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ANIVERSARIO

La muerte del otro Messner

La ascensión al Nanga Parbat marcó el inicio de la carrera himalayística de Reinhold Messner, pero fue una expedición amarga porque su hermano pequeño, Günther, murió en el descenso a los 24 años. Hoy se cumplen 48 de aquel suceso.

DESNIVEL - Viernes, 29 de Junio de 2018 - Actualizado a las 11:43h.

Günther (izq) y Reinhold Messner en el Nanga Parbat en 1970.
Günther (izq) y Reinhold Messner en el Nanga Parbat en 1970.

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  • Günther (izq) y Reinhold Messner en el Nanga Parbat en 1970. Günther (izq) y Reinhold Messner en el Nanga Parbat en 1970.
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A finales de julio de 1970, dos jovencísimos Reinhold y Günther Messner coronaron el Nanga Parbat y resolvieron por primera vez la pared del Rupal, el mayor precipicio de la Tierra con sus 4.500 metros de altura. Después, afrontaron el descenso por la difícil vertiente del Diamir, pero solo uno de ellos logró llegar al campo base.

Fue este un punto de inflexión en la vida de Messner: por un lado, disparó una carrera que lo llevó por todas las cumbres de los ochmiles por primera vez; por otro, lo envolvió en acusaciones graves y duras de encajar contra las que no pudo aportar pruebas hasta mucho años después, cuando apareció el cuerpo de su hermano.

Hoy, 48 años después de que Günther Messner perdiese la vida en el Nanga Parbat, recuperamos este fragmento del libro Reinhold Messner. Vida de un superviviente.

Todo comenzó con un vivac en el corredor Merkl, a 7.800 metros de altitud. Aunque el viento no soplaba con fuerza, la noche fue espantosamente fría. Habíamos tratado de evitar morir congelados a base de cambiar continuamente de postura y de mover los dedos para evitar el dolor del agarrotamiento. ¡Imposible! No pegamos ojo aquella noche. Para evadirnos de la sensación de abandono y de que estábamos perdidos, nos refugiábamos en el consuelo de soñar despiertos. Pero no lográbamos sacudirnos nuestra miserable situación. Lo único que podría habernos liberado de ella hubiera sido perder el conocimiento o morir. Tal vez la llegada de la mañana.

De vez en cuando, Günther se tocaba el rostro con una mano enguantada, se apoyaba de nuevo contra la pared de roca en la que nos acurrucábamos ambos y murmuraba cifras. Como si dijera cosas sensatas. ¿Contaba la insensatez? ¿Los segundos? Siempre que su agotamiento amenazaba con transformarse en apatía, se sobresaltaba. Se le escapó un suspiro que hizo temblar su ropa helada y me hizo darme cuenta de que estaba junto a mí. Durante unos instantes pareció estar vivo de nuevo.

"Todo el mundo habla del heroísmo de la muerte, pero nadie sabe cómo es"

Entonces, un golpe de viento sacudió nuestra tienda de vivac y dejó al descubierto otra vez nuestro miedo: ¡el miedo de no formar ya parte de este mundo! El día siguiente fue comparativamente mejor. No porque nuestra situación durante el descenso por la vertiente del Diamir lo fuera (las condiciones eran realmente mucho peores), sino porque cuando se pelea por sobrevivir ya no se tiene miedo del final. Entonces llegó la segunda noche. De nuevo al raso. Yo, por mi parte, estaba demasiado sediento y frío como para poder pensar en morir. Günther sufría hasta tal punto que lo único que lo consolaba era la idea de que la muerte acabase con sus dolores.

Todo el mundo habla del heroísmo de la muerte, pero nadie sabe cómo es. Es más fácil morir bajo una avalancha o en una grieta de glaciar que congelarse de noche a treinta grados bajo cero, sin cobijo alguno. El sueño eterno es como una liberación. Pero al sobrevivir esa noche, siguió viva en mí la obligación de seguir adelante. A pesar de todo.

Para encontrar un camino por el que pudiéramos salir de aquel caos, continué descendiendo yo primero. Y lo hice por la cuenca glaciar situada al pie de la pared, con cascadas de hielo bajo nosotros y barreras de seracs por encima. Cada vez me detenía con mayor frecuencia a esperar a Günther. Pero él no venía.

Pasaba el tiempo. Yo bebía agua del glaciar, esperaba, gritaba. Él seguía sin aparecer. Así, deshice mis pasos durante un tramo, gritándole, pero no podía verle por ningún sitio. En silencio (yo estaba muerto de sueño y al límite de mis fuerzas) albergaba la esperanza de que estuviera al otro lado de los seracs que yo había rodeado por la izquierda, y que él hubiera descendido por allí y continuado bajando. Nos volveríamos a encontrar en el valle.

"Nos encontrábamos en el tramo más peligroso de esa montaña"

Sin dejar de buscarle con la vista un solo momento, descendí lo suficiente como para poder divisar los dos trayectos por los que podía haber descendido, pero no vi huella alguna de él. Ahora, asustado y confuso, me esforcé en volver de nuevo hacia atrás y vi que en el lugar donde nos habíamos separado por última vez se había desprendido una avalancha. A esa hora del día, entre las 9 y las 11 de la mañana, en la vertiente del Diamir caían regularmente avalanchas. Caían por todas partes y de todos los tamaños.

Aún no imaginaba que mi hermano estuviera muerto, pero sí que sabía que nos encontrábamos en el tramo más peligroso de esa montaña. Más muerto que vivo, tras buscarle durante horas y pasar otra noche al raso, me arrastré hacia el valle. Me encontraba en una especie de trance, pues mi hermano había muerto sepultado por una avalancha y ya había dejado de sufrir, pero yo no debía morir, no debía quedarme tumbado. Debía conseguir llegar a casa.

[…]

¿Quién puede imaginarse la soledad de un hombre que no se atreve a morir porque es el único que queda en un juego cruel que llamamos alpinismo? Es horrible ser el único superviviente y a la vez estar obligado a serlo. ¡Tengo que seguir! Incapaz ya de pensar, me encontré con los primeros seres humanos. En su empatía, estando de acuerdo en que la vida puede ser más difícil de soportar que la muerte, los campesinos que me encontraron permanecían callados, incapaces de mostrar el mínimo gesto de consuelo. Le dieron pan al moribundo, el primer alimento que tomaba en cinco días. Ese alimento me permitió sobrevivir.

[…]

La tragedia del Nanga Parbat supuso un punto de inflexión en mi vida. Después de aquello ya no fui el mismo. El dramático descenso por la vertiente del Diamir, la muerte de mi hermano, el encuentro con los primeros lugareños... fueron instantes dictados por el destino que quedaron impresos en mi memoria más profundamente que todas las experiencias anteriores. Y tuve que aprender a vivir con ese recuerdo, con el que otros fraguaron sus denuncias. Y también a encontrar un camino para el futuro.

 

Memorias de un superviviente:

Reinhold Messner. Vida de un superviviente

por Reinhold Messner

Reinhold Messner, el primer vencedor de los 14 ochomiles, ha demostrado en innumerables expediciones en qué consiste vivir al límite y sobrevivir.

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