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ENTREVISTA
Ángel Landa. Alpinismo, escuela de vida

Las enseñanzas que debían haber inculcado los viejos profesores de la Escuela Nacional de Alta Montaña a las jóvenes generaciones no han calado en muchos casos, reconoce Angel Landa, brillante alpinista vasco. En este artículo realiza una lectura crítica sobre nuestro himalayismo y alpinismo.

Por Redacción desnivel.com   digital@desnivel.es Actualizado 03.08.2009 08:53  Enviar a un amigo  Versión para imprimir


Por mucho que sean los medios los que se los otorguen, son ellos los primeros que deberían negar su condición de “mejores alpinistas del mundo” o “reinas de los ochomiles”.

Pero a los medios lo que más les pone de la montaña es el drama, y de esta forma se convierte en más héroe el rescatado que el rescatador. La naturaleza tiene su voz. Ésta es otra de las lecciones que hay que aprender en la montaña, y hay que respetarla, pues no es infrecuente caer en la irresponsabilidad que hace arriesgar la vida de otras personas por estúpidas ambiciones para regocijo de los medios del reality show, que lo que quieren es carnaza. Todo ello convierte en un grave peligro tener que trabajar para mayor gloria de los vanos protagonistas.

Todas estas cosas suceden porque no hemos ido a vomitar a la raya de lo tolerable antes de que estas miserias terminen corroyendo el alma de los valores básicos y el corazón de uno de los deportes más ricos en convivencia humana. La impostura es el camino por el que por arrastramiento están siendo llevados los valores de nuestra libertad, que, según Don Quijote; y también los alpinistas, es “el más grande don que los Cielos han dado a los seres humanos”. Gracias a los medios, sobre todo a la TV, el alpinismo se ha convertido en motivo de discusión en bares y bodeguillas, donde es sabido que se habla de todos los deportes con pleno conocimiento. La gente necesita ídolos, y los medios hacen héroes y villanos, según sus intereses, desde la prepotencia del poder. No olvidemos que, con la misma sinrazón, Calígula nombró cónsul a su caballo.

Una anécdota de los tiempos heroicos. En el año de gracia de 1974 (Expedición Tximist al Everest), aún estábamos bajo el régimen cuartelero, y nos impusieron un periodipoli con la misión de comunicar, si procedía: “bandera española en la cima del Everest”. ¡Ja! Ahora mandan o va la TV, que es la que paga. Si me diesen a escoger, yo no me quedaba con ninguno de los dos.


Si las mujeres en la montaña quieren ser verdaderamente libres, no deben esperar a que los hombres les hagan el trabajo colocando campamentos y cuerdas fijas.

Mujer y alpinismo

Desde hace muchos años, las mujeres han conseguido retos deportivos de gran alcance en todas las disciplinas de montaña; han ocupado un puesto muy destacado en el alpinismo, y no es por ser mujeres, sino por las extraordinarias hazañas conseguidas yendo de primeras de cuerda y haciendo expediciones solamente de mujeres, Sin embargo, no las conocen ni en su portal (algo parecido para con los hombres a los que les interesa muy poco los ochomiles por sus vías normales, porque saben que eso está carente de valor alpinista, y de gracia). Por eso sentimos vergüenza ajena cuando desde algunos medios, por ignorancia, se pretende entronizar a quien nada tiene que ver con el espíritu de esas alpinistas, anteriores y actuales. A este respecto, recomiendo leer Cuerdas rebeldes, de Arantza López Marugán, (Ediciones Desnivel), con el fin de saber lo que las mujeres han hecho y siguen haciendo en alpinismo.

Ya en el verano de 1931, la norteamericana Miriam O’Brien escribió que la única manera de que una mujer escale de verdad es que no haya ningún hombre alrededor. Igual que una que yo se. Las cosas que con dinero se pueden comprar son baratas, sobre todo en el alpinismo. Si las mujeres en la montaña quieren ser verdaderamente libres, no deben esperar a que los hombres les hagan el trabajo colocando campamentos y cuerdas fijas, difuminando las carencias técnicas que puedan tener, para que ellas, explotando su condición femenina, cojan su jumar y vayan a la cima; eso es trampa, y ninguna mujer alpinista se puede sentir representada por semejante falacia.

Conclusión

Cada uno puede hacer en la montaña lo que sepa y pueda... ¡faltaría más! Ir a pasear al Pagasarri, sin prisa, un domingo por la mañana, coleccionar los tresmiles del Pirineo, escalar vías de Vº grado en Atxarte, intentar hacer un sietemil sencillo (o el Cho Oyu) con una expedición comercial, gastándose los ahorros de toda una vida para satisfacer una ilusión, o escalar vías difíciles de primero de cuerda, vías a menudo vírgenes; esta es la única forma de experimentar el deporte del alpinismo en toda su dimensión, porque lo más interesante y auténtico es resolver uno mismo los problemas, no que otros lo hagan por ti. Por ello, no es de recibo que un montañero de domingo, o un alpinista de vías trilladas, incluso de expediciones comerciales a las más altas montañas del planeta, se arrogue una condición o un mérito que no le corresponde. Por mucho que sean los medios los que se los otorguen, son ellos los primeros que deberían negar su condición de “mejores alpinistas del mundo” o “reinas de los ochomiles”. No basta con compararse con los mejores alpinistas de la historia (¡pero qué tupé!), y con la boca pequeña, decir que no llegas a ese nivel; así, se da a entender que estás solamente en un escalón inferior, cuando la verdad es muy diferente. Algunos ya sabemos quién es quién con el jumar y sin él. Las comparaciones son odiosas, y en algunos casos, blasfemas.

Pero ¡cuidado!, porque lo que si existe es gente dispuesta a discutir sin tener ni idea de lo que dice; y lo que están haciendo es repetir la voz de su amo: la TV. No pocas son las veces que, después de un intercambio de opiniones, la gente termina reconociendo que desconoce la cuestión que discutía con vehemencia. La negación es el ingenio de los tontos, y la contradicción su agudeza.

Ojalá sirva este escrito para que al menos toda esa gente se interese y se informe más, y de esa forma tenga más elementos de juicio para poder discernir quién es quién en este deporte que tanto amamos algunos.

Ángel Landa

   

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