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EDMUND HILLARY Y TENZING NORGAY

65 aniversario de la conquista del Everest

El 29 de mayo de 1953, Tenzing Norgay Sherpa y Edmund Hillary se convirtieron en las dos primeras personas que pisaron la cima del Everest. Este es el relato de aquel día, recogido en el libro Mi camino al Everest.

Martes, 29 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 10:24h.

Edmund Hillary y Tenzing Norgay en el campo base, nada mas regresar de la cima del Everest (1953).
Edmund Hillary y Tenzing Norgay en el campo base, nada mas regresar de la cima del Everest (1953). (© Alfred Gregory)

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A las 6.30 de la madrugada, nos arrastramos despacio fuera de la tienda y nos mantuvimos en nuestro pequeño saliente de roca. Ya la parte superior de la montaña estaba bañada por la luz de la mañana. Parecía cálida y acogedora, pero nuestra repisa se encontraba oscura y fría. Cogimos el oxígeno y nos lo colocamos en la espalda, conectando despacio los tubos en nuestras mascarillas. La mochila de treinta libras nos hundía y ahogaba todo el entusiasmo, pero entonces conecté el oxígeno y respiré profundamente, la carga parecía que se aligeraba y el antiguo deseo de enfrentarse a la montaña volvió. Nos colocamos los crampones, nos atamos con la cuerda de nailon, agarramos nuestros piolets y ya estábamos preparados para partir.

Miré hacia el camino de arriba. Delante de nuestra tienda, la ladera escarpada estaba cubierta con una profunda nieve polvo que conducía al saliente de nieve de la espalda de la arista sureste, unos 30 metros por encima de nuestras cabezas. Abrir huella iba a ser un trabajo duro. Todavía un poco preocupado con mis botas, pedí a Tenzing que saliera. Siempre a punto para hacer su parte del trabajo, y más, si era necesario, Tenzing subió por delante de mí y escaló la ladera. Con poderosas patadas, forzó el ascenso, metido en la nieve hasta las rodillas. Recogí la cuerda y seguí detrás de él. Estábamos subiendo por la tremenda cara sur de la montaña; debajo de nosotros, toboganes de nieve y rocas sueltas caían a plomo cientos de metros, hacia el Cwm occidental. Empezar por la mañana a escalar directamente por las aristas es siempre expuesto, y esta vez no era una excepción.

Podía imaginar el estruendo de mi pesada carga, arrastrándome pendiente abajo. Parecía torpe e inestable, y mi respiración era apresurada y desigual. Sin embargo, Tenzing progresaba con energía, ladera arriba, y yo no tenía tiempo para pensar demasiado. Mis músculos pronto entraron en calor con el trabajo, mis nervios se relajaron y me fui adaptando al viejo ritmo de la escalada, siguiendo constantemente sus huellas. Al ganar altura, nos movíamos entre los rayos del sol y, aunque teníamos frío y no podíamos sentir su calor, estábamos muy animados por su presencia. No descansábamos. Tenzing se abría paso a través de la profunda nieve y se dirigía hacia el hombro. Estábamos ahora a una altura de 28.000 pies. Elevándose directamente sobre nuestras cabezas, se encontraba el formidable escalón de la cima sur. Y a la derecha, estaban las enormes cornisas de la arista somital. Nos quedaba un largo camino por hacer.

Era la maldición del montañero, costra frágil

Por encima de nosotros la arista era afilada y estrecha, pero se elevaba en un ángulo fácil. Ahora me sentía fuerte y cómodo, y tomé la delantera. Primero investigué la cresta con mi piolet. En la afilada cima de la ladera, a mano derecha, la nieve estaba suelta, polvo, más inestable que el hielo duro. Un intento de escalarla solo hubiera producido un indeseado corrimiento hacia el glaciar del Kangshung. Pero a la izquierda se encontraba en mejor estado. Todavía resultaba bastante empinada, pero tenía una firme superficie endurecida en la que nuestros crampones agarraban fácilmente. Teniendo mucho cuidado, me movía por el lado izquierdo de la ladera. Todo parecía perfectamente seguro. Con la confianza en aumento, tallé otro peldaño. Me encontraba ya de pie sobre él cuando cedió la nieve costra y me hundí hasta las rodillas. Me tomé un respiro para recuperar el aliento. Entonces, poco a poco, saqué mi pierna del agujero. Estaba casi vertical otra vez cuando la nieve costra se hundió bajo el otro pie y me quedé de rodillas.

Era la maldición del montañero, costra frágil. Me obligué a seguir sin descanso. Algunas veces iba con cuidado cerca del vacío, pero, normalmente, la costra se rompía en el momento crítico y me hundía hasta las rodillas otra vez. Aunque era un trabajo cansado y desesperante, yo me sentía con fuerzas de sobra. Seguí media hora de esta forma tan incómoda, con balanceos violentos; tenía el ritmo y la respiración completamente destrozados. Fue un gran alivio cuando las condiciones de la nieve mejoraron y fue posible mantenerse en la superficie. Todavía me encontraba por debajo de las empinadas laderas, a la izquierda de la cresta, pero saltando y escalando sin parar hacia arriba. Crucé la pequeña cresta y vi enfrente un diminuto hueco en la arista. Y en él encontré dos botellas de oxígeno, casi cubiertas completamente por la nieve. Éste era el depósito de Evans y Bourdillon.

Me apresuré hacia adelante, dentro del hueco, y me arrodillé cerca. Arrancando una de las botellas de su congelado lecho, limpié la nieve de la esfera; marcaba 1.000 libras de presión, tenía casi un tercio lleno de oxígeno. Miré otra y estaba igual. Esta era una gran noticia. Significaba que el oxígeno que llevábamos a nuestras espaldas sólo tenía que durarnos hasta llegar a estas botellas, en vez de hasta el Collado Sur. Nos daba otra hora más de margen. Se lo expliqué a Tenzing a través de la mascarilla de oxígeno. No creí que lo entendiera, pero lo comprendió y estuvo satisfecho; asintió con la cabeza con entusiasmo.

Tomé la delantera otra vez. Yo sabía que hacia arriba quedaba un duro trabajo y Tenzing tendría que guardar sus fuerzas para ello. La escalada hacia la cima era mucho más vertical ahora, luego se ensanchaba y conducía hacia una cresta aguda, en la base de la enorme ladera que va hacia la cumbre sur. Crucé a la derecha y me encontré con nieve firme, empece a tallar una larga línea de peldaños hacia la base de la gran ladera. Hicimos una plataforma y examinamos nuestro oxígeno. Parecía que todo iba bien. Yo disponía de un poco más de oxígeno que Tenzing, esto significaba que yo tenía menos flujo de oxígeno, al estar cerrada un poco la bombona. No iba a ser suficiente, pero, de todos modos, no había nada que pudiera hacer.

El trabajo iba a ser mucho más duro de lo que había pensado

Por delante de nosotros había un problema realmente formidable que vi desde mi escalón. Elevándose desde donde estábamos, había una enorme pendiente que bajaba hasta precipitarse en la cara este del Everest, y volvía a subir, con una espantosa pala, hasta la cumbre sur de la montaña, 400 pies por encima de nosotros.

En el lado izquierdo de la ladera había una mezcla repugnante de piedra suelta y nieve, que, con mi entrenamiento en Nueva Zelanda, consideré con serio recelo; pero el hecho era que los escaladores británicos, Evans y Bourdillon, habían ascendido con más inquietud en su primer asalto. La otra ruta estaba cubierta de nieve, y todavía se mostraba visible el rastro del grupo en el primer intento. La ruta de la nieve era la que debíamos seguir. Parecía un duro trabajo, y como Tenzing iba bien, le hice una señal para que me pasara.

En los primeros seis peldaños me di cuenta de que el trabajo iba a ser mucho más duro de lo que había pensado. Los dos primeros peldaños estaban duros, en el tercero te hundías hasta los tobillos y el sexto lo talló a la altura de sus caderas. Pero, al menos, los peldaños engañaban a la ladera; él iba hacia adelante, abriendo huella directamente hacia arriba. Seguir sus peldaños era un trabajo igualmente duro; la nieve suelta que sobraba la añadíamos a los escalones. Después de un largo rato, Tenzing necesitaba un descanso, así que yo tomé el relevo.

Inmediatamente me di cuenta que era un terreno peligroso. En este resalte tan empinado de la ladera la nieve era suave, profunda y suelta. Clavaba mi piolet sin anclarlo sólidamente y no teníamos ningún tipo de seguro. El único factor que hacía que fuera posible progresar era una fina costra de nieve en la que nos agarrábamos. No obstante, era una pobre sujeción. Yo estaba abriendo huella hacia arriba, tallando peldaños en diagonal sobre la pendiente cuando, con un sonido sordo, se rompió toda una superficie de costra de unos dos metros de diámetro, deteniéndose en un gran resalte, y resbalé, retrocediendo tres o cuatro peldaños.

"Ed, chico, es el Everest, tienes que poner un poco más de empeño"

Entonces paré, pero la placa de viento ganaba velocidad, deslizándose fuera de la vista. Yo tenía un grave shock. Mi experiencia me avisaba de que la ladera era extremadamente peligrosa, pero al mismo tiempo me decía a mí mismo: "Ed, chico, es el Everest, tienes que poner un poco más de empeño". Mi plexo solar estaba oprimido por el temor, mientras continuaba. A mitad de camino paré exhausto. Me parecía que había 3.000 metros entre mis piernas y nunca me había sentido más inseguro. Ansiosamente pedí a Tenzing que me subiera.

—¿Qué opinas, Tenzing? —le pregunté—.

—Muy mal, muy peligroso —contestó de inmediato—.

—¿Seguimos?

—Como quieras —respondió—.

Como de costumbre, Tenzing contestaba algo que no era de mucha ayuda, pero que nunca te defraudaba.

Le hice una señal para que fuera por delante. Nos íbamos turnando en cabeza con mucha frecuencia ahora, hacíamos el camino hacia arriba sin alegría, algunas veces resbalando y destruyendo media docena de peldaños, y sin la seguridad de que en cualquier momento no hubiera un alud en la ladera. Con la esperanza de colocar algún tipo de seguro, fuimos un poco hacia las rocas, pero no encontramos ayuda en su superficie lisa y sin agarres. Saltamos hacia arriba y, entonces, me di cuenta de que un poco por encima de nosotros, a mano izquierda, la cresta de la roca se convertía en nieve, y que la nieve parecía firme y segura.

Con mucho trabajo, cuidadosamente, escalamos, atravesando algunos resaltes y hundiendo el piolet en la nieve de la cresta. Iba con firmeza, sin flaquear. El placer de esta seguridad, después de toda la incertidumbre, nos venía como un indulto a un condenado. La resistencia fluía por mis extremidades, podía sentir mis nervios tensos y mis músculos relajados. Hundí mi piolet en la ladera y empecé a tallar una hilera de peldaños hacia arriba, eran muy inclinados pero parecían felizmente seguros. Tenzing, un inexperto pero entusiasta "escultor" de peldaños, tomó el turno y picó unos cuantos más.

Los íbamos haciendo deprisa, y la ladera empezaba a ser fácil. Tenzing me cedió la delantera y, con un sentimiento creciente de excitación, iba cramponeando sobre la firme ladera, hacia la redondeada cumbre sur. Eran sólo las nueve de la mañana.

Las dificultades de arriba aconsejaban que aligerásemos el peso a nuestras espaldas

Con enorme interés miré hacia la decisiva arista que llevaba a la cumbre (la arista que Evans y Bourdillon habían hecho con una previsión pesimista). A primera vista, era sumamente impresionante y, en efecto, espantosa. En la estrecha cima de la cresta, la base de la roca con hielo —hielo que alcanzaba la cara este en enormes cornisas— sobresaliente y traicionera, esperaba a que el negligente pie del montañero fallase para caer 3.000 metros por el glaciar del Kangshung. Y sobre las cornisas, la nieve caía, mezclándose con la enorme roca escarpada que se elevaba 8.000 pies por encima del Cwm occidental.

¡Era impresionante! Pero parecía que mis temores comenzaban a disiparse un poco, seguro de que podía existir alguna posibilidad, porque esta ladera de nieve de la izquierda, aunque muy empinada y expuesta, se mostraba sólida en la primera mitad de la arista, a pesar de que en algunas zonas las grandes cornisas la atravesaban. Si pudiera ascender a través de la pendiente nevada, iríamos por la línea más corta.

Con un sentimiento casi de alivio, me dispuse a trabajar con mi piolet y corté una plataforma para mí, justo debajo de la cima de la cumbre sur. Tenzing hizo lo mismo; entonces nos quitamos las bombonas de oxígeno y nos sentamos. El día era todavía extraordinariamente bueno y no me sentía incómodo con la gruesa capa de ropa que llevaba para protegerme del frío y el viento. Bebí de la cantimplora de Tenzing y comprobé nuestras provisiones de oxígeno. La botella de Tenzing estaba prácticamente terminada, pero la mía todavía tenía un poco, así que cada uno disponía de una botella llena.

Las dificultades de arriba aconsejaban que aligerásemos el peso a nuestras espaldas. Así que sólo llevaríamos las botellas más llenas. Quité la botella vacía de Tenzing y la mía casi vacía y las dejé sobre la nieve. Con un cuidado especial, conecté nuestras últimas botellas y comprobé que funcionaban bien. Las agujas de la válvula estaban en 3.300 libras de presión. Las botellas que llevábamos estaban muy llenas, con 800 litros de oxígeno cada una. Con 3 litros por minuto consumiríamos 180 litros a la hora y media. No parecía mucho para los problemas de arriba, pero estaba convencido de que era necesario bajar a 2 litros por minuto para el camino de regreso.

Me animó el darme cuenta de que, con la falta de oxígeno, podía solucionar despacio, pero claramente, los cálculos mentales aritméticos que se requerían. Una respuesta correcta era vital, cualquier error significaba un camino sin retorno. Pero no había tiempo que perder. De pie, hice una serie de fotografías en todas direcciones. Entonces, metí mi cámara detrás, en un lugar cálido, entre mis ropas. Levanté con esfuerzo el ligero oxígeno, lo coloqué a mis espaldas y lo conecté a mis tubos. Le hice lo mismo a Tenzing, encordado a mí y, entonces, con una creciente excitación, tallé unos anchos y seguros peldaños debajo del collado nevado, bajo la cumbre sur.

Era un trabajo estimulante: la cresta somital del Everest, la nieve dura y los suaves y fáciles movimientos del piolet

Querría una ruta fácil cuando regresara aquí, débil y cansado. Tenzing bajó por los peldaños de la pendiente por el lado izquierdo de la cresta. Con el primer golpe de mi piolet aumentó mi emoción. La nieve, para mi asombro, estaba cristalizada y dura. Con un par de golpes rítmicos del piolet hice un hueco suficiente para nuestras descomunales botas de alta montaña.

Los peldaños eran fuertes y seguros. Poco consciente de lo que se me venía encima, tallé una línea de peldaños para toda la longitud de la cuerda (doce metros). Entonces, clavé con fuerza el mango de mi piolet en la nieve. Monté una buena reunión y recuperé cuerda. Hice una señal a Tenzing para que se reuniera conmigo. Él se movió despacio y con cuidado por los peldaños.

Cuando me alcanzó, clavó el piolet en la nieve y me aseguró con la cuerda bien tensa para que yo siguiera tallando. Era un trabajo estimulante: la cresta somital del Everest, la nieve dura y los suaves y fáciles movimientos del piolet, todo combinado me hacía tener una notable sensación de poder, como nunca había sentido a gran altura. Fui tallando toda la longitud de la cuerda y más allá.

Nos estábamos aproximando a un punto en el que una de las grandes cornisas invadía nuestra pendiente. Tendríamos que ir por debajo de las rocas para evitarla. Tallé peldaños hacia abajo, en dirección a un pequeño saliente, encima de las rocas. No era una repisa muy espaciosa, pero se podía estar con una razonable y segura postura. Hice una señal a Tenzing para que se reuniera conmigo. Cuando lo hizo, me di cuenta de que algo iba mal. Yo estaba concentrado en los problemas técnicos de la montaña y no pensaba mucho en Tenzing, aunque tenía un vago sentimiento de que progresaba por los peldaños con una lentitud injustificada. Pero ahora era bastante obvio que no solo se movía con cuidado y dificultad extremos.

Estaba en apuros. Inmediatamente, sospeché de su bombona de oxígeno y le ayudé a bajar del saliente para poder examinarlo. Lo primero que noté fue que de la salida de su mascarilla colgaban algunos carámbanos. Vi que la salida del tubo estaba más cerrada, como dos pulgadas de diámetro y que estaba completamente bloqueada con hielo. Esto impedía a Tenzing respirar libremente y lo hacía extremadamente desagradable para él. Afortunadamente, la salida del tubo estaba hecha de caucho, podía manipularlo con mi mano y conseguí liberarlo de todo el hielo, dejándolo libre.

"Nos aproximábamos rápidamente al más formidable obstáculo de la cresta"

Las válvulas empezaron a funcionar y Tenzing inmediatamente sintió alivio. Simplemente por seguridad, examiné mi propio equipo y encontré que una parte de la salida del tubo estaba congelada, aunque no lo suficiente como para afectarme. Quité el hielo sin demasiada dificultad. Automáticamente, vi nuestro indicador de presión justo por encima de las 2,900 libras (correspondiente a unos 180 litros). Nos duraría cerca de cuatro horas, eso significaba que no iba demasiado mal.

Miré la ruta que conducía hacia arriba. El siguiente tramo no iba a ser fácil. Nuestro saliente de roca terminaba en lo alto de un enorme gendarme que corría por debajo de la cumbre occidental. De hecho, casi debajo de mis pies, podía ver el oscuro parche, en el suelo del Cwm occidental, que yo reconocía como campamento cuatro. En un repentino intento de escapar de nuestro aislamiento, hice señas y grité. Entonces, de repente, paré y me di cuenta de mi tontería; contra la vasta extensión del Everest, 2.400 metros por encima, éramos totalmente invisibles, hasta para el mejor prismático.

Volví al problema de arriba. La roca estaba lejos del resalte para intentar bajar e ir alrededor del terreno. Lo único que podíamos hacer era arrastrarnos a lo largo del saliente y tallar agarres para las manos en el hielo para intentar largarnos de allí. Fijé un trozo de cuerda para Tenzing y tallé unos pocos agarres para las manos. Entonces, introduje mi piolet como pude en la sólida nieve y en el hielo. Usando este sistema, me moví despacio por el saliente. Era más fácil de lo que había pensado. Unos pocos agarres más, otro rápido balanceo apoyándome en el mango y podría tallar una línea de peldaños hacia la parte de arriba de la segura ladera, y picar una espaciosa terraza, desde la cual Tenzing pudiera subir hasta mí.

Nos aproximábamos rápidamente al más formidable obstáculo de la cresta: un gran escalón de roca. Este había sido siempre visible en las fotografías aéreas y en el reconocimiento del Everest de 1951. Lo habíamos visto con prismáticos desde Thyangboche. Habíamos pensado siempre en este obstáculo de la cresta, que podía presagiar la derrota. Tallé una línea de peldaños a través de la última pendiente nevada y alcanzamos el escalón de roca.

Los agarres eran pequeños y difíciles de ver, me quité mis gafas de sol de los ojos. Al instante, estaba ciego por un cortante viento cargado de partículas de hielo que barría la cresta. Me volví a poner las gafas deprisa y parpadeé y lloré para quitarme el hielo hasta que pude ver otra vez. Esto hizo que me diera cuenta de la eficacia de las ropas que nos protegían de los rigores de un buen día a 8.700 metros. Todavía medio ciego, escalé un poco más por la roca y bajé a un minúsculo hueco de nieve que llevaba hasta el pie del escalón. Aquí Tenzing se unió a mí.

Constantemente, en mi subconsciente, tenía el temor de que la cornisa pudiera desprenderse.

Yo miré ansiosamente hacia arriba. Plantado a través de la cresta, en un muro vertical, parecía extremadamente difícil, y yo sabía que nuestra flexibilidad y habilidad para superar tramos de roca a esta altitud era bastante limitada. Examiné la ruta que salía de la izquierda. Si bajábamos cincuenta o cien pies debajo del gran bloque era factible rodear la base del muro, pero esto no significaba que luego fuéramos capaces de descender por la cresta otra vez. Y, además, perder altura podría resultar fatal. Era incapaz de ver alguna ruta fácil para subir el escalón o, de hecho, cualquier alternativa factible.

Finalmente, en la desesperación, examiné a mano derecha, al final del muro. Sujeta a él, colgando sobre el precipicio de la cara este, había una gran cornisa. Esta cornisa, preparada para la inevitable caída por la montaña, había empezado a soltarse de la roca y una larga, estrecha y vertical grieta se había formado entre la piedra y el hielo. La grieta era lo suficientemente grande como para que entrara un cuerpo humano y le ofreciera una pequeña seguridad, por lo menos en la ruta. Rápidamente me decidí. Tenzing tenía una excelente reunión y debíamos de estar cerca de la cumbre. Valía la pena intentarlo.

Antes de intentar la pendiente, saqué mi cámara otra vez. No tenía mucha confianza en que fuéramos capaces de escalar esta grieta y, con un ataque de competitivo orgullo, que, desafortunadamente, sufren incluso los montañeros, pensé que había demostrado que, al menos, nosotros éramos capaces de subir muy alto, cerca de la cumbre sur. Tomé algunas fotografías. Entonces, hice otro rápido chequeo del oxígeno: 2,550 lb de presión, correspondía más o menos a tres horas y media. Examiné la reunión de Tenzing para asegurarme de que era sólida y, entonces, lentamente nos metimos en la grieta.

Frente a mí estaba la pared de roca, vertical, pero con unos pocos agarres prometedores. Detrás de mí, el muro de hielo de la cornisa, brillante y duro, pero agrietado aquí y allí. Cogí un agarre de la roca de enfrente y clavé uno de mis duros crampones en el hielo de atrás. Inclinado en el hielo con mi bombona de oxígeno, lentamente me moví hacia arriba. Buscando febrilmente con mi otra bota, encontré un minúsculo saliente en la roca y apoyé el peso en mi otra pierna. Reclinándome en la cornisa, luché por recobrar el aliento.

Constantemente, en mi subconsciente, tenía el temor de que la cornisa pudiera desprenderse. Mis nervios estaban tensos. Pero, lentamente, me obligué a subir, deslizándome, pataleando y usando todos los pequeños agarres. En un punto determinado, manejé mi piolet para forjar una grieta en el hielo y esta me dio el agarre necesario para superarlo, estirándome sin agarre. Entonces, encontré un sólido apoyo de pie en un hueco del hielo y, al momento siguiente, había alcanzado la cumbre de la roca y me ponía a salvo. La cuerda estaba algo tensa, sus 12 metros habían llegado justos.

Unos peldaños más, muy cansados, y estábamos en la cumbre del Everest.

Me instalé en el pequeño saliente de roca, jadeando furiosamente. Gradualmente, caí en la cuenta de que estaba encima del escalón y me sentí rebosante de orgullo y empuje y mis transitorios sentimientos de debilidad me abandonaron. Era la primera vez en toda la expedición que yo realmente sabía que íbamos a llegar a la cumbre. Tendría que ser muy duro pararse ahora, pensaba. Pero no podía ignorar todo ese sentimiento de asombro y milagro por haber sido capaz de subir, con semejante dificultad, a 8.700 metros, aun con oxígeno.

Cuando pude respirar más uniformemente, de pie e inclinado sobre el borde, hice una señal a Tenzing para que subiera. Se movió dentro de la grieta, desmontó la unión y tiró para arriba. Entonces, doblándose, comenzó a luchar y a atascarse y a subir en oposición, hasta que yo fui capaz de tirar de él con fuerza, jadeando. Descansamos un momento. Por encima de nosotros la cresta continuaba como al principio: enormes cornisas extraplomadas a la derecha y empinadas pendientes de nieve a la izquierda, huyendo bajo la escarpada roca. Pero la arista de la ladera nevada se suavizaba. Avancé, tallando una línea de peldaños, suficientemente seguros para movernos juntos y ahorrar tiempo. La cresta, arriba, se elevaba en una gran serie de ondulaciones, como de serpiente, que llevaban a la derecha, cada una ocultándonos la siguiente. No tenía ni idea de dónde estaba la cumbre.

Tallé una fila de peldaños en travesía sobre una de las ondulaciones y apareció otra. Estábamos desesperadamente cansados ahora, y Tenzing iba muy despacio. Estuve haciendo peldaños durante al menos dos horas, mi espalda y mis brazos empezaban a cansarse. Traté de cramponear a través de la pendiente, sin tallar escalones, pero mis pies resbalaban incómodamente. Seguí tallando. Nos parecía que llevábamos mucho tiempo y mi confianza se evaporaba rápido.

Golpe tras golpe, con regularidad desesperante, una pedrera inestable dificultaba nuestro ascenso y me obligaba a subir lentamente. Empecé a tallar peldaños alrededor de otro saliente. Y entonces, me di cuenta de que era el último resalte, porque, por encima de mí, la cresta descendía, muy inclinada, en una gran cornisa curva y, fuera, en la distancia, podía ver las sombras pastel y las nubes algodonosas de las tierras altas del Tíbet.

A mi derecha, una fina nieve subía por la cresta hacia una nevada cúpula, unos doce metros por encima de nuestras cabezas. Pero durante todo el ascenso, el pensamiento que me obsesionaba era que la cumbre debía de estar en la cresta de una cornisa. Era muy tarde para arriesgarse. Pedí a Tenzing que me asegurara atentamente y empecé a tallar una prudente línea de peldaños por la arista. Mirando de lado a lado y clavando mi piolet, intenté descubrir una posible cumbre, pero todo parecía sólido y firme. Hice una señal a Tenzing para que subiera. Unos pocos golpes con el piolet, unos peldaños más, muy cansados, y estábamos en la cumbre del Everest.

La primera al Everest:

Portada del libro: Mi camino al Everest por Edmund Hillary

Mi camino al Everest

por Edmund Hillary

Mi camino al Everest es la autobiografía de Sir Edmund Hillary, desde sus inicios hasta su histórica conquista del Everest conseguida en 1953 junto con Tenzing Norgay, y que escribió inmediatamente después de su regreso del techo del mundo.

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