim Bridwell, Dave Diegelman y Dale Bard en 1978 marcó un evidente punto de inflexión en la escalada de big wall. Con doce largos cotados originalmente como A5 y cinco de A4, la línea del Capitán sigue constando entre las grandes y temidas líneas de artificial del Valle. Ahora, cuatro décadas después, el comandante de los Stone Masters rememora su escalada.

Sea of dreams, por Jim Bridwell

Casi no puedo dar crédito al descubrimiento de aquella secuencia de paños con escaso relieve que ahora conocemos como The sea of dreams. En cierto modo, aquel personaje llamado John Yablonski y al que cariñosamente conocíamos como Yabo, fue el que despertó mi interés. Miré por unos prismáticos que me prestó un turista, pero para descubrir las debilidades de la roca hacía falta una herramienta mejor. El telescopio Queststar que los servicios de rescate guardaban en su almacén iba a ser la clave, y yo todavía tenía acceso a él por los servicios prestados en el pasado, pero esa es otra historia...

Charlie Row condujo su VW hacia el Outdoor Theater del Cap (así llamábamos al prado de la base) y yo llevaba el telescopio. El pequeño pero potente aparato refractor –una selección de lentes de hasta 500 aumentos almacenadas en una maleta Haliburton– de inmediato atrajo a un grupo de amigos curiosos. Entonces hago un rápido cálculo geométrico para obtener una estimación del margen de error. Lo más importante es el desplazamiento angular del Sol. Quiero ir más allá y tengo en cuenta las variables de los cuerpos celestes de la época del año: era junio.

"En el universo de los universos no hay nada aleatorio. Todo... TODO es el efecto de una causa"

La razón por la que examinaba todas estas cuestiones que la mayoría considerará una bobada es porque sé que en el universo de los universos no hay nada aleatorio. Todo... TODO es el efecto de una causa. Yo conocía desde hacía tiempo la existencia de una súper-consciencia universal, un asunto que había discutido largamente con Frank Sanchete, físico teórico y escalador de élite, sentados alrededor de la gran chimenea del salón de campo (ahora es un bar). Me hablaba de la necesidad de encontrar un tedioso proceso matemático que demostrara su tesis. Con tres meses de diferencia, otra persona en Suiza defendió la misma teoría. ¿Coincidencia?... No es probable.

Descubrir las características de la roca

Descubrir las características de la roca dependería de la proyección de las sombras, por eso le pedí a John Dilo que me dejara usar el Queststar unos días. “Aquellos que fallan en la preparación, se están preparando para fallar”, Benjamín Franklin, quien también dijo: “Si dudas, no lo hagas”. ¿Qué sentido tiene hacer algo si ya sabes que puedes hacerlo? En enero de 1971 recorté un titular de un periódico de Londres que decía: “No hay pared fácil que merezca la pena ser escalada”. ¡Brillante! 

“No hay pared fácil que merezca la pena ser escalada”

Estaba recogiendo el telescopio para devolvérselo a Charlie cuando un Cadillac blanco con matrícula de Texas se detuvo. La ventanilla eléctrica bajó dejando ver el cabello gris azulado de una mujer de sesenta y muchos preguntando qué era lo que todo el mundo miraba, a lo que respondí: “Escaladores en la gran roca blanca”, y los señalé. Su rostro era una mezcla de incredulidad e indignación, consecuencia de muchos años de prejuicios fruto de la opinión pública.

El marido, sentado en el asiento del acompañante, parecía congelado por la parálisis de la demencia senil. La vieja salió del coche con una agilidad insólita exigiendo la localización de los invasores criminales de la vertical. Después de dar a la matriarca la ubicación exacta y unos prismáticos buscó hasta que encontró a los locos, momento en el que decretó: “¡Tendría que haber una ley que prohibiera esto!”. Le dije que no se preocupara, que todo llegaría.

Nota: después de la primera ascensión a nuestra ruta, sólo dos cordadas pudieron escalarla antes de que un cerrojazo dictatorial del Gobierno clausurara la pared. Pasarían cuatro años hasta que los tiranos naturalistas de la pseudo ciencia localizaran otro nido que adorar, mientras tanto los no creyentes estábamos en ayunas. Yo solo pude dar gracias de que los dinosaurios se hubieran extinguido.

Ya había visto lo suficiente como para saber que la vía iba a exigir lo mejor de los mejores escaladores. Estaba atacado con el asunto y me moría de ganas por agarrar un teléfono y llamar a mi compañero, Dean Diegelman, que esperaba también con un buen nivel de ansiedad. Dave, sin dudarlo, se ofreció como recadero. Compraría los víveres y se encargaría de poner a punto el material de cada uno. Aparte, debería hacerse con un toldo, nuevo o usado; iba a ser algo esencial.

Regresé de la pradera y encontré a Dave reforzando con cinta adhesiva las asas de las botellas de plástico de medio galón que utilizamos para transportar el agua vital. Recogí casi todo mi material y Dave el suyo y desplegamos en el suelo una cantidad ingente de pitones, empotradores, mosquetones, cintas y cordinos. Mientras, le enchufé un buen discurso y acabó sucumbiendo a la liberación de adrenalina consecuencia de la aventura inminente.

Dave y yo pasamos los siguiente dos días

Dave y yo pasamos los siguiente dos días estudiando la ruta desde seis localizaciones estratégicas (que pienso revelar algún día antes de morir, si es que no estoy demasiado ocupado...). Entre sesión y sesión de análisis de la vía porteamos un montón de agua, equipo de vivac, material y cuerdas. Caminando por la mañana temprano nos encontramos una cuerda casi nueva que se le debía de haber caído a alguien, así que nos enrollamos y la dejamos en el mismo sitio.

Descargamos los petates y bajamos directos, parando de vez en cuando para mirar a la pared. Ese mismo día, algo más tarde, volví a subir para fijar una cuerda en el primer largo con una chica joven, K. B., que quería aprender las técnicas de escalada artificial. Es bueno ver cómo las mujeres muestran interés por una tarea presuntamente de hombres. Evidentemente, el hombre nunca ha estado dispuesto a hacer el trabajo de la mujer, mientras las mujeres nunca han dudado en hacer el trabajo del hombre. En la antigüedad, ellas eran, literalmente, esclavas de la familia. Sería un placer hacer de profesor.

Bajamos y, sorpresa, la cuerda seguía en su sitio. La metí en la mochila y continuamos, cuando nos topamos con un escalador francés que buscaba una cuerda; la había encontrado en la pared y la había dejado en la base para luego llevársela. “No, no he visto nada”, le respondí y le deseé suerte. Ahora la tengo yo, bobo. K. B. guardó silencio; ella no tenía ni idea de que planeaba dársela a Diegelman.

Al día siguiente fijamos un par de largos más. Los dos resultaron una excelente prueba, de esos que hacen sacar lo mejor de uno mismo. Experimenté un debate interno sobre si un enorme y peligroso bloque que se mantenía en precario equilibrio en la parte superior del primer largo debía quedarse allí o no.

Había estudiado de tal forma la línea que sabía el número exacto de agujeros tallados para ganchos que tendríamos que hacer y el de taladros para buriles, y también sabía cómo y dónde usar los nuevos materiales. Acababan de aparecer algunos inventos, como los empotradores de levas y una amplia gama de ganchos a los que yo mismo hice algunas modificaciones. Me maravillaba el genio inventivo de Greg Lowe, el auténtico impulsor de la tecnología de los friends, que fue timado por Ray Jardine, quien le robó la idea mientras trabajaba para él. Un tío que creía en Jesús... ¡Capullo!

Había observado un declive constante y generalizado de los valores de la población, así que una fiesta en los barracones de los trabajadores del Parque esa noche sería sin duda algo ejemplar. Conciencié a Dave, y a mí mismo, de las austeridades que nos esperaban. Sería como la transición entre el hedonismo y el estoicismo, la estabilidad mental ante el premio que buscamos, el santuario de la cordura dentro de nuestra pesadilla autoimpuesta. Eso es lo que define la ironía. Dave me dijo que Yabo, por ser el descubridor de la línea, debería tener adjudicada una plaza en la cordada, pero desde mi punto de vista esto por sí solo no era determinante; no éramos del todo compatibles... Normal. A mis 32, de alguna forma me había convertido en una especie de figura paterna para algunos y estaba obligado a representar ciertos valores. Existe una delgada línea entre la audacia y la estupidez, como la hay entre la prudencia y la cobardía. Yo estaba allí para ayudar a definir la línea. Había visto a demasiados escaladores jóvenes víctimas de la auto-glorificación. Es una fatalidad inevitable; así es la vida.

Empezaba mi segunda copa de vino

Empezaba mi segunda copa de vino cuando Dale Bard se acercó a mí. Dale no me caía bien por varias razones, una de ellas su declaración jurada que me costó cuatro días en la cárcel del Yosemite; en definitiva, era un mentiroso y yo no confiaba en él. Me preguntó si me importaba hacer una cordada de tres y me dijo que Dave había dado su consentimiento si yo aceptaba. “No”, le contesté. “Estamos preparados para empezar mañana y hemos previsto ir dos, no tres”. Tres, tal y como me enseñó la psicología, era un mal número; los números impares son malos en general para los trabajos en equipo y la distribución de las tareas.

Tres, tal y como me enseñó la psicología, era un mal número; los números impares son malos en general para los trabajos en equipo y la distribución de las tareas.

Dale insistía. Se ofreció a llevar los friends de Jardine, a comprar más alimentos y a subir más agua. Vinieron a mi mente las palabras de Ben Franklin: “Aquellos que sacrifican la libertad para comprar un poco de seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad”. Cuando vi la mirada tímida en su rostro cedí. Pensándolo mejor, le daría una oportunidad de redimir su carácter. Ya veríamos.

Dave y Dale subieron las cuerdas hasta la R3. Dave se encargó del cuarto largo, dejando el quinto para Dale. Mientras, yo calculaba la cantidad de comida y agua y hacía porteos a la base. Esa noche hicimos una valoración final. Solo quedaba coger las selecciones musicales de cada uno. En las cintas de Dave había una de Little Feet con una canción que decía “Sabrás que estás sobre la montaña cuando tu mente haga promesas que tu cuerpo no pueda cumplir”. Le pregunté si eso iba por mí. Rió entre dientes.

Dale y yo llegamos temprano al final de las cuerdas fijas mientras Dave se peleaba con los petates. Ante mí tenía lo que muy acertadamente habíamos llamado la Patata Frita: una fina escama de excelente granito del Cap. Este fue el campo perfecto para poner en práctica los nuevos cacharros que Dale le había pedido prestado a Ray. Llevábamos cuatro artilugios –llamados más tarde “friends”–, uno de cada talla, de una a tres pulgadas, repetido el número 2. Estos “amigos”, junto con un par de pitones estratégicamente emplazados, nos facilitaron el trabajo en la laja. Descendí para intentar un péndulo difícil. La pared era tan vertical que para alcanzar la estrecha repisa tendría que balancearme con mucha precisión hasta la altura justa. Qué demonios, había que darle una oportunidad.

Mi primer intento fue un fracaso, así que lo intenté un poco más abajo. Fui capaz de sujetarme el tiempo justo de buscar el emplazamiento de un gancho. El gancho aguantó lo suficiente como para meter un rurp y quedarme en la repisa. Dale limpió el largo mientras yo subía los petates. Cuando Dave llegó jumareando empecé la siguiente tirada. Dave se las ingenió para ganchear por los bloques sueltos del pequeño diedro que quedaba por encima de la reunión y de mi cabeza. Dale aseguraba y yo acababa de subir el último petate. Era ya tarde cuando Dave terminó, una vez más sin una sola perforación. Estaba entusiasmado de que hasta el momento solo hubiéramos tenido que recurrir tres veces al burilador. Todo estaba encajando de tal forma que nos confería una seguridad comedida; “comedida”, esa es la palabra exacta. La arrogancia encontrará su propio castigo. Para el primer vivac instalamos nuestras hamacas relativamente nuevas al final de la travesía Laura Scudder.

Al día siguiente

Dale encabezó un largo corto que finalizó en una reunión sin expansiones. Desde allí me dio el relevo para hacer otro largo de pocos metros, el Easy Street. Tres horas de oscuridad inspiraron un uso muy eficiente de la técnica. La fisura se alargaba unos cinco metros antes de desaparecer y exigir el uso indiscriminado de la fuerza bruta para pinchar la piel del Cap.

Había hecho dos agujeros cuando dos pequeñas hueveras aparecieron por encima. Esto nos hizo progresar con rapidez hasta los dos agujeros finales y el punto del péndulo. Habíamos cambiado el buril de aluminio de 6 mm por unos rivets industriales de 2 cm de largo y 7,5 mm con la punta ligeramente cónica que aguantaban más peso y daban más confianza en los péndulos. Le dije a Dale que solo me bajara un metro y medio y comencé a balancearme y a correr por la pared hasta que salté a cazar un gran agujero. “¡Reunión!”, aullé.

El día siguiente desvelaría una de mis grandes dudas: ¿era yo un buen conocedor de la geología del Cap o en realidad no sabía una mierda? Por desgracia el siguiente largo le tocaba a Dave, él sería mis ojos en la inminente aventura. Experimenté a partes iguales envidia y un sentimiento paternalista. Deduje que a Dave le iba a llevar todo el día escalar aquel largo, por lo que básicamente yo tendría el día libre.

Me parece que voy a tomar un poco de LSD y contemplar los niveles inferiores de energías cósmicas. Qué bien. Me desperté temprano con el zumbido del motor solar de la Tierra y comencé los rituales de subsistencia. Escarbé en el petate con las raciones de comida y agua mientras los otros se despertaban. Era un método discreto de poner en pie al equipo para continuar nuestra búsqueda de la excelencia. Llegué a la conclusión de que esta fórmula era más correcta que gritarles “¡Despertad, negros vagos y poneos ya a trabajar!”, especialmente después de consumir media dosis de LSD.

Lo que se considera negativo en una época puede no serlo en otra, depende de la evolución de las sociedades, así que le dije a los muchachos que lo hicieran lo mejor posible. “La mente falla antes que el cuerpo; tenéis que creer en vosotros mismos”.

Acababan de empezar

Acababan de empezar los primeros efectos del agente psicotrópico cuando oí la repetición insistente de un martillo golpeando el burilador; algo no iba bien, no debería estar haciendo ninguna perforación todavía. Salí de mi ensueño y subí para ver si había otras alternativas. Dave ya había empezado un segundo agujero cuando le pregunté que por qué estaba taladrando; me contestó que Dale se lo había dicho. Entonces le pregunté que qué iba a hacer cuando él no estuviera allí para darle consejos. No escuches a Dale ni dejes que otra persona dicte tus normas.

Por encima de Easy Street, Dave gancheó por una vira de cuarzo para después seguir en artificial por unas fisuras finas; finalmente colocó tres rivets para desde allí hacer un péndulo. Me sentí orgulloso de su inventiva cuando hizo unos gancheos laterales opuestos a la dirección del péndulo para mantener la posición y poder buscar un mejor emplazamiento para otro gancho.

Fue genial verle resolver uno de los largos más increíbles del mundo poniendo sólo tres rivets y un buril en la reunión.

Fue genial verle resolver uno de los largos más increíbles del mundo poniendo sólo tres rivets y un buril en la reunión. Estaba tan entusiasmado siguiendo a Dave que casi me olvidé del LSD... Casi. Dale atacó el siguiente largo, uno de los claves, Sea of Cortez, también A5. La verdad es que los chavales estaban partiendo la pana. Recuperé el largo de Dale al día siguiente, cuando unos amigos, Max Jones y Mark Hudon, se bajaban de Pacific ocean en unos de los primeros intentos de repetición. Mark había arrancado un pedazo de la laja de Continental Shelf, en el tramo final de Easy Street, y tuvieron que descender. Nos dieron unas cervezas y agua para continuar nuestra aventura y nos desearon lo mejor.

Nuestro objetivo para el día siguiente era llegar a la repisa Big Sur. El primer largo me tocó a mí. Un corto péndulo a la izquierda (desde un rurp y un knife blade ecualizados para evitar poner un buril) me lleva a un tramo fácil de artificial hasta una reunión limpia. Dave, muy inspirado, abrió otro largo de A5 camino de Big Sur. Calculé que ya estábamos como a mitad de pared; hasta este punto habíamos tenido la suerte de encontrar cómodas repisas, pero a partir de este punto desaparecerían. Íbamos a penetrar en el corazón de las tinieblas; la diorita siempre es desalmada. Las fisuras buenas coinciden con bloques sueltos –las que valen para algo están en vetas de cuarzo– o con tramos marrones que parecen capas de cartón podrido. Hay una razón por la que la roca negra es vertical: lo que falta se ha caído.

Después de una noche cómoda

Dale continuó su camino, descendiendo a la derecha para luego subir hasta la cima de un fino pilar donde puso dos buriles. Le llamamos el Peregrine Pillar, por los halcones peregrinos que llevábamos tres días viendo. El largo fue bastante corto, sólo ascendimos unos seis metros sobre Big Sur, con una escalada libre bastante curiosa para encaramarse al pilar.

Enseguida me puse a trabajar en el siguiente, una intrigante serie de problemas únicos sobre diorita me condujo hasta una especie de roca marrón muy extraña y lisa. A regañadientes, cogí el burilador, pero descubrí que solo haría falta hacer pequeños agujeros para acoplar los nuevos ganchos Chouinard. Un paso final sobre un pequeño gancho Leeper apoyado precariamente en una regletilla me hizo llegar a una buena fisura donde monté la reunión. Rapelé hasta Big Sur y Dale limpió el largo, a Dave le tocaría el primer largo del siguiente día.

Por la mañana, mientras Dave se empleaba a fondo en el largo Blue Room, a mí me tocó hacer inventario de comida y bebida y determinar si iba a ser necesario hacer ajustes en el consumo.

El sol ya había abandonado la pared cuando Dave gritó a Dale que estaba abajo en la reunión tomándose el resto del día libre. De repente sentí unas gotas; el cielo estaba despejado y eso no podía ser lluvia. Lo que pasó es que Dave estaba meando haciendo espirales en la dirección de las agujas del reloj y, por el efecto coriolis, llegaba a mí. Miré hacia arriba y descubrí la fuente. ¡Me estaba meando! Le grité para que parara mientras pensaba como un idiota: “Mea contra la pared y así el pis correrá por ella y dejarás de ducharme”. A la vez, Dale vociferaba preocupado al ver la reunión que Dave había montado; Dave decía que estaba perfecta pero Dale le decía que o metía un buril o no se colgaría de ella.

Una vez emplazado el seguro, Dale limpió el largo. A Dave se le quedó grabada la expresión de la cara de Dale cuando llegó a la reunión montada sobre seis rurps; menos mal que la sensatez de Dale le hizo añadir un seguro fijo. Entonces decidimos que Dale abriría el siguiente largo, The Ace in Space, otro póker de ases. Rurps, ganchos y otras técnicas endiabladas de artificial que finalizaron en una de las pocas reuniones con dos expansiones; en este caso era necesario para soportar el peso de, al menos, dos de nosotros y todo lo demás.

Di con el nombre de la vía en un verso de la Electric Light Orchestra. “Flotando a través de un mar de sueños...”

Por la tarde charlamos y concretamos los nuevos objetivos a la vez que comentamos lo que ya habíamos hecho. Di con el nombre de la vía en un verso de la Electric Light Orchestra. “Flotando a través de un mar de sueños...” fue la letra que inspiró el nombre y con el que todos estuvimos de acuerdo. Pero ahora el objetivo era terminar la ruta haciendo solo cuarenta taladros o menos.

Como hasta ese punto ya habíamos emplazado once bolts, casi todos en reuniones, y otros trece rivets en largos, pensamos que el reto nos haría competir por dar lo mejor de cada uno. La competición es imprescindible para la evolución social; ahora bien, que esa competición sea destructiva o productiva lo determinarán factores personales y la influencia de los valores tradicionales. Solo el futuro podrá decirnos si esa competición fue la mejor manera de motivarnos.

Nos las apañamos

Nos las apañamos para subir el material por los cuatro largos en solo dos izadas, lo que me permitió comenzar el siguiente largo como a media mañana. La ruta continuaba por un dique de cuarzo que atravesaba la diorita hasta el techo de North American Wall. La transición entre los dos tipos de roca ofreció un trabajoso artificial en la línea del resto la vía. Tuve que estrangular muchas flores de clavos Leeper y knife blades y poner algún rurp ocasional. En la reunión más de lo mismo, menos rurps: catorce clavos cuidadosamente emplazados y ecualizados en grupos de tres, algunos un poco más altos para reforzar los de abajo. ¡A prueba de bombas! Llamé al largo The Bull Dike, dedicado a la degradación de la moral americana.

Dave comenzó la siguiente tirada. La zona lisa de siete metros entre la reunión y el comienzo de una fisura en forma de arco, ancha, musgosa y sucia le llevó como una hora. Luego comenzó a tirar grandes trozos de tierra y musgo de la fisura sobre la reunión. Era un trabajo agotador y lento, y como la oscuridad acechaba, Dave trianguló tres pitones y lo bajé. Tendría que terminar el largo de nueve a cinco al día siguiente, de ahí el nombre.

Dave emplazó los anclajes a la derecha del borde del arco desplomado; fue una de los reuniones más aéreas de mi vida. Era tan desplomado que ni me molesté en plegar la hamaca para izarla. La subimos tal cual, la colgamos y Dave y yo nos sentamos cómodamente para segurar a Dale. Dale subió en artificial por la izquierda siguiendo una buena fisura para ganchear después en algunas lajas raquíticas que salían de una roca marrón de dudosa calidad. Después de un par de gancheos, comenzó a lacear lajas razonablemente sólidas e incluso se aventuró a hacer algunos pasos extraños en libre para terminar el largo bajo un techito.

Llevábamos días recorriendo los paños oscuros de la parte superior. Finalmente pudimos ver con claridad el camino a seguir, por una sección en la que resultaba difícil intuir las debilidades de la roca, y ahora entiendo por qué. Una laja blanca, fina y ondulada nos permitió cruzar a la derecha a través de un excelente granito blanco. La cosa prometía. Yo ocupaba mi tiempo libre observando las tácticas de caza de los halcones. Mi pasión por la cetrería, el antiguo pasatiempo de los reyes, data de tiempos del instituto, y casualmente fue lo que me llevó a interesarme por la escalada en roca, pero esa es otra historia...

Mi padre me educó con una infinidad de perlas de sabiduría; recordé su dicho, “Quien duda está perdido” y lo tomé como una mandamiento para empezar de inmediato. En la laja horizontal me quedaba de los ganchos y luego ponía un clavo para el que venía de segundo. En las zonas donde la laja era vertical puse un anillo para guiar la cuerda, también pensando en el que venía detrás. Al final, la laja terminaba en un arco ascendente donde metí un copperhead para alcanzar una pequeña panza donde pensé en taladrar para colocar un gancho y salir en libre hacia la derecha. Una vez más encontré anclajes sólidos que me permitieron no pasar por el tedioso proceso de taladrar.

Hasta ese momento nuestra media era de dos largos y medio por día, lo que nos daba esperanzas de hacer cima al día siguiente. Dave abrió casi la mitad de su largo hasta que la noche nos obligó a descender al vivac.

Aquella noche discutimos sobre el grado

Aquella noche discutimos sobre el grado de la vía según las referencias de dificultad de la época. Este método funciona si puedes recurrir a experiencias previas y, en aquel momento, fui yo quien inclinó la balanza de la credibilidad. Decidí que la honestidad era la mejor política y que la compararíamos con las escaladas que habíamos hecho, sus dificultades y la duración de las dificultades. Los nuevos materiales cambian la percepción sobre la dificultad y, además, las repeticiones mejoran el equipamiento. De hecho, los friends que nos prestó Ray Jardine eran un claro ejemplo, ya que eliminaban casi por completo la necesidad de usar clavos de V. Estábamos en América –ya saben, vida libre y búsqueda de nuevas herramientas–. La ley de la entropía rige en este tipo de asuntos.

Por la mañana, Dave subió por la cuerda que había fijado el día anterior. El largo era más complicado de lo que habíamos calculado, quizás A5, y necesitó dos horas más para terminarlo. Dale le relevó; su largo cerraría el asunto. Sabía que unas placas sencillas conducían hacia el final izquierdo del techo. Un diedro corto que necesitó tres anclajes nos dejó en el borde de la pared. Desde la primera ascensión a The North American Wall, quedarse en la cima del Cap era un ritual obsoleto ya que allí no hay agua.

Me sentí como un bandido

Me sentí como un bandido, habíamos robado una piedra preciosa que nunca podría repetirse. Nadie podría tener la satisfacción de explorar lo desconocido, de resolver problemas inesperados, de cooperar, de planear con sabiduría, de coordinar con inteligencia fuerzas individuales y necesidades para incrementar la eficiencia y la valentía. Una vía como ésta tiene que servir para convertirnos en personas más fuertes.

Subimos las hamacas y las colgamos de un gran árbol. Dave puso la cinta de Little Feet con una parsimonia jocosa; habíamos conseguido abrir la ruta. Al final, los números decían que tenía nueve largos de A5, tres de A3 y el resto de A4. La escalada había requerido 39 seguros fijos. Si se hubiera hecho en un entorno alpino, hubiese conseguido el grado VII de big wall (pero en Yosemite es VI).

La única constante de los mundos evolutivos del tiempo y del espacio es el cambio. Las criaturas mortales en un mundo como el nuestro debemos hacer los ajustes necesarios para mantenernos y perpetuarnos o, de lo contrario, nos extinguiremos. Como dijo Bob Dylan: “El que no está ocupado naciendo está ocupado muriendo”. Y eso mismo sucede al cuantificar un logro: solo se puede aplicar al estándar de su presente, de ahí el añadir + o – a la escalada libre y al artificial. Lo hicimos lo mejor que pudimos pero no salió perfecto porque nosotros no lo somos... aún.

Lo hicimos lo mejor que pudimos pero no salió perfecto porque nosotros no lo somos... aún.

Nota: Sea of dreams solo tuvo dos ascensiones antes de su cierre de enero a agosto durante una década. Cuando se abrió, los pájaros se habían mudado al Half Dome.

Continúa: no coloqué bolts en ninguna de mis reuniones. Hay que tener en cuenta que con el tiempo se han producido cambios en la ubicación de algunas; por ejemplo, el largo Big Sur acababa en la cima del Peregrine Pillar, que ahora se encuentra a unos tres metros de la base de North American wall, en el cráter que creó al caer, por lo que este hecho cambia la longitud de los largos de To the Tooth. Nosotros no salimos por el Igloo, acabamos por North American wall, unos 25 metros a su derecha. Desde luego, los más de 60 agujeros, la mayoría expansiones, que tiene ahora la vía han cambiado la graduación original.

Fuimos unos cabrones egoístas que robamos la experiencia a los demás, ¡ja, ja, ja!

 

 

Jim BRIDWELL
Traducción: José Manuel Velázquez-Gaztelu y Ana Torres

Historias de escalada

Historias de escalada

por Jim Bridwell ; Keith Peall

Durante casi tres décadas Jim Bridwell, ha sido una fuerza impulsora en el ambiente de la escalada, no sólo en América sino en todo el mundo. Su experiencia abarca todo el espectro de disciplinas de la montaña, desde la escalada libre extrema en paredes de roca hasta las cumbres del Himalaya.

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