


Una de las huellas fotografiadas por Bacelar durante la travesía Dolpo-Mustang. Foto: José Ramón Bacelar/desnivelpress.com |
Es un primero de noviembre gélido. Las mulas no han pasado buena noche. El
reloj marca las siete de la mañana mientras el pequeño campamento cobra vida.
La jornada que les espera por delante recorre durante tres horas un sistema de
valles lunares siempre en sentido este, para más tarde ascender hasta un
corredor a 4.900 metros donde uno ha de esforzar la vista para ver el final. Lo
conocen como Charka La y lleva directamente a Charka. Llevan retraso -hace
quince días que comenzaron a caminar sin parar en jornadas de ocho
horas-, pero por ahora el frío les retiene en sus sacos.
Lo primero por lo que José Ramón Bacelar se preocupa es por la hora. Lo
segundo, por las acémilas. «Me preocupan los ojos de las mulas con el sol y la
nieve. ¿No tienen oftalmias como los humanos?», escribe José Ramón en su
diario. Cuando sale de la tienda se encuentra con algo más que las mulas. Un
rastro de huellas rodea el campamento, llega a cuatro metros de las bestias de
carga y pasa a veinte centímetros del lugar donde la cabeza de Bacelar reposaba
durante la noche. «¿A qué le habré olido?», bromea más tarde en su diario,
tras comprobar que las huellas encontradas son de un arrojado leopardo de las nieves.
Ha estado afilando sus uñas y olfateando, y se ha marchado.
Después de las fotos de rigor parten en dirección a Charka. Nueve horas de
marcha y al anochecer asoman por la ciudad. «Si tenemos suerte mañana
iniciaremos los tres días de travesía a Lo Mantang». José Ramón va a
afrontar por primera vez la ruta de Dolpo a Mustang. Ningún occidental lo ha
hecho. Y en realidad, está prohibido debido a los conflictos entre Nepal y
China.
Amanece, a siete bajo cero, el 2 de Noviembre, con noticias buenas y menos
buenas. Ese día le es imposible continuar la marcha. Toca descanso. Por otro
lado unos caballos están dispuestos a salir el día siguiente hacia Lo Mantang,
con lo que la expedición añadirá tres nuevos miembros, que se unen a Chandra,
el sirdar y a Asman, el cocinero. Mirándolo bien quedarse en la ciudad no es
tan malo, pues se va a celebrar una Puya, una celebración budista, y José
Ramón, estudioso de dicha religión, no se tiene intención de perdérsela.
Aunque el resto del día la gripe que carga desde hace horas le relegue al saco.
Foto: Eric Shipton/desnivelpress.com">


Fotografía tomada por Eric Shipton en 1951 en el Himalaya y que fueron entonces dudosamente atribuidos al Abominable Hombre de las Nieves. Imagen publicada en el libro "El sentimiento de la montaña" (pag.335). Foto: Eric Shipton/desnivelpress.com |
La ruta del cordero azul
Hay muchos momentos en que la fiebre y el dolor dejan de importar, o más
bien se olvidan. José Ramón Bacelar le prestó el teléfono satélite a una
mujer. Ésta llamó a su hijo, residente en Katmandú y con el que no había
tenido contacto en una década, y convirtió un gesto trivial en un momento
extraordinario.
Por Charka hace mucho tiempo que los años dejaron de correr, manteniendo el
espíritu disciplinado y sereno de los que vinieron antes que ellos. Y excepto
los monjes y los porteadores, en general, la gente no sabría describir un
teléfono satélite. Sí saben que pueden usarse al instante para hablar con
quien más necesitan. Esa mujer llora mientras habla con su hijo. Llora de
alegría y de lejanía. Llora como madre, mientras con la mano amasa una torta
de excremento de Yak, su combustible. «En una mano el siglo XII y en la otra el
XXI», pensaba José Ramón.
Fue un día duro ese 3 de noviembre. Sin paradas. El sistema de valles les
conduce a Kyang, para seguir rumbo este. Ascienden derreras y derrubios hasta un
collado desde el que comienza un valle alto, plano y herboso. Ha sido un día
soleado, en el que los hados les han vuelto a cruzar con una sorpresa. Durante
la marcha han podido observar dos rebaños de más de sesenta ejemplares de
barales, el cordero azul. En este lugar la soledad es extenuante y la caza
inexistente. Estos corderos sagrados pacen tranquilos, como si a unos
kilómetros sus hermanos no hubiesen ido desapareciendo, a la vista, aunque
escondidos.
La ruta continúa saciando esa necesidad incansable de exploración. José
Ramón no duda en ponerle un nombre. La ruta del Cordero Azul. Aunque la lista
se ampliará tras los hechos del día siguiente.
El día 4 les trae sol. Y lo necesitan. En el interior de las tiendas la
temperatura alcanza los -12 grados y en el exterior, los -18. José Ramón se
consuela: «Hoy por fin pasaremos el último collado para alcanzar Lo Mantang,
capital del reino de Mustang. Se ha congelado el boli. Espero escribir esta
noche en la otra vertiente». Ha dormido mal, se nota la altura y la ausencia de
nicotina. Dejar de fumar antes de la expedición le ha resultado difícil, pero
el espectáculo vivo del Himalaya es una buena terapia. Ascienden lentamente el
valle, flanqueado por suaves seismiles, quizá la mayoría sin cartografiar. El
camino es incomodísimo. Pocos han pasado por aquí. Su legado son los hitos que
de cuando en cuando se levantan sobre el caos de piedras.
Su altímetro marca 5.400 pero en realidad están a 5.700 metros sobre el
mar. El silencio es absoluto. La nieve cubre la superficie yerma del valle.
Chandra se ha detenido y señala el camino. ¡Yeti!, grita.