CAMPO DE HIELO SUR
Primera exploración del Lago Greve
Cristian Donoso se embarcó, con sus compañeros, en un viaje extraordinario, recorriendo más de 2.000 km en kayak, atravesando el Lago Greve, ascendiendo cumbres vírgenes... en lo que para muchos era un desafío inasequible.
Cristian Donoso, explorador y autor de este artículo. Foto: Col. Cristian Donoso
El lago Greve y su entorno se mantenían como uno de los últimos grandes
sectores inexplorados de la América meridional. Contenido en una cuenca
amurallada por paredes de granito, bordeado por una selva fría en ocasiones
seis veces más densa que lo más denso del Amazonas, y con siete frentes de
glaciar vertiéndose sobre sus aguas -entre ellos el glaciar más grande de
Sudamérica- el Lago Greve aparecía en la imaginación como un universo
inaccesible. Nuestra expedición perseguía no sólo alcanzar sus aguas
vírgenes, si no cruzarlo entre sus puntos extremos, separados por más de 50
kilómetros, algo que para muchos se planteaba como un desafío imposible a
causa de su densa capa de témpanos, que habitualmente forma una banquisa muy
consolidada, ya sea por saturación, por congelamiento de las aguas intermedias,
o principalmente, por el empuje del viento. A estas dificultades había que
agregar la adversidad climática de esta región, de sobra conocida.
Nuestro punto de partida fue la pequeña villa de Puerto Edén, ubicada en el
levante de la Isla Wellington, a la que accedimos con Juan Pablo Ortega tras
navegar cerca de 550 kilómetros en kayak de mar desde Caleta Tortel.
Deseábamos realizar esta travesía de forma absolutamente autosuficiente,
sin depósitos previos o el apoyo de una embarcación externa. También se
planteaba el objetivo esencial de no intervenir el paisaje, abandonando equipos
o dejando otro tipo de rastro a lo largo de toda nuestra ruta.
Arrastraron sus kayaks por la meseta Caupolicán, a modo de pulkas.. Foto: Cristian Donoso
Empieza el viaje
Así, junto a Mario Sepúlveda zarpamos de Puerto Edén el pasado 2 de
octubre, y después de navegar en dos kayak Yukon Expedition cerca de 110
kilómetros por el borde del promontorio Exmouth y por un tempestuoso fiordo
Eyre -donde estuvimos detenidos varios días esperando el fin de un temporal-,
remontamos nuestro cuarto de tonelada de equipos hasta la Meseta Caupolicán o
el Capitán en el Campo de Hielo Sur, que se elevaba sobre los 1.400 metros de
altura de la costa donde desembarcamos, en el interior del fiordo Exmout.
Para remontar la meseta desde el mar tuvimos que atravesar selvas pantanosas
e izar nuestros kayak por una escarpada ladera de turbas y paredes escalonadas,
siempre bajo el feroz azote de la lluvia o del viento blanco. Una vez en la
meseta avanzamos cerca de 40 kilómetros hacia el norte, por un área no exenta
del peligro de grietas ocultas, enfrentando una poderosa cellisca y ventisca del
noroeste, y arrastrando los kayak como pulkas. Al final de la meseta se
levantaba la imponente cadena de montañas que nos separaban del lago Greve,
cadena que hasta ese momento se mantenía libre de toda incursión humana. Aquí
comenzaba propiamente nuestra exploración.
Ruta hasta y desde el Lago Greve seguida por la expedición. Imagen: Cortesía Cristian Donoso
Zambullirse en el caos
Nos internamos en esas montañas hasta un collado, por el que luego descendimos entre las grietas de un glaciar colgante, con una visibilidad que no
superaba los 20 metros. Cruzando un filo y realizando la primera ascensión
absoluta del que bautizamos como Cerro Sepúlveda, nos descolgamos por una pared
de granito cubierta de nieve, de 600 metros de desnivel, muy expuesta a
avalanchas. En su base quedamos a 500 metros sobre el nivel del Lago Greve,
entre la selva fría y el borde de una laguna semicongelada. Cruzar esta laguna
por su ribera de grandes rocas y caos de ramas, de 700 metros de largo, nos
llevó casi 8 horas de intenso trabajo, que incluyeron varias zambullidas
involuntarias, poco agradables. El último tramo para llegar al lago fue una
ladera escalonada con paredes de granito, cubierta de una selva muy compacta,
por la que tuvimos que descolgarnos.
Alcanzando el frente de uno de los brazos del Glaciar Brüggen, nos lanzamos
finalmente a navegar las aguas absolutamente vírgenes del Greve, cruzándolo
íntegramente hasta las impresionantes cataratas que lo desagüan. La fortuna
nos permitió contar con dos días prácticamente sin viento, lo que nos
facilitó mucho la navegación, sin embargo en algunas zonas tuvimos que superar
sendas banquisas, que nos obligaron a montarnos ocasionalmente sobre los
témpanos. Durante esta navegación contemplamos extasiados los siete glaciares
que se vierten sobre este inmenso deposito de hielos de 240 kilómetros
cuadrados de extensión, viendo algunos témpanos de tamaños colosales, nada
habituales en Patagonia. También encontramos bosques semisumergidos y una
población desconocida de huemules, ciervo endémico del cono sur y especie en
peligro de extinción. Todo eso convertía a este mundo perdido en uno de los
sitios más bellos que había visitado en mi vida.