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LA QUIETUD EN MOVIMIENTO
Entrevista a Mariano Lorefice

Campeón anónimo, humilde, tranquilo, solidario y sus hazañas enormes y discretas, hasta el momento lleva recorridos 100.000 kilómetros en su bicicleta, Rocinante.

Por   Actualizado 20.12.1998 14:17  Enviar a un amigo  Versión para imprimir
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Mariano en la High Way Karakorum, en Pakistán.


Mariano en la High Way Karakorum, en Pakistán.

Cervantes le habría recibido en su casa con curiosidad. «¿Por qué elegiste a Don Quijote como símbolo de tus dilatados viajes?», le preguntaría. Sin duda la respuesta dejaría satisfecho a don Miguel: «Porque lo veo como el idealismo y el deseo irrefrenable de vivir aventuras como fuente de motivación para retornar a la naturaleza en este loco y tecnificado mundo actual». Y para no olvidar al rucio inseparable acordó bautizar a su bicicleta con el nombre de Rocinante.
Mariano Lorefice tiene 29 años. Nació en La Plata, provincia de Buenos Aires, en un paisaje que nunca termina; sólo se funde con el cielo. Durante años, día tras día, en viaje de ida y vuelta y a lomos de una vieja bicicleta de tres velocidades, Mariano recorrió los 45 kilómetros que separaban su casa de la escuela agraria. Lejos de empacharse con tanta pedalada de necesidad, le tomó el gusto y atravesó la inabarcable pampa hasta los Andes. En el camino, terrible, fatigoso, plagado de peligros para un inexperto chaval de 17 años, aprendió la lección más importante: que la distancia es sólo cuestión de tiempo, y que sólo con paciencia se doblega. 
Una lección que puso en práctica en las carreras de larga distancia, inmensas, inimaginables: 200, 500, 1.000, 1.600 kilómetros de un tirón, combinando la natación, la bicicleta y la carrera. En esas pruebas descubrió, además, que un espíritu y una mente en forma eran el mejor bálsamo para los músculos cansados. A la vuelta de una carrera decidió dar rienda suelta a su vocación quijotesca y vagabunda y se puso en marcha para descubrir el mundo y vivir aventuras sin cuento. No es lo único que le une al de la triste figura; su chupada silueta y su discreta plática también nos recuerdan al hidalgo manchego.

Monovar, un pueblo alicantino cerca del Mediterráneo fue el punto de partida de tu vuelta al mundo. Ahora partirás de nuevo de esta localidad para llevar a cabo tu segunda circunvalación, esta vez por el Hemisferio Sur. ¿Qué tiene este lugar de especial?
Geográfica y estratégicamente la Península Ibérica fue la más indicada para iniciar mis viajes. En Monovar viven dos amigos, Saul y Marcos, que estudiaron educación física en mi ciudad natal. El pueblo de mis dos amigos fue el escogido para iniciar la vuelta al mundo. 

Sólo empleaste 232 días en cubrir 23.750 kilómetros, y eso con 78 jornadas de descanso. Esto hace una media de 154 kilómetros al día. ¿A este ritmo te daba tiempo de «conectar» con los paisajes que atravesabas?                                                                                                                            Para conectar con los paisajes no considero que sea necesario estar semanas o meses ya que en una fracción de segundo uno puede percibir y tener sensaciones muy difíciles de describir y que para transmitirlas sí haría falta mucho tiempo. Probablemente cada cual tenga su propio «tiempo» y necesiten más o menos para llegar a ese mágico instante en el cual la experiencia se hace única e indescriptible.

La palabra aventura no aparece nunca en tus declaraciones. ¿Por qué razón?
Para algunos es un término comercial y para otros uno de fantasía. No sé si la palabra aventura es una experiencia, un juego o un deporte. Tal vez tenga un poco de cada cosa. La magnitud y el grado de la aventura está condicionado por el conocimiento, la capacidad o el profesionalismo del que la encare. Es decir, que lo que para algunos es aventura, para otros más experimentados es simple rutina. 
Cuando yo tenía 6 años la aventura era dar la vuelta a la manzana. Cuando fui creciendo realizar en bicicleta los 45 kilómetros que me separaban de la escuela, era el desafío. Y ahora extraño la fantasía de aquel chico que luego de dar vueltas, muchas vueltas, a la manzana aceptó el desafío de atravesar el vecindario.

Frente a experiencias como la tuya, la gente se pregunta ¿Qué decide a una persona a abandonar la seguridad y comodidad de la casa y lanzarse a recorrer el mundo en un frágil vehículo?
No me siento tan cómodo y seguro en una casa, y la fragilidad de mi bicicleta me hace fuerte. Al recorrer el mundo pude comprobar que la bicicleta es el vehículo más popular, que el mundo gira a pedal y que Rocinante no está sola.

Tengo entendido que preparas tus viajes con una exactitud prusiana, y que tus cuadernos recogen con pulcritud todos los datos técnicos imaginables ¿Tienen razón los que dicen que todos tus largos viajes son sólo retos deportivos?
La preparación física y el historial deportivo de cada uno contribuyen a que uno pueda hacer más o menos kilómetros. Me gusta encarar retos deportivos, registrar datos técnicos y documentar todo. Pero más importancia le doy a las notas y comentarios que me deja la gente en mi libro de viaje. Los que dicen que mis viajes son sólo retos deportivos desconocen lo que significa enfrentar un desafío en el cual lo deportivo y los músculos inflamados pasan a segundo plano y se resaltan valores mentales y espirituales.

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