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EN MEMORIA

Mari Ábrego: “Se ha perdido la esencia del esfuerzo, el descubrimiento y la exploración”

Recuperamos este texto que escribió Mari Ábrego en mayo de 2001 (Desnivel 173), cuando le invitamos a reflexionar sobre los cambios que había sufrido el Himalaya en las últimas décadas. Sirva de homenaje para recordarle.

Mari Ábrego/ DESNIVEL - Jueves, 19 de Abril de 2018 - Actualizado a las 17:47h.

Ilustración de Mari Ábrego. 2018
Ilustración de Mari Ábrego. 2018 (@Adriana Mosquera/Desnivel)

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  • Ilustración de Mari Ábrego. 2018 Ilustración de Mari Ábrego. 2018

A lo largo de las últimas décadas, la cordillera que alberga las mayores elevaciones de la Tierra ha sufrido un drástico, y por otro lado previsible, cambio. La exploración de glaciares remotos ha dado paso a las expediciones comerciales; el alpinismo romántico cede terreno a la monotonía ochomilista.

Así arrancaba el texto que publicó Mari Ábrego en el número 173 de Desnivel, en mayo de 2001. Lo hemos recuperado para recordarle en el día de hoy, cuando ha fallecido a los 73 años. Así continúa:

 

Inaccesible, así era la imagen que todos teníamos del Himalaya a finales de los 70. Se nos planteaba como algo aparentemente inalcanzable para cualquier persona. Lo conocíamos a través de la lectura y pensábamos en él como un mito, nunca creímos que tendríamos posibilidad alguna de conocerlo. Se trataba de los descubrimientos iniciales, cualquier nueva montaña suponía un aprendizaje enorme y en el Estado Español no estaba muy extendido lo de ir a lugares tan remotos, por otro lado había que superar también el nivel que teníamos los montañeros de entonces.

La primera vez que fui allí, cada metro que ascendía lo consideraba un éxito. Esto sucedía no sólo en las grandes montañas, sino también en las aproximaciones, que se convertían en toda una aventura.

"Ya no es necesario cartearse con alpinistas"

En aquellas expediciones se hacían reuniones para dar cuenta de los trabajos que hacíamos, de cómo llevábamos las cosas. Aparte de los trabajos de organización, la disciplina de entrenamiento no podía abandonarse. Y allí estábamos de repente, en un país sobre el que no sabíamos mucho, caminando por zonas nuevas, casi vírgenes. Luego le tocaba el turno a la elección de la ruta que debíamos seguir: discusiones, valoraciones, “por aquí sí, por aquí no”. Cualquier cosa se convertía en un gran obstáculo.

El tiempo hace mella y ahora mi visión es diferente a la que tenía hace 20 años. No cabe duda de que han cambiado muchos aspectos, y si en aquella época acometer una expedición al Himalaya, una ascensión cualquiera, a 7.000 u 8.000 metros, suponía un trabajo de un año y las dificultades se vivían cada semana, mucho antes de salir, ahora las cosas son mucho más sencillas, ya no resulta tan laborioso buscar información, no es necesario cartearse con alpinistas a los que sólo conocíamos por los libros.

El alpinismo que parecía sólo al alcance de seis u ocho personas, conforme se sucedían las ascensiones, acabó masificándose.

La esencia del esfuerzo

A fines de los 80 cambiaron las cosas. En principio, resultaba más sencillo llegar a la base de la montaña, era más fácil alcanzar los primeros campamentos. Todo estaba marcado y con restos de cuerdas, cuando no encontrabas otros grupos con los mismos propósitos.

Los cambios facilitan las cosas, pero siento que paulatinamente se ha ido perdiendo la esencia de esfuerzo, el descubrimiento, la exploración llevada a cabo por el propio alpinista. Esas variaciones simplifican en cierta manera cumplir el objetivo de alcanzar la cima.

El espíritu romántico se fue perdiendo. La sociedad, el tiempo, las formas… todo hace cambiar las cosas. La mentalidad de antes era distinta, subir a una montaña suponía trabajarla desde la base. Ahora todos queremos ir a la cola, que otros pongan las cuerdas, que estén hechas las explanadas para las tiendas y que las monten los demás. Es un hecho real en el que yo también participo. ¿Es buena o mala esta evolución? Yo creo que ni lo uno ni lo otro, las cosas están así, el cambio es fuerte, pero de cara a la valoración de las ascensiones, esto tiene su interés: el himalayismo es más sencillo ahora que hace dos décadas. Yo mismo me he incorporado a esa comodidad de ir por el sitio más sencillo y conseguir la cima.

"La gran escalada en grandes montañas está totalmente apartada"

Aunque es indiscutible que desde hace 10 años en la actividad himaláyica se observa un estancamiento general muy grande, no es mi intención desvalorizar los logros más sonados conseguidos en estos años. Mi afirmación se basa en la experiencia y en el estudio de muchos proyectos y memorias cuando formaba parte del Comité Español de Expediciones, y esto me lleva a decir que se ha estancado todo, aunque el nivel de participación sea grande.

Si, en plena temporada, cuentas las expediciones que llegan a Katmandú, en ocasiones sólo Korea nos gana en número de expediciones. Es cierto que se consiguen cimas, pero son montañas que no tienen ya interés técnico.

Para solucionar estos casos deberían intervenir organismos entendidos, como las federaciones, que tienen estos aspectos en total abandono. La gran escalada en grandes montañas está totalmente apartada, y quiero suponer que por ignorancia. Ahí es donde los medios de comunicación deberían hacer más incidencia; si esto continúa, llegaremos a la monotonía.

Hay una gran cantidad de personas en esta década que consiguen alcanzar los ocho mil metros, pero las rutas importantes y los retos que presentan muchas probabilidades de fracasar están, a mi modo de ver, en franca decadencia. Esto tiene difícil solución porque detrás de ello está el problema económico.

Aun así, en estos veinte años, el alpinismo español se ha colocado, no en primer lugar, pero sí en un puesto a tener muy en cuenta.

Compromiso y profesionalización

En la montaña hay tres factores fundamentales: exploración, aventura y deporte. Si falla uno de los tres, el espíritu se queda cojo. Yo nunca la he interpretado solamente en el aspecto deportivo, pero la realidad es que cada vez hay menos aventura y, muchísimo menos, exploración.

Antes se asumían las condiciones de un gran riesgo; durante dos meses no se hablaría por teléfono, ni por radio. Todo era más auténtico, había menos uniformidad, más relación entre alpinistas de distintos países, ahora cada uno va a lo suyo, incluso no importa quién forma el equipo.

Nunca, ni en los momentos más audaces, tuve la intención de practicar el montañismo solo. Sin embargo, tampoco me ha gustado nunca hacerlo masivamente. El concepto de cordada tenía y sigue teniendo para mí un valor muy importante. Actualmente se prescinde bastante de ello, aunque hay excepciones, como lo fueron Félix y Alberto Iñurrategui. Igual suena a romanticismo tonto, pero en el aspecto práctico, técnico, tiene mucha importancia. Se pueden conseguir más cosas combinando las fuerzas de dos personas unidas y sincronizadas, que escalando cada vez con una pareja diferente.

La cordada no es sólo el hecho de ir dos personas, sino dos personas que se entienden que se comprenden, que tienen bastantes cosas en común.

"El profesional de la montaña deja aparte la filosofía y lo que antepone es lograr los objetivos"

Ahora hay pocos escrúpulos en ir con fulano o mengano. Yo eso no lo concibo, no lo entiendo, a no ser que al estudiar sus causas se llegue a la conclusión de que, una vez más, lo que interesa es la cima y no importa cómo conseguirla.

No podemos dejar de lado algo muy importante: para hacer estas actividades hace falta dinero. El patrocinador, tímidamente, exige resultados. El periodista también fuerza la máquina y el alpinista, como cualquier deportista profesional deja aparte la filosofía y lo que antepone es lograr los objetivos. Interiormente no lo quería así, el cambio viene por las presiones externas.

El profesional del alpinismo es como el de cualquier otro campo, su conducta estará condicionada y no siempre tiene por qué ser ejemplar para los que le siguen, pero se toma como modelo. No olvidemos que, después de sufrir mucho en la montaña, comenzar a disfrutar de ella depende cada vez más de si a través de ella se tiene resuelta la vida.

En el otro lado están las ascensiones “anónimas”. Yo creo en quien sube una montaña y no se entera más que él y su familia, pero cada vez hay menos alpinistas así. En muchos casos se sube a una montaña para darlo a conocer en su localidad, salir en un periódico o recibir un premio. Surgen las consecuencias: si quieres garantizar esa portada en la revista, ese titular, hay que ir a lo más sencillo.

El alpinismo de alta dificultad sigue como siempre, siendo un gran desconocido. Si el nombre de la montaña no es famoso y su altura no alcanza los 8.000 metros, a pocos sitios se podrá llamar pidiendo apoyo económico.

Expediciones comerciales y difusión

En los 90 surgieron pruebas que demostraban claramente que era más difícil la escalada a un 8.000 para una persona con cualidades pero sin recursos económicos que para alguien sin apenas conocimientos, pero apoyadas por una gran organización.

Creo que no hay razón para cargar las tintas contra las expediciones comerciales, que se adaptan a la ley de la oferta y la demanda de la sociedad en la que nos movemos. Es así y hay que aceptarlo.

La montaña es muy distinta de otras actividades que se practican en las ciudades, resulta muy difícil buscar las reglas de juego como en otros deportes.

Hablamos de trekking y expediciones comerciales, formas diferentes de acometer la actividad, y nadie está preparado para hacer una crítica de ellas. En todo esto, los medios de difusión juegan un papel determinante.Yo los entiendo como empresas interesadas en vender su producto, que es la información. Ahí incluyo incluso a las revistas especializadas, las más comprometidas con el alpinismo y las que nos ofrecen una información más seria y minuciosa sobre la montaña.

"Me empeciné en el Everest por rutas complicadas y ahora me doy cuenta de que quizá suponían demasiada dificultad"

En cambio, la radio y la televisión promoverán expediciones en directo, en las que se pierde el aspecto de aventura. Nunca se llega a la incomunicación. No me gusta tener que llamar a una hora, y lo he vivido también, pero eso va con la mentalidad de cada uno. Algunos no tienen más remedio que hacerlo, porque si no, no podrían estar allí, no habrían conseguido el dinero. Yo considero esta situación como los pagos que hay que hacer ahora, y que antes no eran necesarios, esta dificultad –vamos a llamarla así– compensa otras cosas.

Sus páginas inspirarán cientos de proyectos, entre ellos la que alguna vez se ha denominado como “La fiebre del ochomilismo”. Es positivo que alguien tenga una afición y la lleve adelante. Tanto el hacer ochomiles como tresmiles supone someter al cuerpo a duras pruebas, sin embargo me parece fuera de lugar el llevarlo a la práctica sólo por el nombre de la montaña.

Aquella gesta de Messner rompió unas normas, pero yo no envidio la última etapa de Juanito (Oiarzábal) buscando todos los ochomiles, yo creo que nunca he estado mentalmente preparado para soportar esa presión. En mis mejores años me empecinaba en el Everest por rutas complicadas y ahora me doy cuenta de que quizá suponían demasiada dificultad. La montaña da libertad de opción a cada uno siempre que se respete al prójimo, entendiendo a éste no sólo como a un semejante, sino como todo lo que la rodea: el entorno.

Ecología a 8.000 m

Todos los que vamos a la montaña provocamos un claro impacto sobre el medio ambiente. Yo encuentro una diferenciación muy clara entre el impacto negativo que sufren los lugares que se frecuentan hasta llegar al campo base y aquel que sufre la montaña entre el campo base y su cima; son dos mundos totalmente distintos que normalmente se mezclan.

En el primer caso, deberíamos citar la creciente proliferación de agencias de viajes y la incidencia turística; tanta culpa tienen los países como los deportistas o los turistas. Nadie va a poder evitar que eso se transforme en los próximos años, como se ha transformado nuestro propio entorno.

"Se ha hablado mucho de la idea de prohibir el oxígeno en las expediciones"

Lo que se origina en las cimas es otra cosa. Yo nunca he estado en el Collado Sur del Everest, pero he visto las fotos de todo lo que allí se abandona. Por lo que he podido ver, allí hay suciedad, no se trata de impactos ecológicos agresivos, sólo visuales. Los impactos que se originan cuando quedan unas pocas cuerdas colgando son mínimos. A 200 metros nadie las va a ver y tampoco suponen una agresión hacia la montaña.

Es más, muchas expediciones han conseguido apoyo con la excusa de ir a limpiar la montaña, cuando lo que en realidad han hecho es ensuciar como todo el mundo e intentar subir. Reconozco que se han generado impactos negativos, pero muchos esfuerzos que se venden engañosamente para conseguir millones se podían emplear mucho mejor para evitar impactos medioambientales realmente serios en otras zonas de la tierra.

Con o sin oxígeno

Se ha hablado mucho de la idea de prohibir el oxígeno en las expediciones; así, se acabaría con la masificación y con muchos de los citados problemas de impacto ecológico. El oxígeno es un producto natural, pero se lleva envasado artificialmente. La ascensión a una alta montaña no sólo consiste en superar ese 30 o 40 o 70% de pendiente, sino superar ese medio ambiente que rodea al himalayista, incluida la situación atmosférica.

Yo no considero que la montaña sea exclusivamente nieve y roca. Ahí están sus vientos, sus nubes, la nieve que cae..., eso es la montaña. Si lo alteras, el valor deportivo de tu esfuerzo es otro. En montaña el factor oxígeno embotellado o el factor “sherpa-obrero” es determinante en la ascensión.

En todos estos años hemos asistido a una disminución del uso del oxígeno. Yo estoy de acuerdo en su total prohibición para subir montañas, así se evitarían muchos de los problemas actuales, pero no prohibiría que estuviese en el botiquín. De hecho, muchas de las grandes escaladas himaláyicas acaecidas en los últimos veinte años han prescindido de las botellas.

"Kurt Diemberger y Renato Casarotto me parecen prototipos dentro del alpinismo"

Por último, si tuviera que recordar las ascensiones que más me han llamado la atención durante todo este tiempo, sin duda citaría la escalada de la cara sur del Annapurna, en el 84. Pensé “estos dos energúmenos van a barrer”.

Cuando pienso en ascensiones extranjeras se me ocurren muchas, pero al final siempre me aparecen dos rostros y su sonrisa: los de Kurt Diemberger y Renato Casarotto, no lo puedo evitar. Tenía gran relación con ellos, me parecen prototipos dentro del alpinismo, con unas virtudes realmente ejemplares. Han intentado ganarse la vida a través de la montaña manteniendo siempre un respeto máximo por la forma de conseguirlas.

Entre 1990 y 2000 he subido a dos ochomiles, y también lo hice entre el 80 y el 90. Aunque yo tenía más facultades en los ochenta, me encontré con menos problemas ahora para subir que en aquellos primeros. No podemos comparar el Broad Peak, el Cho Oyu o el Nanga Parbat de hace veinte años con lo que son ahora.

Un clásico de la literatura de montaña:

K2. El nudo infinito

por Kurt Diemberger

K2 El nudo infinito es uno de los grandes clásicos de la literatura de montaña. Con esta nueva edición -veintidós años después de su publicación por primera vez en España- volvemos a revivir la historia de fascinación poderosa, que une para siempre el destino de dos personas a una bella e inaccesible montaña.

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